El día que confié demasiado en mi pasaporte europeo y me deportaron

Lo poco que llegó a ver la cronista de Rusia desde el bus
Lo poco que llegó a ver la cronista de Rusia desde el bus Crédito: Elena Tavelli
Elena Tavelli
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22 de agosto de 2019  • 11:47

Como a muchos argentinos descendientes de europeos, a mí la doble nacionalidad también me dio sus beneficios. Sin hablar una palabra de italiano, pero siendo tataranieta de uno, el Messi de todos los pasaportes me permitió estudiar, trabajar y vivir en Europa el tiempo que quise. Tanto fue así, que ni bien llegué al viejo continente, enterré el pasaporte argentino en un cajón para no volver a verlo hasta aterrizar en Ezeiza otra vez.

El complejo de inferioridad rioplatense, y la soberbia de por fin pertenecer al primer mundo, me hicieron pensar que u n documento de color vino era la llave para atravesar cualquier frontera. Error. En Rusia, por ejemplo, ser ciudadano de la UE no justifica ventajas ni suma oportunidades, todo lo contrario. El beneficio ahí lo tienen los sudamericanos que, gracias a la reciprocidad entre sus países y la confederación de Putin, no necesitan visa para entrar. El hecho es que fui sin saberlo. Y como muy italiana que me creía, sin visado ni pasaporte argentino, terminé demorada en la oficina de migraciones y en ruso, me obligaron a retirarme.

La peripecia había empezado unos días antes en lo que los folletos turísticos llaman las tres joyas del mar báltico. Vilna, Riga y Tallin son las capitales de las ex repúblicas soviéticas de Lituania, Letonia y Estonia. Declaradas Patrimonio de la Humanidad hace muy poco, Vilna combina edificios abandonadas con construcciones históricas en colores pasteles, Riga es la ciudad con más ejemplos de Art Nouveau en el mundo y Tallin ostenta las puertas de colores más llamativas de toda Europa. Sin embargo, durante la primavera nórdica de días grises y temperaturas húmedas inferiores a 10ºC, en las plazas secas enormes y semivacías, el clima de opresión todavía se siente.

A San Petersburgo viajé en ómnibus. Por un precio bastante ridículo, el coche-cama báltico resultó ser la primera clase de todos los bondis: asientos reclinables de cuero, servicio de catering a bordo y pantalla personal con cine on demand. Entre tanto chiche, la travesía nocturna de 7 horas se me iba a pasar volando (o al menos eso fue lo que pensé).

La llegada (o el comienzo de la pesadilla)

El colectivo de lujo y el pasaporte protagonista de la historia
El colectivo de lujo y el pasaporte protagonista de la historia Crédito: Elena Tavelli

A las 4 de la mañana, el chofer bajó la velocidad y encendió las luces. Los vidrios estaban congelados y a través del hielo, solo se veía nieve y una hilera interminable de monoblocks de cemento prefabricado. En el medio de la nada, nos hicieron bajar a la oficina de migraciones y del otro lado de la ventanilla, un militar con gorro de pelo verde me empezó a hablar en ruso. Le contesté que no entendía el idioma y salió furioso de la cabina a pedir un traductor. Después de interrogarme, se llevó mi pasaporte y me encerró en un cuarto con luz fría y sin calefacción. Quince minutos o dos horas más tarde, me devolvió los documentos y en lenguaje de señas, me indicó que subiera al colectivo que acababa de llegar.

Sola, con 24 años y poco más de un metro y medio de altura, me metieron en un colectivo sin pantallas ni bebidas de cortesía, donde la única "deportada" ahí era yo. Rodeada de hombres que roncaban vodka, las 3 horas que duró ese viaje, fueron las 3 horas sin señal más largas de mi vida. Sin poder seguir el trayecto por Google Maps o avisar en Buenos Aires a dónde me estaban llevando, hoy no me alcanzan las palabras para explicar el alivio que sentí en ese momento, cuando reconocí la estación de ómnibus de Tallin; finalmente, había llegado a donde me habían prometido.

Tallin y el alivio de llegar a Europa
Tallin y el alivio de llegar a Europa Crédito: Elena Tavelli

Llámese casualidad u obra del destino, pero en esa escena de desamparo tras no haber podido acreditar mi argentinidad en la frontera, aparecieron no uno, sino dos argentinos. Faltaban un par de horas para que abriera la estación y para no esperar a la intemperie, a uno de ellos se le ocurrió refugiarnos en un McDonald's. Y fue ahí, jugando a las cartas con esos dos desconocidos, cuando caí en la cuenta de que la ciudadanía italiana me había dado muchos beneficios, pero al final, era sólo un espejismo. Cuando más lejos me sentí de Argentina, ella apareció para recordármelo: con o sin pasaporte, entre argentinos, yo estaba en casa.

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