
El mal absoluto
Cómo la crueldad humana tiene relación directa con la empatía cero negativa
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Empatía cero es el nombre de un clan de seguidores del videojuego Diablo 3. No es un nombre muy inocente, y en cierta forma abona la teoría de que la exposición a algunos juegos particularmente violentos son un factor de riesgo para el comportamiento agresivo en la vida real –aunque esto es fuente de muchas controversias–. Pero Cero grados de empatía es también el título de un libro fantástico de Simon Baron-Cohen (el primo de Sacha, el hilarante actor de Borat y otros delirios cinematográficos) que trata sobre el mal…, pero no el mal de cada día, sino la maldad de verdad, la inexplicable, la que lleva a genocidios y barbaries. La empatía, se sabe, es poder pensar en y con el otro, sentir algo en común. De hecho, la palabra fue inventada a comienzos del siglo XX, para poder significar ese sentir lo que otro siente.
Y veamos qué tiene que decir Baron-Cohen: la empatía se vende en porciones, hay una escala empática desde un cero absoluto hasta un muy científico montón de empatía. Es más: el grado cero de empatía también tiene sus matices: hay cero positivo y cero negativo, como si fueran tipos sanguíneos; los cero negativos se relacionan con la psicopatía, y lleva a que hagamos lo que se nos cante, sin tener en cuenta a los otros. Los cero positivos, por su lado, están asociados a trastornos relacionales como el autismo.
El mal, entonces, es una consecuencia de la empatía cero negativa, la imposibilidad de considerar que el otro existe, siente y se parece un poco a nosotros mismos. Un problema con este planteo es que a veces los malos de la película son buenos padres, o tratan bien a su tribu, pero después de hora cometen las atrocidades que nos avergüenzan como humanos. Quizá la empatía se pueda encender y apagar: a la hora de ir a la guerra conviene que esté apagada, porque si no, perdemos… como en la guerra.
Pero hay algo interesante en este ensayo sobre la crueldad humana. La falta de empatía puede transformar a la gente en simples objetos, entonces no habría nada de malo en hacerles daño. Es más: Baron-Cohen se anima a sugerir vías neurales de la empatía, que cuando se interrumpen o se toman atajos pueden justificar la presencia del mal entre nosotros. Este mal en general tiene connotaciones religiosas, o quizás inescrutables: si encontramos una base cerebral para estos comportamientos, tal vez podamos comenzar a estudiarlos científicamente y, quién sabe, hasta encontrar antídotos.
¿Y por casa cómo andamos? Si no pueden dormir pensando en cuánta empatía tienen, no hay más que hacer un fácil test en Internet, diseñado por el autor (busquen empathy quotient). Allí, con preguntas del tipo soy bueno prediciendo lo que va a hacer alguien, me gustan más los humanos que los animales o si veo a alguien llorar no me hace sentir mal podemos determinar nuestro número empático, que se divide en seis grados, del cero a la superempatía del grado 6 –pero no se preocupen: que nos dé algo bajo no nos convierte en monstruos maléficos–. Es más, en diversos experimentos se evidencia que la gente normal, dado el ambiente adecuado, puede sacar a relucir sus peores instintos –como en el famoso estudio en que dos grupos de voluntarios se ponen a jugar el rol de guardias o prisioneros en una cárcel, y al poco tiempo hay que parar todo porque los guardias comienzan a ensañarse espantosamente con los presos–. En cierta forma, todos guardamos un espectro cruel dentro nuestro, que aparece cuando se suspende la empatía, pero por suerte, en general, logramos dominarlo.
Y para terminar de buen humor, también lo hemos dominado como especie, como afirma el psicólogo Steven Pinker en su Los buenos ángeles de nuestra naturaleza, donde argumenta con muchos datos que la violencia en el mundo ha disminuido radicalmente. Será que hemos aprendido a volvernos más empáticos, y hay que celebrarlo.






