
El paraíso existe
Crónica de una travesía a la Polinesia Francesa, un lugar donde la naturaleza y la sofisticación conviven en armonía para convertirlo en una suerte de Edén en la Tierra
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La bienvenida en el aeropuerto de Fa-a-a, en Tahití, avivó nuestras expectativas y las emociones empezaron a fluir. Con música típica en vivo, nos colocaron un collar de flores multicolor para anticiparnos que la experiencia sería inolvidable.
La Polinesia Francesa, un conjunto de islas pequeñas que se esparcen por una vasta extensión del sudeste del Pacífico, está dividida en cinco archipiélagos: de la Sociedad –formado por las islas de Barlovento y las de Sotavento–, de Tuamotu, de las islas Gambier, de las Australes y de las Marquesas. En el archipiélago de la Sociedad se encuentra Tahití, la isla principal del territorio, con su capital, Papeete.
Con siete horas de diferencia, a las 23 hora local (6 de la mañana del día siguiente en la Argentina), Efraín, un muchacho chileno, ex jugador de fútbol de la Católica, nos trasladó desde el aeropuerto hasta el Radisson Plaza. Este lujoso resort, inaugurado hace dos años, hizo que el cansancio por las casi 12 horas de vuelo pasara a un segundo plano.
El nuevo día nos recibió, muy temprano –amanece a las 6 y oscurece cerca de las 19–, con un desayuno en el que las frutas acapa raban la atención: ananás, mangos, bananas, papayas, frutillas, guayabas, frutos de la pasión, sandías, y todo frente al mar. Ya eran las 7 y el sol estaba en todo su esplendor. La temperatura, en promedio, no baja de los 22 grados ni sube por encima de los 30/35 grados durante todo el año. Llueve con más frecuencia entre diciembre y enero.
Desde el puerto de Papeete, con un mercado municipal enorme, un ferry nos llevó hasta Moorea, una isla que se encuentra frente a Tahití. Los 30 minutos que duró el viaje sirvieron para apreciar un paisaje único. Una vegetación frondosa, con verdes intensos. Un cielo limpio. Y el mar, un azul ultramar, profundo, que por su extensión imponía respeto.
Un guía nos recibió con un iaorana (buenos días). Se llamaba Teiva, un tahitiano que hablaba francés, inglés y algo de italiano. Todo en Moorea es cautivante: varios picos, como el Tohiea, de 1200 metros; cocoteros por doquier, bananas en abundancia, pájaros con colores intensos. De aquí sale el mejor ananá. Y, por supuesto, su gente.
Los tahitianos, mansos y tranquilos por naturaleza, poseen un carácter sosegado y brindan un trato afable. Todos exhiben su piel tatuada. Precisamente, tattoo (tatuaje en inglés) proviene de
tátau, que en polinesio significa pintarse la piel. Para los nativos es puro atavismo, una manera de preservar sus costumbres culturales. Los tatuajes son como un libro familiar: hablan de sus padres, esposa, hijos, de qué tribu provienen. Otros remiten a cuestiones religiosas o tradiciones guerreras. Son de color endrino, y hacerse uno puede costar más de 200 dólares.
Hay un solo camino que rodea la isla. Su perfecto estado permite ascender a más de 600 metros y llegar al Belvédère, una elevación privilegiada, ideal para dialogar con esa naturaleza imponente a través de infinitas fotos. Descendimos y nos llevaron al Moorea Dolphin Center. En dos piletas enormes, con forma de ocho y una profundidad de 1,50 metros, nos sumergimos para conocer a Ahito y Coa, dos delfines muy inteligentes. Siempre con su instructor, estos mamíferos muy obedientes permitieron que los conociéramos de cerca. Durante 20 minutos pudimos tocarlos y asombrarnos con sus saltos y velocidad de desplazamiento. Terminado el espectáculo, era tiempo de almorzar, y por qué no descansar. Así, llegamos al Tiki Village Théâtre. Su dueño, nuestro anfitrión, era todo un personaje. Olivier Briac, 61 años, coreógrafo francés que después de trabajar en París, Nueva York y hasta en la Argentina, decidió seguir vinculado al arte pero de un modo más relajado. Abrió la primera escuela de arte profesional y creó su propio teatro, que incluye 60 bailarines nativos. En el lugar hay una réplica de la Maison du Jouir, la casa donde vivió Gauguin, en las Marquesas.
Mientras disfrutábamos de la comida, un minishow acaparó nuestra atención. Música y danzas con instrumentos tradicionales: el ukelele (una guitarra pequeña de cuatro cuerdas), los toere (tambores) y el vivo (especie de flauta nasal). También, dos bailarinas mostraron más de diez maneras de vestirse con un pareo, la prenda femenina más usada.
Cinco islas inolvidables
De regreso, el mismo ferry nos cruzó a Tahití. El Radisson logró que tuviéramos un descanso reparador. Nos esperaban más sorpresas.
Luego de desayunar, hicimos un city tour por Papeete. Garry, nuestro guía, nos contó que había nacido en Santa Bárbara, California. Casado con una tahitiana, llevaba 17 años viviendo en la isla natal de su mujer. A las 12.30, desde el aeropuerto volamos con Air Tahiti en un avión de hélices rumbo a un destino exótico. El viaje, de 45 minutos, brindó un regalo extra. A través de los 30 cm de la ventana del avión se podía tener una visión inefable: mar y cielo eran uno. No podíamos divisar dónde terminaba el mar y dónde empezaba el cielo. Toda la ventana tenía el mismo azul profundo, majestuoso, sereno. Sólo algunas nubes muy pequeñas de cuando en cuando interrumpían la sensación de estar en el infinito.
Le dicen la perla del Pacífico y está maitai roa! (muy bien). Y no es para menos. Bora Bora es un verdadero paraíso. Desde el aire parece una ostra, con un gran borde externo azul oscuro, recortado perfectamente por un círculo más pequeño de color verde esmeralda, un anillo de agua cristalina y, en el centro, un corazón verde oscuro.
El nombre en tahitiano es Pora Pora, que significa “primogénito”. Son cinco islas: una central y más grande, con dos montes casi pegados –el Pahia, de 660 m, y el Otemanu, de 727 m–, y las cuatro restantes, ubicadas a su alrededor, como un anillo. En las islas Sotavento, Bora Bora está a 280 km al noroeste de Tahití. Formada como consecuencia de erupciones volcánicas hace unos 4 millones de años, hoy su laguna está rodeada de un gran arrecife de coral.
El Bora Bora Lagoon Resort, perteneciente a la cadena de hoteles Orient-Express, nos recibió, a las 5 de la tarde, con un tiare lei (collar de flores) y un coco con una base de flores y un sorbete para mitigar el intenso calor.
Anne Dugenétay, ejecutiva del resort, en un claro español nos contó que ese lugar de ensueño tenía 77 bungalows dispuestos sobre pilotes ubicados en el jardín, la playa o sobre el mar. Estas faré (casas) son construcciones con techos recubiertos de pandanus (especie de hojas secas de palmeras, tan resistentes que parecen de plástico) e interiores de madera. Y algo único: poseen una mesa pequeña, con bordes de madera y vidrio, que se puede desplazar y así alimentar a los peces que pasan por abajo. Como está iluminada, de noche es un pasatiempo placentero. Tienen, además, amplia terraza privada y una escalerita para bajar directamente al agua.
Los turistas son, en su mayoría, europeos; también hay estadounidenses y japoneses. La oferta gastronómica es internacional, y sus platos son exquisiteces. Los vinos, principalmente franceses, de lo mejor.
El nuevo día nos reservaba un desafío alucinante. Con Eric Poupion, buzo profesional, como guía, Koshimi (japonés), su ayudante, y Manate (tahitiano) al mando de la embarcación, realizamos un aqua safari. En pleno mar abierto, a 5 metros de profundidad, descendimos para vivir una “caminata lunar submarina”. Una pesada escafandra nos proporcionaba el oxígeno suficiente para movernos lentamente, recorrer el fondo marino y darles de comer a cientos de peces con formas y colores nunca vistos.
En otra excursión, Remy, un nativo amigo de los habitantes marinos, nos demostró que podíamos familiarizarnos con rayas grises o tiburones de casi dos metros. La consigna era darles su alimento preferido. Una vez satisfechos, hacer snorkel resultó fácil. El paraíso no sólo estaba en la superficie. Descubrimos otro similar debajo del agua. Emociones constantes y aventura irrepetibles estaban garantizadas.
La perla negra
Visitar The Farm, en la isla central de Bora Bora, es una cita obligada. Aquí se cultivan las mejores perlas del mundo. Gabriel Velasco, portugués y criado en Madrid, nos relató cómo se obtienen. Es un proceso artificial prolongado, que pasa por distintas etapas y requiere atención y dedicación. Más de 5000 ostras quedan sumergidas y sostenidas por un rectángulo suspendido en el agua. Después de 3 a 4 años, una ostra forma una perla (puede dar hasta tres) lista para su pulido. Hay 6 clases de perlas: redondas, gotas, ovaladas, botones, barrocas y circulares. Los colores, infinitos. Aunque la tradicional sea la blanca, en la actualidad la más requerida y vendida es la perla negra (en realidad, gris topo nacarado brillante). La calidad, la talla y la forma determinan el precio. Una perlita de las más “económicas” puede costar 2000 dólares.
Por la noche conocimos el Bloody Mary’s, un restaurante con una decoración única, con el piso de arena, mesas de cocotero y rincones con palmeras. Además de las especialidades como atún rojo, cangrejo enharinado o el mahi mahi (similar al dorado) a la parrilla, por este lugar pasaron celebridades y famosos del mundo entero, como Marlon Brando, el príncipe Raniero, Ringo Starr, Harrison Ford, Meg Ryan, Pierce Brosnan, Johnny Depp y muchos más. Sus nombres quedan grabados para siempre a la entrada del local.
La isla plana
Finalmente, después de varios días, Air Tahiti nos trasladó a Manihi, otro sitio paradisíaco. Esta isla es un atolón del archipiélago de las Tuamotu. Al ser una isla completamente plana, se puede apreciar desde la playa de arena casi blanca un agua cristalina, que permite ver el fondo coralino. Es realmente una pileta natural. El arrecife inaugura un mar con matices de azules tan luminosos que cualquier pintor desearía tener en su paleta.
Guillaume Brault, director general del Manihi Pearl Beach Resort, nos recomendó el motu picnic, entre las actividades acuáticas disponibles: ir a pescar como lo hacían los nativos, con una soga de 10 metros y un anzuelo; luego “apoderarse” de una islita desierta, y comer, a la parrilla, el producto de nuestras habilidades. Por suerte estaba Kana, líder de la expedición, un auténtico nativo que hizo el almuerzo, subió a un cocotero “casi caminando” y peló varios cocos con sus dientes como si fueran mandarinas.
La Polinesia Francesa es un lugar empíreo, soñado. La naturaleza obró maravillas. Pero el hombre aportó calidad, confort.
Y está allí, en el medio del océano y para deleite de los visitantes. Lo exótico y la sofisticación, una ecuación perfecta.
revista@lanacion.com.ar
Datos para el viajero
- Cómo llegar. Por LAN –Tel: 0810-9999-LAN (526)–, dos vuelos semanales hacia Papeete. En clase turista desde 980 dólares; en clase Ejecutiva desde 1.825 dólares, c/imp. La empresa también ofrece paquetes turísticos: nueve días en Tahiti/Moorea, c/aéreos y traslados (2 noches en Tahití en el hotel Intercontinental Tahití y 5 noches en Moorea, en el hotel Intercontinental Moorea), cuestan 2.326 dólares con tasas e imp. ( www.lan.com )
- Dentro de la Polinesia se puede volar por Air Tahiti: de Papeete a Bora Bora, 176 dólares; de Bora Bora a Manihi, 301 dólares; de Manihi a Papeete, 177 dólares, en todos los casos c/impuestos.
- Algunos hoteles:
Raddison: www.radisson.com/tahiti
Bora Bora Lagoon Resort & Spa: www.boraboralagoon.com
Manihi Pearl Beach Resort: www.pearlresorts.com






