El insomne atormentado

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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15 de diciembre de 2018  • 00:04

Los ojos se abren en la mitad de la noche envueltos en la oscuridad. Las imágenes de lo soñado se van desvaneciendo, mientras la conciencia se notifica de que, ¡maldición!, una vez más nos hemos despertado. Todos duermen, nosotros no. Los pensamientos empiezan a dar vueltas en las sombras mientras nos encontramos con el viejo conocido insomnio, ese compañero de ruta de tantas personas y que florece por doquier en estos tiempos atribulados.

A veces el problema aparece ya de entrada, apenas se llega a la cama. En esos casos la cabeza se apoya en la almohada y… nada, la mente da vueltas y vueltas, y del dormir, ni noticias. En otras ocasiones, tal como dijimos al comienzo, el sueño llega bien al inicio, pero, a las pocas horas, se va de repente. Lo hace cuando aún le faltan horas al despertador para cumplir su tarea. Ahí sí, los nervios y la ansiedad del caso alimentan la usina que impide que los dulces sueños se hagan presentes.

Así es el insomnio, ese que hace que se busquen soluciones que van desde la química en forma de píldora o té de tilo hasta la educación emocional y las modernas versiones del contar ovejitas.

El sueño viene como fruto de complejos mecanismos para llevarnos a zonas oníricas llenas de misterios. Dentro de esos "complejos mecanismos" está el cansancio. Sin dudas, cuando estamos cansados, dormimos mejor. Pero no se trata de cualquier tipo de cansancio. Nos referimos al cansancio físico, liso y llano, no el llamado cansancio mental, que tiene otra naturaleza. De hecho, al cansancio mental, también llamado "tener la cabeza quemada", debiéramos mejor llamarlo "desgaste". Esto es así porque se nos "gasta" la mente, pero el cuerpo muchas veces está allí, quieto y lleno de fuerza ociosa, salvo quizás en la hora del gimnasio o durante el trote semanal.

La mente da vueltas, intenta prevenir situaciones, se pre-ocupa, genera imágenes de futuros que suelen no hacerse reales, repite sus pensamientos una y otra vez… Y para ello usa la energía que se ha acumulado sin descarga en el cuerpo, ese mismo cuerpo que, en realidad, no se cansó tanto.

¿Explica lo antedicho todo el fenómeno del insomnio? Por supuesto que no. ¿Soluciona lo anterior el insomnio de quien lee estas líneas? De ninguna manera.

Sin embargo, quizá la reflexión pueda ofrecer una propuesta de recuperar el viejo cansancio, aquel del cuerpo, el que la humanidad siente desde sus inicios a fuerza de moverse para poder vivir y no solamente para quemar calorías. El cuerpo del llamado hombre moderno urbano no siempre es vivido como en la infancia, cuando se jugaba, corría y bailaba, y esto es así porque la ciudad y el estilo de ocupaciones sedentarias nos alejó de esa dimensión. Se estimula el ejercicio mental, la virtualidad de la pantalla y del anticipar situaciones, imaginar peligros, calcular y especular… El cuerpo, en cambio (si se nos permite la exageración), es tema de gimnasio y doctores, no mucho más que eso.

La mente insomne y rumiante da vueltas en la penumbra, mientras los pajaritos empiezan ya a cantar y se acerca el momento del despertador. El día será somnoliento, pero quizás haya oportunidad de tomar mayor contacto con lo corporal y real, y no tanto con lo virtual del pensar en demasía. Recuperar aquel "cansancio bueno" que se nos quedó en el camino, para que le mente se dé una tregua, deteniendo su gestión vigilante para alcanzar el sosiego anhelado, ese del dormir profundo y en paz que tanto extraña el insomne atormentado.

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