
El hombre sandwich
Panamá Toast
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A meses de cumplirse el sueño de Torrijos, y de que el antiguamente estratégico Canal de Panamá pase de la administración estadounidense al gobierno local, el relleno geopolítico del sándwich entre el Atlántico y el Pacífico, afirma cada día más su identidad cultural.
Porque Panamá no es un país, ni una ciudad: es eso y mucho más. Es un puerto. Y como tal, lugar de paso para quedarse para siempre, como los personajes de Alvaro Mutis: marineros, prostitutas, ancianas que regentean pensiones de malas fama y costumbres, contrabandistas y reducidores, entre otros coloridos miembros de una fauna capaz de beber "café granizado que les dure toda la noche con una impavidez que desconcertaba a los meseros".
El sándwich, en un puerto, es una comida emblemática. Es un síntoma festivo provisional, es la comida pero no tanto del que espera el próximo embarque o no tanto. Por eso no extraña que entre las preparaciones más celebradas del país figure el Panamá Toast, uno de los sándwiches más exquisitos que haya navegado cualquier paladar más o menos itinerante.
Para imitarlo en aguas del Río de la Plata, basta con untar rebanadas de pan blanco con queso Adler tipo Cheddar, rociarlas con jugo de limón, rellenarlas con camarones o langostinos pelados -convenientemente excitados con pimienta de Cayena-, sellar el emparedado y grillar durante aproximadamente 10 minutos. El resultado: una aproximación al sabor y los vientos salobres del Atlántico y el Pacífico juntos, las caricias profesionales de las prostitutas, el silencio providencial de las dueñas de pensiones y la verborragia inspirada de Alvaro Mutis. El sabor del puerto. De lo provisional devenido destino. Como los mejores sándwiches del mundo.






