
El boom de Bagdad
Fue la gran potencia cultural del Golfo y hoy pretende recuperar su estatus
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En el polvoriento Irak, un niño descubre la manera de hacer que su padre vuele y así pueda escapar de la infame prisión de Abu Ghraib. En otra fantasía, un beduino es tragado por una gran ballena azul (¡en medio del desierto!) y descubre un mundo increíble adentro de la criatura. Son los dibujos animados que le gustaría hacer a Hussein Adel, un ilustrador de 20 años que, como en una fábula de iniciación o parábola de redención, recorre las calles de Bagdad con sus pinturas bajo el brazo, mientras se gana la vida vendiendo sándwiches o caricaturas de políticos a los escasos diarios locales (a 15 dólares por viñeta, el humor puede ser tan nutritivo como el más robusto panini). El corresponsal del periódico inglés The Observer lo descubrió en sus correrías artísticas y, con la urgencia con la que el mundo exige talentos nuevos, convirtió al pibito en un ícono de la época: si hace mil años Bagdad era el epicentro del saber islámico, sede de las más antiguas universidades y hogar de poetas legendarios, hoy pretende recuperar su posición en la geopolítica cultural: "Bagdad es el lugar donde todo sucede –exagera Hussein–. ¡Es como Nueva York!"
A los 15 dejó la ciudad de Nasiriya para anotarse en la Academia de Artes de la capital: cinco años después comparte habitación con dos escritores y, aunque sus padres nunca se enteraron, vivió en un edificio tomado por milicianos de Al Qaeda, entre tiros y cosas gordas. Hoy sueña con estudiar en el extranjero y realizar películas de dibujos animados, mientras se maravilla con los happenings artísticos que se multiplican en los atardeceres de la ciudad eterna y que, en su fantasía pueblerina, se parecen a los de Chelsea o el Soho neoyorquinos. Ahí donde encontraron su sitio algunas fábulas de Las mil y una noches (antes del pico de rating telenovelero) también se destacaron el arte figurativo moderno o la escultura contemporánea: los escasos turistas que visitan Bagdad se convierten en antropólogos vocacionales cada vez que descubren una estatua de los años 50 (la década en que esa parte del Medio Oriente imitaba los berretines occidentales mientras las empresas yanquis o europeas explotaban la industria del petróleo) y que haya podido sobrevivir a los bombardeos: los caprichos formales del cubismo que modelan una silueta rara de Gilgamesh, el inmortal.
"La única información que la gente tenía de Irak era sobre guerra y violencia", dice Furat al-Jamil, artista del pabellón iraquí de la Bienal de Venecia en 2014 (el de este año tiene un título tan sugestivo como elocuente de lo que hoy puede encontrarse por las calles de Bagdad: Belleza invisible). En su última instalación, ella montó un gran marco de madera que dejaba caer miel sobre una olla rota, como metáfora de lo irreparable: "O una manera de evocar la melancolía de lo que pasó en Irak", reflexiona. Si alguna vez fue la gran potencia cultural del Golfo, después de la guerra miles de artistas abandonaron Bagdad y aquellos que se negaron a la diáspora se sintieron más aislados. Pero muchos están volviendo.
Desde que salió en The Observer, Hussein Adel debe sentirse más cerca del sueño de convertirse en el Walt Disney iraquí mientras otros pintores hacen fila en burocráticas oficinas estatales para mostrar sus obras en las bienales europeas. En la dificultosa reconstrucción, el lento regreso a la vida plantea nociones de centralidad y periferia: fue necesario que un ilustrador apareciera en un periódico de Londres para que su trabajo fuera reconocido en su ciudad o que un cuadro cuelgue en Venecia para que se admire un óleo en el polvorín petrolero del mundo. Ahí donde el arte ataca, Bagdad quiere recuperar su lugar en el mapa y hacer ruido con otra clase de boom.
CINCO ARTISTAS IRAQUÍES QUE SALEN AL MUNDO
Latif al-Ani
El padre de la fotografía moderna en Medio Oriente: a los 83 años, en actividad desde la década del 50, presenta una retrospectiva de su obra en la Bienal de Venecia.
Furat al-Jamil
Pintora y cineasta, dirigió Baghdad Night, una película de dibujos animados realizada íntegramente en su país sobre la saluwa, una suerte de bruja típica del folklore iraquí.
Haider Jabar
Después de la guerra vive en el exilio: desde Turquía conmueve con sus obras e instalaciones que repasan las formas inhumanas de cuerpos decapitados.
Hareth Muthana
Artista de performances, él mismo pone el cuerpo: en su instalación más famosa usó una máscara negra de cuero y se colgó cabeza abajo desde la copa de un árbol.
Zaha Hadid
El mayor talento de exportación iraquí: la arquitecta-estrella pasó la mayor parte de su vida en Londres, donde se convirtió en una referente mundial del deconstructivismo.






