El puerperio y una red invisible que lo sostiene

Con Lena ya nos conocemos más, pero las noches siguen siendo largas y la compañía muy necesaria
Con Lena ya nos conocemos más, pero las noches siguen siendo largas y la compañía muy necesaria Crédito: Shutterstock
Paula Salischiker
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26 de septiembre de 2018  • 15:57

Veníamos conociéndonos mejor: en estos días aprendí a diferenciar llantos, a tomarle el tiempo a la duración de los pañales, a identificar la ropa con solo meter la mano en un cajón. Pero arrancaron los cólicos y volví al cuestionario inicial. ¿Qué te pasa? ¿qué necesitás? ¿cómo puedo ayudarte? y, finalmente, ¿qué hago ahora con vos?

Pasado el primer mes el escenario es otro. Ya casi no recuerdo los primeros días. Hoy seis horas de sueño me parecen un montón y ya no tengo que medir el largo de mangas para saber si una babita le va a quedar o ya no le entra. Aunque las noches siguen siendo largas ya tengo donde ahogar mis penas: mis amigas del puerperio están a un mensaje de distancia, viviendo su propio tiempo suspendido. Somos diez entre embarazadas y madres recientes, todas víctimas del insomnio. Si les escribo a las 4 de la mañana antes de volver a caer en un sueño liviano, sé que dos horas después, al levantarme de nuevo para otra ronda de teta, tendré una respuesta. Amigas por carta modernas, siempre estamos listas de madrugada con palabras de aliento salvadoras en las que no siempre creemos.

Mi mayor inversión ultimamente es en kilómetros de viajes en Uber. Me muevo por la ciudad en tramos de pocos minutos mientras recibo consejos de conductores, hombres y mujeres, sobre crianza y maternidad. Respondo alternando monosílabos. La mayoría tiene hijos y este es su segundo trabajo, cuando vuelven del primero están un rato con la familia y después salen a tomar algunos viajes. Están agotados y su rutina me agota a mi también. Yo, que estoy retomando muy de a poco mi vida-más-allá-del-bebé, me pregunto si alguna vez volveré a hacer la misma cantidad de cosas que antes. Quizás haga más, u otras, pero por el momento todo plan a futuro me agobia. Hoy son todos movimientos pequeños y pasos seguros, nada de innovar o mover cosas de su lugar. Un día a la vez. Empujando el carrito por las calles rotas de Buenos Aires el único día que decidí limitar mi consumo de viajes en Uber, nos intentaron robar. No me importó casi, no fue un drama: bebé fuera de peligro, madre feliz.

Terminé de leer mi segundo libro del puerperio, uno menos en la pila de lecturas pendientes. Era sobre la vida de Billie Holiday. Pura oscuridad que digerí livianamente mientras di la teta. No puedo conectarme en profundidad con las tragedias de nadie: por suerte, un bebé es una vacuna contra ciertas cosas. Inmunizada contra lo que sucede a mi alrededor y anestesiada de amor, me pregunto qué piensan y sienten las madres que empujan sus carritos por la ciudad. Me entretengo imaginando sus historias y los nombres de sus hijos e hijas. A veces nos saludamos porque si, con un gesto pequeño de aliento, como dos hinchas del mismo equipo que se reconocen por las camisetas en un país extranjero. Sin saberlo, estas mujeres son parte de la red invisible que me sostiene en mi vida nueva.

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