
Hippismo, mitología y la mirada de los otros: el filósofo argentino del momento encuentra espacios de reflexión hasta en el alisado de sus rulos
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Quizás el mayor divulgador de la filosofía de la actualidad nacional, Darío Sztajnszrajber viene explicándoles a los argentinos de qué se trata esta disciplina de una manera clara y sencilla en Mentira la verdad, su programa en Canal Encuentro. Empezando de lo más simple a lo más complejo, es capaz de mezclar situaciones de la vida cotidiana con el pensamiento de los grandes sabios de la historia. Porque una revelación puede aparecer en cualquier parte, y eso incluye un corte de pelo.
¿Cuál fue la última vez que te cortaste el pelo?
Lo que se dice cortar, te diría que en marzo de 1983. Estaba en tercer año del secundario, y en esa época, cuando todavía gobernaba la dictadura, en la escuela pública te obligaban a usar el corte americano. En cuanto volvió la democracia, una de las cosas que se instituyeron fue que uno podía ir a clases con el pelo como quisiera. Desde ese momento me lo retoco eventualmente, pero ya me lo dejé crecer.
¿Fue una decisión estética consciente o pura rebeldía adolescente?
Calculo que una mezcla de las dos cosas. Para mí el hecho de que me prohibieran algo era muy fuerte. Además, yo era muy flaquito, y sentía que el pelo corto me hacía más enjuto todavía. El pelo largo, en cambio, me daba un aire misterioso, como que podía haber algo más ahí abajo. Y la estética hippie de la época a mí me atraía, porque ya era fanático de John Lennon. Usaba mucho el look "pelo largo y boina", tipo Baglietto. Durante mucho tiempo, mi modelo fue Fito Páez: tenemos el pelo muy parecido.
¿Dónde están tus rulos?
Cuando uso la colita alta, aparecen. Y si me suelto el pelo, ni hablar. El tema es que, a pesar de que querría soltármelo, creo que ya no tengo edad para hacerlo. Está muy largo, me da vergüenza. Por eso me estiro los rulos todas las mañanas apenas salgo de la ducha. En ese momento, antes de arrancar el día, soy bastante detallista y cuidadoso con el peinado: me gusta que luzca pulcro. Puedo estar quince minutos peleando contra un pelito que se retoba. Después, con el correr del día se va desacomodando y lo dejo ser.
¿Cuando eras chico lo usabas suelto?
Sí. Decidí atármelo cuando empecé a dar clases, porque sentía que me confundían con los alumnos. Necesitaba establecer una jerarquía, una distancia...
Pasaron como veinte años. ¿Qué te lleva a mantener el peinado?
Que no me animo a cortármelo. Es un proyecto eternamente pendiente. Si fuera solo por mi deseo, ya lo habría hecho. O sea, yo me siento cómodo y me gusta, pero también querría probar otra cosa, y soy consciente de que no lo hago por un miedo social. Dudo mucho de que internamente vaya a percibir un cambio que me impacte muy fuerte. ¿Pero los demás?
¿Es tan importante?
Obvio que no. Pero por más evidente que eso sea, en el momento en que tenés que agarrar la tijera y pegar el corte, esa evidencia se te vuelve ambigua. Incluso tengo muy presente la historia de Sansón, que pierde su fuerza cuando le cortan el pelo. Yo lo tengo largo desde hace treinta años, y siento que estaría perdiendo algo más espiritual y no solo el pelo. ¡Esto que digo es una pavada total! ¡Lo tengo clarísimo! Pero bueno, en algún lado, evidentemente, me repercute.
¿A quién le envidiás el peinado?
A aquellos que, contrariamente a mi caso, no tienen que estar pendientes del tema. Al pelado, en un punto, yo lo envidio. Si alguna vez junto el coraje necesario, quizás me vaya radicalmente hacia ese extremo.
O sea que no le temés a la calvicie…
Cero miedo. Para nada. Me parece reinteresante la estética del pelado. He visto grandes personajes calvos. Lo que pasa es que cuando uno se lleva bien con su imagen, entonces cualquier peinado cuaja. El tema es lograr llevarse bien con uno mismo…





