
El espíritu del romanticismo (1926)
Este es un fragmento de la exquisita prosa del escritor alemán, extraído del libro Pequeñas alegrías, recientemente publicado por Editorial Sudamericana. El autor desbroza las concepciones del mundo de clásicos y románticos y las considera inseparables
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El clasicismo y el romanticismo se han convertido para nosotros, los contemporáneos, en particular para los alemanes, en dos conceptos polares, en denominaciones de dos tipos eternos y renovados de la humanidad, de la vida, del pensamiento, del alma. Desde hace más de cien años una parte infinitamente grande y quizá la más valiosa de la vida intelectual alemana ha actuado en la lucha de estos dos tipos y en los esfuerzos por entenderlos y formularlos. Recientemente, apareció sobre este tema eterno e inagotable un libro por demás valioso de Fritz Strich, cuyo título es el siguiente Deutsche Klassik und Romantik (Clasicismo y romanticismo alemán) y que recomendamos al lector, así como la antigua y acreditada obra de Haym sobre la escuela romántica.
Ahora bien, al buscar la forma de ejemplificar mediante una nueva alegoría estos dos tipos opuestos de una manera polar y condicionados entre sí de una manera polar, clasicismo y romanticismo, me viene a la mente, a mí que tanto me he ocupado del pensamiento oriental, una imagen del mundo budista. Aun cuando sea un rodeo, tiene la ventaja de echar desde afuera, desde un mundo completamente distinto, una nueva luz sobre un viejo tema europeo, en particular alemán.
Como se sabe, una parte de las antiguas doctrinas y religiones orientales se fundamenta en la antiquísima idea de la unidad.
El polimorfismo del mundo, el rico y variado juego de la vida con sus mil formas se hace remontar a la unidad divina, en la que se basa el juego. Todas las formas del mundo visible son percibidas no como existentes en sí y necesarias, sino como juego, como un juego inconstante de formaciones, fugazmente efímeras, que con el aliento de Dios parecen constituir el todo del mundo en un incesante entrar y salir, mientras que cada una de estas formas, yo y tú, amigo y enemigo, bestia y hombre no son sino fenómenos momentáneos, sólo partes de la unidad original, encarnadas de una manera pasajera, que siempre deben retornar a esa unidad.
A este saber en torno de la unidad, del cual el creyente y el sabio extraen su capacidad para sentir como algo pasajero e insignificante el dolor del mundo y desprenderse de él para tender a la unidad, le corresponde como polo opuesto la siguiente idea antitética: que no obstante y a pesar de toda la unidad ultraterrena, la vida nos es perceptible en el mundo terrenal sólo en formaciones delimitadas, juntas, pero ajenas entre sí. Tan pronto se adopta esta postura, el hombre es a pesar de toda la unidad un hombre y no un animal. Ya sean unos buenos y otros malos, la realidad existe en toda su confusión y variedad.
Ahora bien, para los pensadores asiáticos, maestros de la síntesis, sostener alternadamente puntos de vista opuestos, afirmar ambos y estar de acuerdo con ambos, constituye un juego mental ordinario y cultivado hasta su más elevada perfección. En ello se origina la figura que deseo emplear aquí.
Imaginemos un grupo de sacerdotes o sabios budistas, entregados a una plática espiritual. Se han sentado juntos y, mediante una multitud de alegorías, expresan que la llamada realidad es una ilusión, que todo lo perceptible es aparente, toda forma un engaño, todas las antinomias nada más que producto de la fantasía humana poco perspicaz; descomponen por completo el mundo que los rodea y en el cual sufren, y fijan en sí la idea de esa unidad ultraterrena de esa eterna vida divina. Cuando han hecho esto hasta el cansancio, uno de ellos podrá emitir después de ciertas sonrisas y silencio el apotegma: El prado es verde, la rosa es roja, el cuervo grazna. Esta sencilla sentencia comprensible para todos los participantes no significa sino lo siguiente: "Y bien, sin duda el mundo visible no es sino ilusión; sin duda, no existen en realidad prados ni rosas, ni cuervos, sino la eterna unidad divina, pero además, para nosotros que somos perecederos y vivimos en lo efímero, la realidad es lo efímero, la rosa es roja y el cuervo grazna" .
Este criterio según el cual la rosa es una rosa, el hombre un hombre, el cuervo un cuervo, para el cual los límites y las formas de la realidad son sólidas y sagradas realidades, es el criterio clásico. Reconoce las formas y las propiedades de las cosas, reconoce la experiencia, busca y crea el orden, la forma y la ley.
El otro criterio, en cambio, el que sólo ve lo mudable, lo aparente en la realidad, para el cual la diferencia entre planta y animal, entre hombre y mujer es harto dudosa, el que está dispuesto en cualquier momento a dejar que las formas se diluyan y se confundan entre sí, corresponde al criterio romántico.
Como concepción del mundo, como filosofía, como fundamento para una orientación del alma, cualquiera de estas formas de contemplación es tan buena como la otra, no hay nada de objetable en ellas. La postura clásica destacará el límite y la ley, reconocerá la tradición y ayudará a crearla; se esforzará por agotar el instante y perpetuarlo. La postura romántica borrará las leyes y las formas y venerará en cambio el principio de la vida, y reemplazará la crítica por la piedad y la razón por el abismarse. Tenderá hacia lo intemporal y estará colmada del anhelo de un retorno a la unidad divina, así como el individuo clásico está lleno de la voluntad de elevar lo perecedero a lo perdurable.
Hasta aquí podrían confrontarse ambas posturas como equipolentes. El clásico llevará su obra y su hacer a la mayor perfección posible, intervendrá en el mundo con su actividad y afán de orden, dejará descansar lo divino en sí mismo como algo inescrutable, renunciará a lo imposible y aspirará con todas sus fuerzas a lo posible. Por el contrario, el romántico cultivará el sueño y la contemplación, se preocupará bastante poco por lo cotidiano, para ser grande en su dedicación a lo infinito y poder buscar la bienaventuranza.
El mundo necesita ambas posturas. Cada una complementará y corregirá a la otra miles de veces. El clasicismo se inclinará hacia la momificación y la pedantería, donde empezará a debilitarse. A la inversa, el romanticismo terminará en el abandono y el desamparo allí donde lo deje el sagrado entusiasmo.
Sin embargo, tan pronto el clasicismo y el romanticismo dejan de confrontarse como formas generales de contemplación, tan pronto se trata del dominio del arte y de la poesía, por ejemplo, se pondrá en evidencia que frente al clásico, el romántico está en gran desventaja, pues para crear obras de arte se necesita un reconocimiento de los límites y las formas, se requiere voluntad para dar duración a lo momentáneo.
La renuncia a esta voluntad, la negación de los límites y las formas, hace en el fondo inepto al romántico para ser un artista creador. Podrá gozar el arte con genialidad, podrá interpretar la vida en forma artística, podrá nutrir su sueño con arte, pero cuidar de lo finito a costa de lo infinito, posponer el sueño para realizar el hecho, contraría su propio credo.
Por ende, no es extraño que tantas obras de nuestros poetas románticos hayan quedado inconclusas o se perdieran en la nada después de maravillosos comienzos. La poesía romántica no puede ni quiere aspirar a la eternidad, no quiere tener límites estables ni ser perfecta en la limitación. Pretende lo contrario, sólo quiere ser tránsito a lo infinito, sólo quiere ser juego y sueño, no obra y hecho. En realidad, de esta manera estaría dictada de antemano la sentencia de muerte de todo arte romántico.
El autor nació en Stuttgart, Alemania, en 1877, y murió en Suiza en 1962. Poeta, ensayista, novelista y cuentista, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1946. Escribió El lobo estepario y Demian, entre otros.






