
El local de zapatillas que se transformó en un lugar de culto
Frecuentada por coleccionistas y protagonista de un documental de Adidas, la tienda de Mataderos se mantiene intacta desde hace 34 años
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En febrero de 2002 se supo que Gatic Argentina ya no tendría la licencia de los productos Adidas en el país. Como efecto dominó de la crisis, muchos locales deportivos comenzaron a cerrar. Carlos Ruiz tomó nota: mientras todos vendían, él decidió comprar. Aprovechó los contactos que había hecho durante sus viajes al interior, cuando aún trabajaba como proveedor de la industria automotriz, y fue a la caza de esos remanentes. Zapatillas, bolsos, conjuntos y camisetas con las tres tiras de fines de los 70, de los 80 y 90 que habían quedado olvidados en aquellos estantes. Los años y la moda se encargarían de devolverles el esplendor que alguna vez tuvieron. Así lo imaginó. Y así fue.
"Eran productos que en su momento habían causado sensación. Y todas las modas son cíclicas. De esta manera yo iba a estar preparado", cuenta Ruiz, en el bar que queda a metros de su local de deportes sobre la avenida Emilio Castro, en Mataderos. Ese local que es famoso hasta en Manchester y Londres.
Nunca se imaginó, sin embargo, que eso implicaría la visita de los principales coleccionistas británicos de zapatillas Adidas y que uno de ellos, Robert Brooks, un tipo que atesora más de 800 pares, confesaría que revisar esas pilas de cajas azules fue "un sueño hecho realidad".
Mucho menos imaginó Ruiz que su local, que se mantiene intacto desde hace 34 años, protagonizaría la filmación de un documental para una exhibición que se hizo semanas atrás en Manchester, y que se convertiría en un lugar de culto para los amantes de las zapatillas vintage. Ni hablar de que conocería a ese tal Ian Brown -sí, el de los Stone Roses en su faceta coleccionista- que se volvió a Inglaterra con los brazos cargados de productos made inArgentina.
A Ruiz también se le despertó ese antojo coleccionista. Lo dice en el documental: "Algo debo tener si ya me está costando desprenderme de las cosas. Con cada producto que se va uno se queda pensando como si fuera un hijo". Entre Brooks, Brown y Aspden le compraron 80 pares y más de sesenta conjuntos... Pero a Ruiz la visita lo sorprendió, lo halagó y despertó su ego.
Lo de abrir un local fue una idea que le propuso su esposa. Los sucesivos viajes al interior ya le resultaban desgastantes y un comercio significaba tranquilidad. A fines de los 70, con el Mundial, el deporte estaba en auge. La Argentina, Brasil y Holanda habían vestido las camisetas Adidas. No les fue fácil conseguir la licencia, pero creyó que valía la pena. Abrieron un primer local en el 80, y después se mudaron a éste. El boleto de compraventa lo firmaron -cosas del destino- un 2 de abril de 1982.
Más que una apuesta a futuro, el local significó la excusa para salir adelante cuando en el 95 las cosas se pusieron difíciles: un accidente y una recuperación física y anímica necesitaban de una rutina diaria para mantenerse vigente.
Del fetichismo que despierta su local ya había tenido indicios: un argentino que se llevó camisetas de fútbol para vender en Australia, el boca en boca y conexiones con coleccionistas en Japón. Después llegaría el mail a los ingleses que disparó el documental. Ruiz sospecha que lo mandó un vecino del barrio que trabaja en esa marca deportiva. Claro que la incursión británica a Mataderos no fue tan espontánea como muestra el documental: chequearon que todo fuera real y le pidieron permiso para filmar y entrevistarlo.
Fueron tres días. Afuera, un cartel de cerrado por inventario. Adentro, los ingleses revisando estantes, el depósito del fondo y hasta el altillo arriba del baño donde Ruiz guarda más cajas de zapatillas. "Parecían criaturas, querían manotear todo -cuenta con una sonrisa-. Se desesperaban hasta por los tubos vacíos de pelotas de tenis."
Lo que le gustó de Ian Brown fue eso de que nunca se presentara como un rockstar. "Este Ian Brown, un tipo fenomenal -dice Ruiz-. Él estaba muy cómodo acá en el barrio porque no lo conocía nadie. Hasta que un parroquiano de unos 35 o 40 años lo vio en el café de la esquina y dijo: «¡Pero si ése es Ian Brown!»".
Ahora pasan por delante del local unos chicos con uniformes del secundario y comentan que ahí adentro hay pilas de zapas viejas hasta el techo. Es así: todavía quedan unos 200 o 300 pares. Esos que vende a unos mil pesos cada uno. Y algunos, confiesa Ruiz, se guardará para él. Tal vez una Superstar, tal vez una Voley 80. Otras se fueron para Londres y Manchester. Y quién dice que en el próximo recital de Ian Brown se calce un par. Si le preguntan dónde las consiguió, seguramente dirá: "¿Éstas? Éstas las compré en Mataderos".






