
El deseo nos une: sus besos son como una fuente de agua de la que bebí en la Alhambra
No sé qué hora es, la he perdido.
La veo caminando hacia mí, el cielo está gris de nubes, nuestros ojos se van encontrando por instantes; ahora, frente a frente. Presiento su cuerpo alerta.
Ahora sí, está parada aquí, para mí. Tomo sus manos, sin tiempo, extiendo sus brazos hacia el cielo, nuestros dedos en lazos por encima de mi cabeza, elongadas en un deseo antiguo como las vainillas de mis manteles de lino. Ellos también saben amar.
Por primera vez apoyo mis labios en los de ella, su lengua, su saliva. Su tibio hacer de boca. Gime apacible, sus jadeos suenan como las brisas en los damascos de altura, en tardes de sol.
Estos labios que me complacen, besados muchas veces por otros, hoy están mojados de mí, y cada beso anterior está acunado entre los nuestros. Le hablo suavemente, un susurro transparente que transita las colinas de la espera, como si hubieran flores en nuestro aliento, los cuerpos van encontrando apoyos de a segundos, siento cada vez más sus impulsos, son como olas imperceptibles, extensas de roces implacables, que van dejando heridas en mi cuerpo. Sí, me desangro con sus besos, como los granados del otoño, mordidos por los zorzales, goteando, rojos de indecencia y lascivia, en los huertos de Oriente.
En esta época comienza a tener presencia en mi cocina el apio, en especial las hojas del centro y los tallos, que son muy tiernos; me gusta servirlos crudos, con hongos frescos y finos de mandolina, quesos maduros, raspados en láminas, con anchoas, aceite de oliva y limón.
Mis ásperas manos acarician su cara, casi sin tocarla; sus orejas están heladas y mis dedos recorren su pelo grueso, que parece no enredarse con la cadencia de mi hacer. Está descalza, parada sobre mis pies; extiende su largo cuello hacia mi boca entregándome sus besos, son como una fuente de agua de la que bebí en la Alhambra o como los azahares de la Giralda, rozados de procesiones, guitarras y desvelo luego de noches de feria de abril, y caballos del Rocío, tan paganos y hermosos como estos besos de hoy.
Mis manos encuentran el contorno desnudo de su cintura. Deshago botones y recorro los huesos de sus caderas: se asemejan a la proa de un bote de madera recién pintado, laqueado con las curvas minuciosas del oficio. Tenemos tiempo, los dos sabemos de él, no hay arrebatos en nuestra memoria, quedaron atrás. Hoy somos esto. Un humedal de amor. Nos libamos centímetro por centímetro, como si se abrieran luminosos pasillos, cortinados de ardor, con esperanza e ilusión. Su saliva sabe en delicias a cada amor pasado. Presentes hoy por el nuestro, fuimos, somos, seremos aplicados oyentes de esta escuela de deseo. Nos apetece.
Hay algunas ensaladas que no permiten estar encimadas en un perol, necesitan una superficie muy amplia, nacieron para ser extensas, como el cubrir de hojas en la tierra. Una fuente playa grande que ofrezca esa elegancia de espacio para mis crudezas, allí las abarca el condimento, mi sazón.
Mis manos encuentran sus pechos, ellos duermen alborotados de jadeo, tibios, sagaces, se estrechan y abrazan al mío templado por sus brotes, como las frambuesas que maduran al sol. De mirar. Atrevidos y heroicos.
Sostengo sus ancas redondas de bastos, entregadas a mis manos, al rejoneo. Giro una y otra vez, como en los campos de trébol y romero en las mañanas andaluzas cuando se mide al toro para ver si es de honor y brío.
Es sólo un sueño, pienso. Pero ahora de mañana amanezco en su pubis atolondrado de amor, entre sus precisas e impetuosas monedas de oro, que sostienen mi cabeza alada de pasión.
El deseo nos une. Moriré en el ímpetu. Como un soldado. Pero más cobarde. Como la sal. n
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