
El Colón para chicos
Sin la solemnidad de un recorrido adulto, los chicos disfrutan de una visita por el espléndido teatro: aprenden y se divierten, entre trajes, decorados, música y pelucas
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De pronto se encienden las luces de la sala y la vocecita de Catriel se escucha nítida y feliz: Guau, esto está rebueno. El Colón, uno de los cinco teatros líricos más importantes del mundo, se llena de vida una vez más.
Desde las butacas de terciopelo color rubí, los chicos giran la cabeza con una rapidez tal que poco les falta para dar la vuelta completa de la lechuza.
“Todo, les interesa todo”, afirma Claudia Bulzoni, maestra de primer grado de la Escuela Nº 18 Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
Catriel sigue con los ojos enormes, imagina, piensa, mira más. No se quiere perder ni un detalle.
“¿Vieron esa lámpara? ¿Saben cómo se llama? Sí, araña. Muy bien...” María Francovig Valero, una de las 12 guías que trabajan en el teatro, quiere seguir contando, pero Sofía, con una colita de caballo bien alta, no duda en interrumpirla: “¿Y cuántas lamparitas tiene?” María cuenta que son alrededor de 600 y que pesa 1500 kilos y que... Pero a Sofía le quedó una duda: “¿Qué pasa si se queman todas al mismo tiempo?”
Las visitas al Colón son ya tradicionales. En lo que va de 2002, lo recorrieron 55.000 personas, entre argentinos y extranjeros. Pero más del 30 por ciento de los que visitan el teatro son menores.
Desde el vocabulario hasta las tácticas para despertar la atención, la visita para niños está planteada de otra forma. Más divertida, nada solemne. “¿Qué ven en esa cúpula? Son personas y están pintadas por Raúl Soldi, un importante artista argentino. Todas representan a los que trabajan en el teatro: cantantes líricos, bailarines, compositores, directores de orquesta”, dice María y no vuela ni una mosca en la platea.
“Como los míos están en primer grado, todavía no vimos la historia del teatro, pero antes de venir cada alumno hizo una lista con lo que pensaba que iba a ver. Y escribieron, entre otras cosas: sillas, cortinas, vestidos. A partir de ahí, les enseñé palabras que no conocían, como butaca, telón, traje”, cuenta Claudia, la maestra, sorprendida y feliz porque es también su primera vez en el Colón.
Las visitas ya cumplieron 30 años, pero este mes incluyen una novedad. Después de tres años de estar suspendido, se acaba de reanudar el paso por los talleres.
“Antes, los talleres estaban incorporados al edificio, se encontraban en las partes altas; era todo más chico, más comprimido, pero tenía un misterio especial”, recuerda Marcela Pearson, precursora de las visitas, allá por 1970.
Hoy, los talleres están debajo de la avenida 9 de Julio, cerca de la sala de ensayo de danza, donde los bailarines se paran en puntas de pie, estiran las piernas y dan vueltas, pero no se olvidan de guiñar un ojo, saludar o hacer una pirueta dedicada a esos varios pares de ojos. Los chicos dicen gracias.
“Aquí se hacen los decorados que se llevan al escenario. El lugar es tan grande para que se puedan desplegar las telas, y la sala está rodeada de balcones para que se vea el trabajo en perspectiva.” Pero los chicos ya no escuchan. Percibieron el olor intenso a pegamento y aserrín, y todos tienen los dedos como broche en la nariz.
Daiana nunca fue al teatro. Ni Sofía, ni Guillermo, ni Sánchez. “Muchos chicos salen poco con su familia y con la escuela viven experiencias que de otra forma no tendrían. De mi curso, sólo uno había ido al teatro antes. Los papás no los llevan, aunque haya obras gratis; no están acostumbrados”, explica Claudia.
“El Salón Dorado es una copia de uno que hay en Versalles. Aquí se hacen conciertos de cámara, de orquestas más pequeñas. Y, sí, tiene arañas que, cuando se encienden, hacen que todo brille más.”
El tren de guardapolvos blancos hace escala en la sala de pelucas; sigue por la zapatería y al llegar donde se hacen los trajes de fiesta, coloridos y llenos de brillo, las chicas sueñan con ser princesas.
Antes de terminar la visita, aparece María Eugenia Rubio, alumna de la Orquesta Académica del Teatro Colón, que los despide con la voz dulce de su flauta travesera, que entona Manuelita. Catriel la escucha, pero dice que ésa ya la conoce y que lo mejor del teatro son las películas, digo las pelucas.
Cómo pedir una visita
- Las visitas para escuelas cuestan $ 2 por alumno. En el caso de las escuelas necesitadas, son gratuitas.
- Los particulares pagan $ 5 y los turistas $ 10.
- Más información por el 4378-7132/7133. E-mail: visitas@teatrocolon.org.ar Cerrito 618 (1010).
- Desde esta semana, todos los lunes por la tarde se realizan visitas con lenguaje de señas






