El oído detrás de las paredes de Gran Hermano

Aunque nunca se habla de él, entre los responsables del exitoso formato televisivo hay un psicólogo que contiene a los participantes
José Totah
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15 de octubre de 2016  

Juan Rodríguez Mentasti admite que ser “vistos” todo el tiempo es enloquecedor
Juan Rodríguez Mentasti admite que ser “vistos” todo el tiempo es enloquecedor Crédito: Ignacio Sánchez

Suena raro, pero en este momento hay 20 chicos y chicas de Panamá conviviendo en la casa de Gran Hermano en Palermo. Lo que se filma acá durante las 24 horas se emite en la edición panameña del conocido show televisivo, pero tanto las instalaciones como el equipo de producción fueron “alquilados” –psicólogo incluido– para que el programa se pudiera rodar en Buenos Aires. Se trata de un formato que en casi dos décadas fue vendido a más de 70 países y que, desde su estreno en Holanda en 1999, instaló la idea de que es natural que una cámara de tevé registre la vida de las personas sin apagarse nunca. Palabras como “nominaciones”, “confesionario” o incluso expresiones como “edredoning” (sexo bajo las sábanas), que se usa en GH España, cobraron un sentido que ya excede la jerga del formato y se escuchan cada día en la calle.

Sin embargo, ese gran ojo que todo lo ve, inspirado en la novela de George Orwell, 1984, no puede espiar realmente todo; al menos en la versión argentina, carne universal de diván, queda un espacio privado, el último rincón de intimidad, tal vez el único vínculo verdadero –¿sano?– en ese panóptico infernal: la sesión con el psicoanalista.

Es la primera vez que Endemol, la productora de origen holandés que inventó Gran Hermano en 1997, en un mítico brainstorming entre John de Mol, Patrick Scholtze y los hermanos Bart y Paul Römer, autoriza a su psicólogo indoor (de la versión local) a contar aspectos desconocidos en relación con la selección de los candidatos, la contención y las situaciones límite que enfrentan en su encierro no forzoso. “Ejercer esta profesión no tiene por qué limitarse exclusivamente al consultorio; el desafío es salir de ese ámbito y poder pensar distintas realidades usando el psicoanálisis como herramienta”, justifica Juan Rodríguez Mentasti, el filtro psi del programa. Es él quien tiene la última palabra sobre la salud mental de los postulantes para que puedan entrar a la morada de Big Brother.

Antes de explicar el rol puntual del psicólogo en un reality como Gran Hermano, hay que contar que, aunque la casa hoy está ocupada por la troupe panameña, hace unas semanas concluyó la versión argentina, que tras 99 días de reclusión coronó a un tal Luifa Galessio, ganador de 464.646 pesos y famoso por acuñar una frase encantadora, que pronunció por última vez al despedirse de la casa: “Los cago amando”.

Desde el punto de vista psicológico, el camino que hizo Luifa, al igual que el resto de los participantes, fue intenso. Luego del primer casting y la preselección de miles de aspirantes, la producción le devolvió al psicólogo entre 40 y 50 posibles candidatos, que tuvieron una primera entrevista tête à tête. “Hay tres aspectos que se deben descartar para entrar al programa: los trastornos psicóticos (delirios, alucinaciones), las adicciones y los trastornos de la impulsividad (respuestas violentas)”, explica Rodríguez Mentasti.

Más que un hermano

Antes del ingreso al panóptico, los veinte seleccionados pasan tres días aislados en un hotel, en donde tienen una larga charla con el psicólogo, con el objetivo de afianzar un vínculo de cara a lo que se viene. El profesional ocupa un lugar bisagra entre el “adentro” y el “afuera”, ya que durante tres meses será el único que podrá hablar con los concursantes sin que haya una cámara encendida. Ellos podrán usar el confesionario (el lugar en donde nominan a sus compañeros y hablan con Gran Hermano) como diván y consultorio ambulante.

La voz que escucharán en este caso es la del analista, que ya no será un hermano mayor que todo lo ve, sino, en el mejor de los casos, un padre. “Aunque la modalidad del psicólogo no existe en todos los países, es importante que los chicos tengan esa figura, ese momento en el que no son filmados; si no la fantasía de ser vistos todo el tiempo es enloquecedora”, sostiene Rodríguez Mentasti. “La figura de GH es totalmente paternalista y en alguna medida el psicólogo ocupa ese espacio porque los chicos lo toman como un lugar de cuidado”, entiende.

Como si fuera un médico con botiquín, el analista está en una guardia pasiva durante las 24 horas. Su celular puede sonar a las 3 de la mañana (en la casa no hay noción de tiempo, con lo cual podrían estar cenando a esa hora) si alguno de los participantes enfrenta un momento límite. Pasó, por ejemplo, cuando en la última edición Dante y Marian saltaron el muro que los separaba del exterior y se escaparon a la casa contigua, en donde los invitaron a comer un asado. La osadía les valió una expulsión inmediata, al ser vulnerada una de las reglas básicas de GH: romper el aislamiento.

La guardia lo tiene tan conectado que hace dos meses, cuando viajó a Panamá para hacer el casting de la versión de Gran Hermano en ese país, tuvo que mantener una larga sesión telefónica con un concursante argentino en el confesionario, como si los dos estuvieran en Buenos Aires. También recibe entre tres y cuatro informes diarios en una cadena de mails, y si nota algo raro en estas rendiciones puede pedir un encuentro con el que esté en problemas dentro de la casa. Tanto la producción como el psicólogo se asesoran mutuamente a medida que avanza el ciclo.

Como no hay sesiones fijas asignadas, cada hermanito (“mis valientes”, decía Solita Silveyra en las tres primeras ediciones del show) elige la periodicidad de sus encuentros con el psi. “La idea es que la estén pasando bien; si están padeciendo su estadía ya no tiene sentido que estén ahí”, comenta. En última instancia, lo que el psicólogo espera es que esta experiencia “haga una marca” en los concursantes. “Si se produjo una diferencia, bienvenido sea. El problema es cuando no deja nada, cuando no te generó nada haber estado ahí”, agrega.

La identidad suspendida

Se suele decir que los aeropuertos y los hoteles son no-lugares (un concepto hipertrillado del antropólogo Marc Augé), sitios de paso en donde la identidad está suspendida. En esa línea, Gran Hermano vendría a ser una extensión dilatada de ese estado. “Lo que GH pone a prueba no es sólo el aislamiento, sino que pone en jaque la identidad, ya que es una escenificación de la tensión entre el adentro y el afuera, presente en toda persona: nunca está del todo claro si lo que uno muestra coincide con lo que uno cree que es; nunca está claro si la respuesta a la pregunta acerca de quién es uno está adentro o afuera de uno mismo”, asegura Rodríguez Mentasti.

Esta tensión a la que se refiere el psicólogo queda de manifiesto en el egreso más o menos traumático de los participantes. Los que son eliminados abandonan la casa un miércoles y se quedan en un hotel hasta el viernes a la noche o sábado a la mañana. El psicólogo los evalúa apenas salen, pero recién les devuelve sus celulares al día siguiente (el jueves), como quien entrega sus pertenencias a un preso recién liberado. “Es para que puedan descansar y vayan volviendo paulatinamente a la realidad, que se modificó desde el día en que ingresaron”, dice.

Por último es interesante comparar las problemáticas del programa en la versión argentina y en la panameña, que discurre actualmente en la casona de Palermo. Según Rodríguez Mentasti, en GH Panamá se advierte una sociedad mucho más machista, “que está veinte años atrás en el trato de la mujer”. “Hay una represión más fuerte con respecto a la sexualidad. Allá todo el mundo sabe lo que pasa, pero no se muestra. En GH Argentina, en cambio, se intenta mostrar todo, lo que no deja de tener sus complicaciones”, analiza.

La presencia de un psicólogo en un programa de tevé quizás escandalice las vertientes más conservadoras del mundo psi, que se mueven en el ostracismo del consultorio y el temor a la profanación del espacio divino del diván. Rodríguez Mentasti se desprende estoicamente de estas ataduras. “Parte del trabajo como psicoanalista es poder suspender el juicio moral. Yo no juzgo a los pibes porque quieren entrar a un reality. Esa no es mi función”, concluye.

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