
El criminal vuelve a escena
El Petiso Orejudo, el mayor asesino serial argentino, todavía genera polémica
1 minuto de lectura'
El 5 de abril de 1906, Cayetano Godino se presentó ante el titular de la sección Seguridad para pedir que recluyeran a su hijo por tiempo indeterminado hasta que se regenerara. El argumento del padre era que su hijo "ahogaba pajaritos en una caja". El oficial creyó ver una típica disputa familiar y anotó la visita en el libro de guardia como uno de los tantos hechos menores del día. Treinta y ocho años después, el 15 de noviembre de 1944, Godino fue hallado muerto en la celda número 90 de la cárcel de Ushuaia. Entre un episodio y otro, Santos Godino, alias el Petiso Orejudo, decidió por sí mismo su destino.
En un caluroso verano de 1907, cuando la ciudad intentaba sacudirse la modorra de las fiestas de fin de año, Godino -un chico de 12 años, ojos marrones, boca mediana, rostro enjuto, orejas prominentes, baja estatura y muy delgado- se acercó al corralón de madera que se levantaba en la esquina de Corrientes y Pueyrredón, y luego de eludir a un operario que abandonaba su trabajo llegó hasta el fondo del local donde con una cerilla y un puñado de aserrín inició el fuego que destruyó totalmente las instalaciones del lugar. Santos Godino miró con asombro y placer las llamas que se alzaban 12 metros y esperó oculto la llegada de los bomberos, con quienes colaboró luego en apagar el fuego. Esa fue la chispa inicial de una vertiginosa carrera delictiva que se extendió a un total de siete incendios, cuatro homicidios y siete tentativas de asesinato de niños de corta edad.
Como todo asesino que regresa a la escena del crimen, el Petiso Orejudo vuelve a la calle Corrientes, esta vez reencarnado en el actor Pablo Iemma: "Lo que más me llama la atención, lo que despierta mi mayor curiosidad hasta la obsesión es saber qué sentía Santos Godino cuando asesinaba a sus víctimas", desliza Iemma, imperturbable como Godino, en un bar de Sarmiento y Paraná.
-"Soy un chico feliz", contestaría Godino, sin pestañar, según los expedientes de la época que registran el interrogatorio médico, durante su enjuiciamiento.
-¿Siente usted pena o remordimiento por la muerte de los niñitos Gerardo, Arturo y Benita?
- No, señores.
- ¿Piensa usted que tiene derecho a matar niños?
-Otros también lo hacen...
"Yo encaro el personaje pensando que no sabía lo que hacía. En que no podía razonar la brutalidad de sus actos, aunque intuyo que el Petiso Orejudo, de algún modo, era consciente, sabía", reflexiona el actor.
Como para corrobarar sus palabras, en las primeras horas de la tarde del 12 de noviembre de 1912, Godino se presentó a un agente de la comisaría 12a para comunicarle que en un baldío adyacente a Pavón y Yapeyú había visto a un chico muerto con una soga anudada al cuello. Por entonces, Godino tenía 16 años, y llevaba en un bolsillo la crónica de su último crimen, que el diario La Prensa había publicado ese mismo día: "Asesinato de un niño de 3 años. Un hecho salvaje", rezaba el titular de la crónica que detallaba con precisión cómo el padre de la víctima se había cruzado con Godino en la entrada de la quinta Moreno y que, al consultarle si no había visto a un niño de 3 años, Godino había respondido que no, que le convenía ir a la comisaría. El padre, sin embargo, ingresó en el predio donde descubrió a su hijo atado de pies y manos, con un piolín atado al cuello y un clavo de cuatro pulgadas clavado en el parietal izquierdo.
Al ser apresado, Santos Godino conservaba un piolín atado a su cintura. Confesó que después de matar a Giordano, almorzó en la casa de su hermana casada, y esa misma noche fue al velorio de su víctima. Se acercó hasta el cuerpo inmóvil de Giordano, tomó entre sus manos la cabeza inerte y pasó sus dedos por la herida oscura de la sien.
Fue sometido a pacientes interrogatorios, y un día, entre risueño y serio, confesó a los investigadores cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinato: el 15 de septiembre de 1908, en Colombres 632, había quemado con un cigarrillo los párpados de Julio Botte, de 22 meses; fue descubierto por la madre de la víctima, pero alcanzó a huir. En enero de 1912 asesinó al menor Arturo Laurora en una casa abandonada de Pavón 1541, y la tarde del 7 de marzo de ese mismo año, frente a un local ubicado en Entre Ríos 322, prendió fuego al vestido que llevaba puesto la menor Benita Vainicoff, y salió huyendo. Poco después, la niña moriría a causa de las quemaduras.
"Era un pobre desamparado social, un sin padre", argumenta Iemma, que dirigido por Julio Ordano sube a escena este fin de semana en el Centro Cultural San Martín, donde rescata los últimos días del Petiso, desde una óptica personal.
De sus años como recluso poco se sabe, con excepción de la vez cuando detonó la furia de sus compañeros de reclusión por mortificar al gato de la carpintería, lo que le costó veinte días en el hospital. O el confuso episodio en el que encontró la muerte, cuando un grupo de reclusos lo acorraló definitivamente entre los muros de la cárcel del Fin del Mundo.
Con voz propia
Doctores : -¿No siente remordimiento de conciencia?
Godino : -No entiendo lo que ustedes me preguntan.
Doctores : -¿No sabe usted lo que es remordimiento?
Godino: -No, señores.
Doctores: -¿Por qué mataba usted a los niños?
Godino: - Porque me gustaba.
Doctores : -¿Por qué fue a la casa del niño Giordano el mismo día que lo mató?
Godino: -Porque sentía deseos de ver al muerto.
Doctores: - ¿Con qué objeto le tocó usted la cabeza al muerto?
Godino: -Para ver si tenía el clavo.
Doctores: - ¿Piensa que será castigado por sus delitos?
Godino: -He oído decir que me condenarán a veinte años y que si no fuera menor me pegarían cuatro tiros.
Doctores: - ¿Mataría a niños o idiotas en este hospicio?
Godino: - Sí señores.
Doctores: -¿Dónde le gustaría a usted más vivir: en este asilo o en la cárcel?
Godino: -En la cárcel.
Doctores: -¿Por qué?
Godino: -Porque aquí están los locos, y yo no estoy loco.






