El encanto de adaptarse a otro ritmo
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La provincia más al Este de Uruguay tiene, según dicen, menos población por kilómetro cuadrado que el desierto del Sahara. Hay muy poca gente en grandísimos espacios. Lejos de la aspiración de Miami que tiene Maldonado, en Rocha se respira un aire que podría denominarse gauchesco. La gente tiene otros tiempos: los suyos.
Siempre digo que necesito tres semanas para entrarle. La primera semana, recién llegado de Buenos Aires, me peleo con todo: no puedo creer los tiempos de las cajeras del supermercado, ir al banco rochense puede rápidamente convertirse en una experiencia traumatizante, los autos que circulan a 45 kilómetros por hora me parecen insoportables e intento pasarlos, y las filas lentas y para todo me irritan. Yo, furioso, me peleo.
La segunda semana dejo de pasar como loco las colas de 20 autos y empiezo a pensar que tal vez sea yo, que quizá sea cuestión de relajar.
Recién a la tercera semana entiendo, y finalmente suelto: voy a 45 kilómetros, miro el paisaje impresionante de la ruta 10 y soy uno más. En ese momento, siento que me "uruguayicé".
Después de alquilar durante 15 años casas en San Antonio, un lugar salvaje, terminé construyéndome una casa en La Pedrera. Adoro el clima del pueblito. Cuando está tranquilo, en esos días de pretemporada, es la gloria. Los restaurantes, los supermercados y las playas, todo a unos pasos. Y el mar, visto desde arriba, me encanta. Aquí estoy, en un bar en la rambla, mirando ese mar interminable.
El autor es arquitecto
Alejandro Sticotti
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