
El poder sanador de las malas palabras
NUEVA YORK.- What the heck? Al volver a clases mi hijo de cinco años aprendió la expresión de un amigo con hermano más grande (por supuesto). La repetía en casa con brillo en los ojos, y salía corriendo antes de que pudiéramos reaccionar. Estaba encantado con lo que percibía: era su gran transgresión. No me daba el corazón para decirle que no teníamos la menor idea de lo que quería decir, si heck era mala palabra o no, y que, aunque fuera mala palabra, volviese y terminase la sopa? Es todo parte de ser extranjero. Pero también es parte del eterno dilema de los padres en cualquier lugar del mundo sobre qué hacer cuando los chicos incorporan groserías, o supuestas groserías, a su lenguaje.
Aquí, además, el tema está a la orden del día porque dos libros acaban de salir en defensa de la blasfemia: What the F: What Swearing Reveals About Our Language, Our Brains, and Ourselves de Benjamin K. Bergen, y In Praise of Profanity, de Michael Adams.
Ambos autores parten de que lo blasfemo cambia y se adapta con el lenguaje en general. Pero Bergen está especialmente interesado en la neurolinguística. Más allá del conocido síndrome de Tourette, sostiene que a hay un campo importante en por qué algunas palabras subidas de tono dan tanta satisfacción a nuestro cerebro, o por qué gente que sufre un accidente en el cerebro puede perder su capacidad de hablar normalmente y sólo retener insultos o palabrotas.
Adams, por su parte, dice que estamos viviendo en la era de la blasfemia, y que esto es algo bueno. Sostiene que por demasiado tiempo las prohibiciones contra las malas palabras fueron parte de una guerra de clase, una forma de criticar y silenciar a la gente común. Vulgar y ordinario, nos recuerda, son sinónimos de común.
Adams explica cómo las malas palabras pueden crear un contexto de intimidad, mostrando que se tiene una enorme confianza al desarrollar una conversación con lenguaje no apto para el resto del mundo. Argumenta también que las malas palabras pueden ser empleadas para expresar mundos internos y sentimientos de manera que, en ciertos contextos, se perdería con un lenguaje más puro. El caso más emblemático posiblemente siga siendo el del libro How Late it Was, How Late, de James Kelman. Fue muy criticado por las más de cuatro mil veces que aparecía "fuck" o derivados en el texto -y luego ganó el Man Booker Prize de 1994. ¿Si todo esto convencerá? Difícilmente, al menos, en el subgrupo de las madres con niños que empiezan a experimentar con el lenguaje, aunque cuando sale este tipo de defensas de las groserías se puede abrir el debate de manera interesante. Uno de los últimos libros de Kingsley Amis, por ejemplo, The King's English, tuvo un capítulo disparado por la indignación que le produjo el premio a Kelman. Claro que siendo él mismo un provocador, era sobre todo porque le parecía que el uso del lenguaje de Kelman ya para entonces era anticuado.
Mientras tanto, una mínima investigación iluminó que what the heck es algo así como qué diablos. Pero, para entonces, nuestro hijo había sido vencido por la indiferencia parental, y la frase había desaparecido, al menos hasta el próximo desafío de rigor.
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