El cub de las soñadoras

Luciana Mantero
Luciana Mantero PARA LA NACION
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22 de diciembre de 2018  • 00:28

Paula Castro tenía 35 años y el profundo sueño de tener un hijo con Martín, su compañero. La búsqueda empezó como algo divertido, amoroso y como un lugar de encuentro de la pareja, pero ese hijo no llegaba y el deseo terminó circulando por el camino de la medicina reproductiva. Entonces se vio en el periplo de aprobar y reclamar que su empresa de medicina prepaga le cubriera un tratamiento de fertilidad: de hacer respetar la ley N°26.862 que, por ser abogada y estar en tema, conocía muy bien. Sentada detrás de un escritorio a cara de perro con la administrativa, se dio cuenta de que si a ella le costaba lo que le estaba pasando, no podía imaginarse cómo harían otras con menos conocimiento legal, o menos garra.

Esos días, por noviembre de 2015, decidió crear un grupo de Facebook que ayudara a otras a pelear por sus derechos y así surgió El club de las soñadoras. El espacio virtual fue creciendo y hoy son casi 7000 mujeres que han buscado o están buscando un hijo, con dificultades. En este grupo, moderado delicada pero intensamente por Castro, se aconsejan, intercambian medicación, se acompañan en los análisis y tratamientos cuando alguna lo necesita, armaron su logo (naranja, violeta y verde), fueron juntas a obras de teatro alusivas y lecturas compartidas y se vieron las caras en unos diez encuentros. El último, el sábado pasado, se hizo en una quinta de La Reja, en Moreno, provincia de Buenos Aires. Algunas fueron con sus parejas, otras con los hijos que en todo este tiempo han podido tener, para dar aliento a las demás. Una de ellas, Cecilia, viajó especialmente desde Tucumán. Otras llegaron de Campana, Luján, La Matanza, Palermo, Belgrano, San Martín, Ituzaingó, Pilar, La Plata.

Es que, cuando se vence la resistencia y uno se anima a dejarse acompañar, la caricia tiene una potencia sanadora enorme, que nos lleva lejos. La sensación de formar parte de una comunidad de mujeres, de personas en el mismo transe, genera un alivio y un poder sorprendente. Vivirlo en tribu es sentirse menos solo y con más fuerza; la fuerza de la manada ancestral.

Pero el sábado pasado, en aquella quinta de Moreno, el día era diáfano y el verde hacía el ambiente más relajado; promovía el encuentro. Dos parejas que no se conocían terminaron arreglando irse juntas de vacaciones. Dos chicas se quejaban porque querían sentarlas separadas; hasta hacía un rato largo no se conocían pero después de una charla, habían quedado prendidas. Hubo sorteos, una feria de artesanías con cosas que todas habían hecho, regalos sorpresa y cartas de aliento para abrir en Navidad.

La alegría y la mutua compañía se trasladará a estas Fiestas: ya surgió la propuesta para quienes quieran y estén lejos de sus familias –o prefieran evitarlas– de volver a encontrarse para pasarlas juntas.

En tiempos del #MeToo global y local, en tiempos de la revolución de las mujeres y de la revolución de la fertilidad, queda claro que cuando atravesamos los traumas rodeadas de quienes nos entienden, todo resulta más fácil, y tenemos más fuerza para hacer aflorar lo que nos está pasando.

Hace una semana en aquel teatro lleno de actrices el mensaje fue: si tocan a una, nos tocan a todas. En El club de las soñadoras, como dice en algún posteo, "tu dolor, es mi dolor; tu sabiduría, me ayuda a seguir; tu energía me hace a ver la vida –que con o sin hijos puede ser fecunda– con mucha más perspectiva". Paula Castro sigue en la búsqueda, pero encontró el poder sanador de saberse sostenida por una red mágica.

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