
El gran salto
¿Qué mueve a un atleta a hacer un clavado desde un acantilado de 26 metros de altura?
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ATENAS.- Según la tradición griega, cada 6 de enero se da cierre a la fiesta de la Epifanía con la bendición de las aguas para que el año que se inicia sea provechoso. Desde hace siglos, las multitudes se dan cita en el antiguo puerto de El Pireo, donde un sacerdote arroja al mar un crucifijo. Es entonces cuando los más valientes se internan en las heladas aguas del mar Egeo para rescatar y regresar a tierra firme esa cruz. Se dice que quien logra obtenerla y entregarla al sacerdote será portador de buena suerte durante todo el año.
Cualquiera de los doce valientes que esperan su turno para saltar, alineados en el acantilado que se erige a un lado de la laguna Vouliagmeni, podría cumplir con el rito. Y viendo la plataforma desde la que en breve comenzarán a lanzarse, exponiéndose a las tremendas fuerzas de la naturaleza, es obvio que ninguno de ellos rechazaría una dosis extra de buena suerte. Es la octava vez en el año que estos clavadistas extremos provenientes de todas partes del mundo se medirán saltando desde 26 metros (el equivalente a unos 8 pisos, y 16 más de lo permitido en el clavadismo olímpico) para competir en las Red Bull Cliff Diving Series. Y la tensión aumenta porque la de hoy, aquí, en la cuna del deporte y los juegos olímpicos, es la gran final. Antes se han probado en los escenarios más diversos e increíbles de Europa, en Francia, Holanda, Croacia, Italia, Turquía, Alemania y Suiza.
Apenas un puñado de hombres en el mundo está en condiciones de realizar saltos desde tanta altura. Se requiere coraje, autoconfianza, concentración y un entrenamiento milimétrico que les asegure mantener en todo momento el control absoluto de cada fibra de su cuerpo. El salto dura menos de cinco segundos, pero el más mínimo error podría volver fatal el choque con la masa de agua que los espera abajo. No hay equipamiento especial; la densidad, la temperatura, la profundidad y la estabilidad del agua son los factores que marcan la diferencia cuando se la enfrenta a una velocidad aproximada de 85 km/h. Sólo pueden hacerse unos pocos clavados por día desde tanta altura sin comprometer la salud de los atletas. Y la mayoría de ellos ha sufrido los sinsabores del riesgo: huesos rotos, hombros dislocados y desgarros son los accidentes más comunes. Tranquiliza ver al equipo de rescatistas, que vigila atento desde un bote, listo para actuar si algo llegara a fallar.
Pero, ¿qué pasa por la cabeza de estos adonis modernos cada vez que se paran en la plataforma para volver a saltar? "Me muero de miedo. Creo que todo esto se terminará para mí el día en que, al estar allá arriba, pierda esa sensación, ese temor inmenso que de todos modos me impulsa a dar un paso al vacío", dice el australiano Steve Black, que con 43 años es uno de los mayores entre los competidores de esta serie. Campeón en varias oportunidades, Blackie es el showman de la serie, y aunque vive con la secuela de dolor por una lesión en la espalda, se para sobre sus manos en la plataforma y hace bailes y piruetas que el público -rubias doradas en ojotas con look surfer chic y jóvenes fanáticos de los deportes extremos- celebra con aplausos antes de cada clavado. "Lo hago para relajarme, para divertirme, para no escuchar las voces internas que me piden que salga corriendo", explica este ex integrante del Cirque du Soleil que cuando no está saltando en algún rincón del mundo vive con su mujer y su hijita de dos años en una paradisíaca playa tailandesa.
"Todas las veces es igual: antes de saltar, tiemblo de miedo", dice el inglés Gary Hunt, que, con 19 años, es el benjamín del grupo y quien se llevó el puntaje más alto en esta ciudad. Los cinco jueces evalúan en cada salto el lanzamiento, la posición en el aire y la precisión con que los clavadistas ingresan en el agua. Es fundamental que la entrada sea limpia y que no salpique (evitar el splash). Son tres los clavados juzgados según el reglamento, pero sólo uno es de dificultad predeterminada; en los dos restantes, cada atleta elige hasta dónde arriesgarse, en qué posición lanzarse y cuántos giros y mortales va a dar.
Nueve veces campeón mundial de clavados de altura, con más de 25 títulos y dos Guinness Records, el colombiano Orlando Duque es el favorito absoluto y quien terminó por coronarse campeón de la serie 2009. La rutina diaria de entrenamiento de este joven nacido en Cali, que antes de cada salto se suelta el pelo negro y largo hasta la cintura, incluye ejercicios aeróbicos y de musculación, además de clavados en pileta olímpica al menos dos veces por semana. Aunque el estereotipo del perfil de quienes practican deportes extremos podría indicar lo contrario, él, como la mayoría de sus compañeros, dice que jamás se lanzaría desde un acantilado de esta altura sin tener garantizadas las condiciones de seguridad necesarias: una plataforma adecuada, un equipo de rescatistas y especialistas que certifiquen que el lugar es apto para el salto. "Esto es serio: es técnica y concentración. Pero es inevitable pensar que saltando desde esa altura uno se puede matar", dice Duque, ya con la copa (y el cheque de 10.000 euros), que certifica que lo logró, una vez más entre las manos. "La adrenalina y el miedo que siento antes de saltar son indescriptibles. Pero puedo asegurar que el alivio y el placer de haberlo logrado son infinitamente superiores".






