
Hace cinco años ni siquiera sabía si quería ser actor. Empezó como meritorio para demostrar que su apellido no tenía por qué ser un privilegio y hoy encarna a Alejandro Puccio en Historia de un clan, una de las series de 2015. Cómo abrirse un camino propio a fuerza de desarmar preconceptos.
1 minuto de lectura'

Lo primero es el padre. Ahí está la figura gigante que ocupa todos los espacios. La voz que en dos o tres palabras descarga su poder. La mirada que no necesita decir nada para ejercerlo.
–Te genera un miedo tremendo y mucho respeto. Es muy visceral, lleva todo al máximo nivel. Dice el hijo. Pero también es lo más cariñoso y generoso del mundo. Es una persona increíble. Aclara enseguida.
El padre es Alejandro Awada en la piel de Arquímedes Puccio. El hijo es el Chino Darín, en el rol de Alejandro. Y esa mezcla de miedo, sumisión y deslumbramiento es lo que sucede entre ambos personajes en Historia de un clan, la serie dirigida por Luis Ortega y producida por su hermano, Sebastián, y Pablo Culell, que en medio de esta pucciomanía reconstruye en once capítulos el derrotero de la organización criminal-familiar montada en el corazón oscuro de San Isidro.
–Cuando los de Underground me convocaron, salté de alegría, literal. A mí siempre me había interesado la historia, desde algo morboso, reconozco, pero me parecía apasionante. Y a medida que me fui sumergiendo fui descubriendo que amigos o familiares los habían conocido. Mex Urtizberea me contó, por ejemplo, que iba a comprar a la rotisería de Puccio.
Dice ahora el Chino, con cuatro capítulos emitidos y una certeza: cuando se vio del otro lado, como espectador, se gustó por primera vez en su carrera, que no es larga pero sí intensa, variada y en ascenso: ya hizo de policía gay en la taquillera Muerte en Buenos Aires, de novio mandoneado en Voley, la comedia personal y a medida de Martín Piroyansky; de botones callado y taciturno en la serie El hipnotizador que protagoniza Leo Sbaraglia por HBO; de militante montonero en Pasaje de vida, el film de Diego Corsini basado en la vida de sus padres; de joven ermitaño en Uno mismo, de Gabriel Arregui, y en lo que va del año ya participó en otros tres films que esperan su estreno. Casi todos protagónicos o coprotagónicos que de algún modo lo fueron convenciendo de que el camino propio ya está abierto.
–A mí me cuesta mucho mirarme, soy superexigente conmigo mismo, creo que es la única manera. Pero también aprendí a ser más permisivo, porque al principio confundía la exigencia con el castigo, me castigaba intelectualmente, era más necio. Ahora trato de aprender de lo que veo, de la prueba y el error, saber que hay momentos en los que uno lo hace mejor, otros en los que está más inestable y que eso también garpa: quizás esa característica es la que hace que la escena funcione… Igual me sorprendió que me gustara tanto lo que vi en Historia de un clan.

En las redes sociales hubo coincidencia, aunque no solo por motivos actorales. El desnudo del primer capítulo –un equipo de rugby, cuerpos jóvenes y turgentes, un vestuario cargado de vapor y testosterona: cómo no filmar una escena de culos y toallazos así de tribunera– le mereció títulos varios, no nobiliarios pero sí tuiteros: desde ícono gay hasta octava maravilla del mundo. Él se lamenta por haber perdido la masa muscular que había ganado en tres meses de cross fit ("mirame ahora, soy un alfeñique, me desinflé", dice y muestra un brazo magro pero para nada despreciable), con el mismo sentido del humor con el que respondió desde su cuenta de Twitter a semejante andanada de deseo virtual: "Mi culo está sobrevaluado".
<b>RICARDO III</b>
Lo que sigue también es el padre. Pero el padre del padre. Si el Chino no estuviera acá, posando para las fotos (a cualquier indicación dice que sí, con profesionalismo dócil pero también con la gracia natural que el lente capta sin esfuerzo: el chico, hay que decirlo, tiene el don), estaría en una larga y bulliciosa mesa familiar, de asado, de pastas, escuchando anécdotas conocidas, consolidando el relato privado de una estirpe que se reedita a través de sus primos, su tía, sus viejos, su hermana. Es que los Darín se juntan todos los fines de semana a almorzar, y si no fuera porque no es precisamente una palabra feliz para usar en este caso, diríamos que son un clan: actores la mayoría, se dan cruces curiosos entre realidad y ficción como el hecho de que Antonia Bengoechea, Toti, hija de Alejandra Darín, es una Puccio en el film de Pablo Trapero. Y en esa gran mesa encabezada por la abuela Renée, actriz de radioteatro ella ("es un personaje único, guerrillera total, no se come ni una, es terrible. Yo la invito a los estrenos, la llevo, la traigo, y le gusta todo lo que hago, soy el nieto, pero creo que con mi viejo era brava, digamos que siempre fue una mina con mucha energía"), siempre hay otra figura que la sobrevuela. La del abuelo Darín.
–Tengo una foto de él a caballo en el estudio de radio El Mundo, vestido tipo el Zorro, muy gracioso, y del otro lado, otro tipo con una espada: como había público, los radioteatros los actuaban posta.
Este cuento, como tantos otros, forma parte de la herencia de alguien a quien el Chino no llegó a conocer –murió poco antes de que él naciera, en 1989– y que sin embargo le dejó ciertas marcas. Al menos dos reconocibles. Por un lado, el legado de una narrativa personal construida de anécdotas: "Siempre me hablaron de él mi viejo y mi tía. Era un personaje espectacular, polémico e interesante. Era actor, piloto de acrobacias, había peleado en África en la Legión Extranjera, tuvo doscientos negocios, desde una tintorería hasta fabricar jugos y gaseosas embotelladas, montó un kiosco mínimo, tuvo un teatro, el Marconi, escribió libros, era poeta. Me encuentro con gente del ambiente que lo conoció y siempre alguno tiene una anécdota pintoresca". Y por otro, el sentido del nombre: "Yo me llamo Ricardo por él. No es que me guste el nombre, pero entiendo que detrás hay una historia. Yo soy Ricardo Mario (el segundo nombre por mi otro abuelo), mi viejo es Ricardo Alberto y él era Ricardo Andrés".


Claro que hubo momentos y momentos con esto de compartir nombres. Sin conflicto, dice, y más por la libertad que da el anonimato que por la carga que puede implicar llamarte igual que el actor más famoso, popular y elogiado de la Argentina, cuando egresó del ILSE y empezó a ir a algún que otro taller de teatro sin mucha idea de qué quería hacer de su vida –le gustaba un poco de todo, pero en especial el cine y la literatura– se presentaba como el Chino, ese apodo que le regaló su padre, a secas. "No soy muy cultor ni estoy de acuerdo con la cultura del famosismo, como si ser famoso fuera un valor en sí mismo. Es valioso siempre y cuando seas famoso por algo de mérito propio, por eso no decía mi apellido. Igual no duraba mucho, porque después cuando iba a pagar la cuota y me preguntaban los datos, me miraban y me decían: ¿Cómo Ricardo Darín?".
Y si la estirpe marcaba un camino, que no necesariamente significaba un mandato ("me criaron con muchísima libertad, a los 13 años ya vivía en el fondo de mi casa, en un entrepiso, y yo me pensaba que vivía solo"), su iniciación estuvo marcada, sin embargo, por pequeñas resistencias no siempre conscientes: al fallido intento de anonimato en las clases de teatro, le sumó la elección de la carrera y su primer trabajo. Se anotó en dirección de cine y entró como meritorio al rodaje de El secreto de sus ojos, dos modos de pararse del otro lado de la actuación, de rodearla.
–En El secreto era el Che Pibe, hice todo lo que se te ocurra, desde conseguir nafta para el generador de la cámara del helicóptero que tenía que hacer la escena en la cancha de Huracán, o llevar y traer el material de lo que se había filmado en el día, hasta estacionarle el auto a Francella. Un día hasta me quedé como jefe de producción de rodaje porque eran las cuatro de la mañana y yo era el único que estaba con pilas. Laburé como un perro, debuté como un auténtico obrero de la industria.
–Ahí no tenías privilegio por ser Darín.
–Al contrario. Yo no quería que nadie creyera que estaba ahí porque mi viejo era el protagonista de la película. El apellido me pesaba pero en un sentido proactivo, estaba con el doble de pilas para demostrar que estaba laburando. Trabajé en contra del prejuicio, del preconcepto, y creo que lo logré.
–¿Y cómo te pasaste al otro lado, al del actor?
–Engañado (se ríe). Fue extraño, porque era el tiempo en que estudiaba teatro y dirección y no me presentaba a castings: no me sentía preparado, me parecía ir al muere. Si ni siquiera sabía si era algo a lo que me quería dedicar, ¿para qué me iba a exponer a un bife? Y un amigo de mi viejo que sabía de esto se comunicó con un tipo de la productora Dori Media y, sin que yo supiera, me propuso para un casting. Y fui: era para el piloto de una serie con Brenda Asnicar, María Carámbula y Pepe Soriano. Había dos personajes, el galán que la rescataba y el malo. Una cosa muy rara en un universo de magos, algo infantojuvenil. Hice el casting para el bueno y me eligieron para el malo, imaginate lo mal que lo hice. ¡Pero al menos me eligieron! Nunca salió, pero ahí me animé a ir a un casting en Pol-ka. Me acuerdo de que estaba Gonzalo Suárez, el de la publicidad de Galicia, y fue muy generoso, me ayudó un montón. Me eligieron para Alguien que me quiera, y arranqué de a poquito a hacer otras cosas, hice Los únicos, en paralelo teatro con Los Kaplan, después Farsantes, las pelis… me llamaban para una cosa porque me habían visto en otra, y se empezó a armar una especie de cadena hasta hoy. Podríamos decir que estoy en un buen momento, ¿no?
<b>NUEVA GENERACIÓN</b>
El Chino está sentado en la mesa de Mirtha. Es el mediodía de un domingo de mayo y, como está espontáneamente estipulado, la señora hace la pregunta perfecta para que el invitado se atragante.
–¿Es verdad, Chinito, lo que dijo tu hermana en una revista, que de vez en cuando se fumaban un porro en familia?
–No puedo hablar, Mirtha, estoy con la boca llena… es que estoy bajoneado. (Risas).
–Ay, qué divino… Bueno, no sé si querés comentarlo.
Insiste la señora, después de recordar que algunos años atrás ella ni siquiera se animaba a decir la palabra espermatozoide y que ahora estaba pronunciando porro al aire, todo un signo de modernidad y apertura. El Chino se pone serio. O, al menos, lo intenta.
–Es una nota que le hicieron a mi hermana en Planeta urbano y parece como si estuviéramos en familia todos eeeeeeh, y no es tan así. No es que la vaya a desmentir a mi hermana, pero ella se refiere a un hecho de su infancia en donde yo me di cuenta de que estaba creciendo y se estaba interesando en otras cosas, y yo con algo más de experiencia le dije: "Si a vos te llegan a ofrecer algo y te da curiosidad, quiero que pruebes conmigo, que sepas qué estás haciendo".
–Qué lindo, yo admiro de los Darín que son muy unidos, como familia, siempre están juntos en las fotos…
–Todos fumados, ¡obvio! (más risas). Debo decir, de todos modos, que lo que dice esa revista está sacado de contexto y que mi madre no tiene nada que ver. (Carcajadas). Fin.


Talento aprendido o heredado, el Chino sabe cómo moverse con naturalidad en un medio que se nutre de la pose, estimula lo velado y, por sobre todo, dictamina quiénes tienen la voz autorizada. Es auténtico. Quizás por su ADN familiar que lo llevó a vincularse desde chico con los "famosos", pero también por pertenecer a una generación que se siente protagonista de su tiempo y liberada de los prejuicios o temores que arrastraban las anteriores –sí, los mentados millennials–, dice que no les tiene miedo a los figurones del ambiente. Y se basa en una premisa como eje de su seguridad personal: "Me parece A1, o sea, la base de todo punto de partida, considerar que estamos en un plano de igualdad, que nadie tiene por qué tener ningún tipo de poder sobre otro… yo sé que los que de pronto se meten en el ambiente pueden sentirse inhibidos frente a determinadas personas que siempre pertenecieron al mundo de lo que consumís y no de lo que vivís cotidianamente, pero yo tuve el privilegio de convivir con muchos de ellos. Susana es como mi tía, y la adoro, es divina. Pero no tengo a nadie en un pedestal: tengo gente que admiro y, así y todo, considero que uno siempre tiene que estar en eje, saber quién es, dónde está parado y por qué vale.
–Y eso te da espalda para no caretearla.
–Sí, pero porque yo no creo que le haga mal a nadie, no creo en esos que dicen "ah, pero cuidate porque esto que decís lo escuchan los pibes y podés dar un mal ejemplo". Eso es subestimar, además yo no le estoy diciendo a nadie andá y suicidate, no sabés lo lindo que son los primeros quince metros. Yo hablo de cosas que hoy por hoy no pueden ser tabú, como el porro. Y si sigo viviendo acá, como pienso hacer porque es un país que amo, quiero ser alguien que contribuya para que las cosas que son tabú dejen de serlo. Uno tiene que ser fiel a sí mismo.
–¿Y la política te interesa?
–Sí, ¡cómo no me va a interesar! Somos un país atravesado constantemente por la política, me encanta hablar de política, de por sí soy un discutidor por naturaleza, discuto todo.
–¿Cómo te definís ideológicamente?
–No me defino, soy un indefinido. De hecho, nadie me representa en mi pensamiento, tengo afinidad con algunas personas que he visto públicamente pero hasta ahí.
–¿Por ejemplo?
–No… (Suena tajante: ¿se le habrá venido a la cabeza el episodio de la presidenta de la Nación hablando de su padre en Facebook después de haber leído sus declaraciones en esta revista?).
Y repite: "No".
–¿Desde qué lugar discutís cuando discutís, entonces?
–Filosóficamente, soy un tipo mucho más de izquierda que de derecha, pero formo parte de una familia que en un universo utópico de izquierda sería inviable y contradictorio: somos económica y socialmente privilegiados. Y digo que soy filosóficamente de izquierda porque creo que hay que remar para el lado de que todos seamos tratados por igual con las mismas posibilidades de crecimiento. Tampoco soy tan inocente de creer que se puede cambiar el sistema de un día para otro y que todos tengamos nuestra parcelita de tierra para hacer trueque de verduras y comer sano, no creo que estemos cerca de eso ni lo pretendo. Pero sí que el Estado esté verdaderamente llevando agua para el tanque del que lo necesita. Pero lo que más discuto en general es en qué significa ser de izquierda. Yo no creo que hoy ser de izquierda sea lo que acá se pone en una etiqueta de izquierda...
–¿Y ser peronista?
–Peronistas somos todos (risas).
<b>EL SALTO DEL HIJO</b>
Ahora que con 26 años el Chino ya no vive con sus padres ("yo siempre jodía con que me iba a quedar hasta los 50, que me iban a tener que sacar con la policía"), sino en un departamento casi vacío excepto por la heladera que le compró su madre, ubicado a quince cuadras del hogar paterno –tampoco era cuestión de irse tan lejos–, reconoce que su experiencia de familia fue tan positiva que, precisamente por eso, necesitaba dar el salto.
–Mis viejos son muy presentes y eso para mí es una situación de gran privilegio, porque están siempre dispuestos a ayudar, sobre todo mi vieja que se anticipa a cualquier problema que uno pueda tener. Pero eso también hace que haya un montón de cosas que no abordás por vos mismo, relajás en que hay un hada madrina que aparece y te lo soluciona. Y no: hay una etapa en la que hay que salir, madurar. Más allá de que sé que mucha gente lo tiene que hacer forzado, si no es así, es algo que hay que buscar.
–Entonces, ¿está bueno tener padres tan "copados" o puede ser un problema?
–Está buenísimo, no sé cómo es otra cosa. Claro que sé que muchos viejos no lo son y no entiendo por qué no habrían de serlo. Yo con mi viejo tengo una relación genial y no deja de ser mi viejo. Podemos boludear, reírnos, pero no es un amigo, es mi viejo. Lo mismo pasa con mi vieja. Considero que son grandes padres, lo que pasa es que hay otras metodologías dando vueltas, parece.
–¿Les consultás sobre tu carrera?
–De vez en cuando. A mi vieja cada tanto le pido que me lea un guión.
–¿Y a tu papá?
–No, tiene mil doscientos guiones para leer, mirá si va a leer el mío. No tiene tiempo. Por ahí hablo de algún proyecto del que no estoy seguro, le pido opinión, pero a mi vieja sí le doy de leer. Además, ¡él le pregunta todo a ella!
–Cuánto psicoanálisis hay que hacer ahí…
–Ya hice, y ya me di de alta. No me queda otra: ahora dependo de mí.

<b>PERDIDOS EN TOKIO</b>
El Chino toma el micrófono y dice "kamsahamnida", el modo formal de agradecer en coreano. Es la primera vez que le dan un premio en su vida –a mejor actor por Muerte en Buenos Aires– y sucede en Bucheon, Corea del Sur, esa geografía ubicada en el reverso del mapa. La situación le resulta fascinante más allá del premio: es la primera vez que viaja completamente solo y, además, siempre lo deslumbró la cultura oriental. No tanto por su apodo, dice –por qué no pensar, de todos modos, en los destinos que se nos imponen semánticamente–, sino por su consumo de pantalla: el animé de chico, el cine de más grande. "Aproveché la invitación y después de la movida festivalera me fui a Tokio, mi sueño, amo todo lo que sea de Japón: cuando iba al colegio investigaba por mi cuenta sobre su historia, la transición, la época de los samuráis, las revueltas, la creación de los ninjas por parte del Estado para pelear contra los samuráis, las invasiones a China, a Corea… Claro que cuando llegué ahí me di cuenta de que en realidad no sabía nada. Pero fue muy Perdidos en Tokio, recorrí la ciudad solo, con un libro de Murakami en la mochila (El fin del mundo y el país de las maravillas) y terminé viviendo experiencias de película, literal.
–¿Por ejemplo?
–Una noche paré en un ryokan, que es como una hostería con colchonetas en el piso, en Kioto. Y hablando con la dueña, así a media lengua, me enteré de que ahí mismo había dormido Akira Kurosawa, ¡mi director favorito de todos los tiempos! No lo podía creer, ahí paraba cuando rodaba o cuando ideaba sus películas. Y la señora me traía de todo: "En esta taza tomaba el té, en este almohadón se sentaba, en este cuaderno…", muy flashero.
–¿Tuviste tu momento karaoke?
–Sí, pero en Corea: no soy muy fan del karaoke, pero no podía decir que no. Había temas argentinos, casi todos de Cerati y Natalia Oreiro. Yo canté "Persiana americana". Esa es una escena que, por suerte, no está grabada.





