
Hace treinta años, Alfredo Barragán cruzó con su balsa de troncos el océano Atlántico en la célebre Expedición Atlantis. Hoy, a los 65, sigue trepando montañas y sueña con una travesía espacial
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De chico le preguntaban qué quería ser al crecer. Alfredito respondía que quería ser un señor de barba que fumara pipa y cruzara el mar. No había leído a Hemingway sino a Thor Heyerdahí, el noruego que había construido una balsa llamada "Kon-Tiki" con la que cruzó desde Sudamérica a la Polinesia en 1947.
Alfredito creció, pero la lectura del libro que le había regalado su padre sería determinante en su vida. Así fue que, apenas se recibió de abogado en la Universidad de La Plata, fue caminando firme a conquistar el primero de sus sueños, que no era justamente el título de doctor: entró en una tabacalera y compró su primera pipa: la mitad del asunto ya estaba resuelta.
Dolores. Provincia de Buenos Aires. Llegamos a la municipalidad de Dolores buscando un expedicionario de apellido Barragán nacido en 1949. No hizo falta preguntar por él. Su pinta de capitán de mares y océanos lo delata desde lejos. Ojos de un celeste intenso, pelo blanco como la maicena, piel acanalada de tanto sol y una pipa en el bolsillo. Si fuera perro, Barragán no tendría cucha: "No tengo casa, algún día la tendré porque algo le tengo que dejar a mi nieta, pero no perdería un minuto en dedicarme a ganar dinero, porque tengo cosas mucho más bonitas para hacer".
Alfredo Barragán tiene hoy 65 años. Su nombre ha quedado para siempre en la historia por idear y concretar el cruce del Atlántico en balsa, sin timón ni ningún elemento de navegación, a excepción de la vela, y con la misma tecnología que pudieron haber usado los africanos hace 3.500 años: troncos y cuerdas vegetales.

La Expedición Atlantis, de 1984, constituye un hito en la historia de la navegación argentina. Pero antes y después de Atlantis, Barragán siguió explorando sus propios límites: en 1973 navegó a remo en un gomón el Río Colorado, desde la cordillera hasta el mar. En 1978 intentó llegar a la cima del Aconcagua pero no lo logró. En esa travesía, implementó una prueba pionera por entonces que consistía en una transfusión de glóbulos rojos concentrados para mejorar la captación de oxígeno en la altura. Tras concretar en 1984 la Expedición Atlantis, regresó al Aconcagua para vengar su derrota, pero no le fue fácil. Fracasó cuatro veces en total pero, como Simón Bolívar, la quinta batalla fue la vencida y alcanzó la cumbre en 1991. "Cada derrota me acercaba más a la cumbre", dice el viejo hombre de mar, pero también de montañas. Luego cruzó la Cordillera de los Andes en globo, a 8.500 metros de altura encima de un canasto. Trepó la cima del Kilimanjaro, el monte más alto del África, cruzó el Mar de las Antillas en kayak, algo que nadie había hecho hasta entonces en una embarcación tan pequeña, y finalmente subió al Mont Blanc, el punto más alto de los Alpes, a los 64 años. Sin embargo, aunque Barragán asegura que varias expediciones le costaron mucho más que Expedición Atlantis, la de la balsa sigue siendo su hazaña más famosa.
Brando: ¿Qué te motivó para hacer Atlantis?
Barragán: El "no" inicial y sistemático de todos los antropólogos que insistían en negar la posibilidad de que alguien hubiese podido llegar a América antes que Colón. Era una creencia totalmente infundada instalada en la historiografía oficial. Colón no fue el primero en llegar, fue el primero que lo sacó en el diario. Hace 5.000 años los egipcios cruzaron el mar en barcos de papiro. Hace 3.500 años, balsas de troncos del África cruzaron el Atlántico. Una balsa llamativamente igual usaron los australianos. Esto no significa que las culturas se desarrollaron de la misma forma independientemente unas de otras, sino que los mares eran vías de comunicación, no barreras.
Brando: Pero vos no sos un científico sino un deportista. ¿Lo científico fue una excusa?
Barragán: A mí me motivaba más lo deportivo que lo científico, yo soy esencialmente un deportista. Pero avanzando en la preparación de Atlantis, me di cuenta de que no desafiaba al mar, me estaba haciendo amigo de él. Le preguntaba por dónde iba, a qué velocidad caminaba y, finalmente, si me podía llevar. Nadie vence al mar. En todo caso, el mar me dejó pasar. Creo que lo único que desafiaba era el escepticismo general.
Brando: ¿De quiénes?
Barragán: En el Museo de Antropología de México vi las cabezas olmecas, que son visiblemente rostros africanos, y se trata de la cultura americana más antigua de la que se tengan registros. Es evidente que trajeron su influencia cultural expresada en pirámides, rituales, dioses, estilos artísticos. Pero los antropólogos negaban la posibilidad del cruce del Atlántico y decían que pudieron venir por el estrecho de Bering. También me decían que la madera chuparía agua y se hundiría, y que las cuerdas vegetales se pudrirían. Las cuerdas sintéticas tienen apenas cincuenta años, pero respiré hondo y me di cuenta de que la balsa debía hablar por mí. A la balsa sí le creerían.
Brando: ¿Y tus amigos, tu familia, cómo reaccionaron?
Barragán: Hubo un rechazo muy fuerte del común de la gente. La familia y los amigos solamente querían cuidarme. Mi mejor amigo me decía: "Dejate de joder que acá en Dolores cuando te levantás de la mesa en el café se te cagan de risa. No saben si es un curro o si al final vas a poner una excusa para no hacerlo, o si es todo una macana". Yo tenía claro que si miraba todo lo que había que hacer sonaba a infinito, pero que si tomaba parte por parte era posible. Entendí que tenía que cuidar la comunicación, el discurso, la armonía, la imagen y la coherencia de Atlantis. Nada puede ofenderme más que el hecho de que me traten de chanta. Estuve tres años y medio estudiando la expedición antes de abrir la boca.
Brando: ¿Cómo te preparaste?
Barragán: Estudié oceanografía, antropología, historia de la navegación, meteorología, comunicaciones, supervivencia, medicina, todo lo que hacía falta. Me hice un experto en lo que iba a hacer. Ese es el momento de echar el bote al agua. Yo estaba seguro de que si largaba la balsa desde el norte del África la balsa llegaría a América, y que si largaba diez balsas llegarían las diez por efecto de las corrientes marinas, que son una cinta transportadora. Yo no descubrí ni la corriente norecuatorial ni los vientos alisios, simplemente agarré un libro de oceanografía y leí. Entonces me pareció obvio que pudieran haber cruzado voluntariamente.

Barragán es simplemente un convencido. Así convenció a José Manuel Iriberri, que fue el subcapitán de la balsa, a Horacio Giaccaglia, a Daniel Sánchez Margariños y a Félix Arrieta, el "Chango", que no sabía nadar, pero se lo comunicó a Barragán el tercer día luego de zarpar de Tenerife, porque si no nunca le habría permitido participar de la expedición. El Chango era camarógrafo de Canal 7 y su labor fue fundamental para registrar la hazaña y filmar la película de la travesía.
"Que el hombre sepa que el hombre puede", gritó un emocionado Barragán cuando la balsa estaba a punto de atracar en La Guaira, Venezuela, el 12 de julio de 1984, tras cincuenta y dos días de navegación desde que su partida, en Tenerife.
Brando: ¿Por qué sos amateur?
Barragán: Porque siento que vine a la vida y al deporte a poner y no a sacar, y creo que vivo de acuerdo con eso. Por eso digo que solo el romántico va a salvar el mundo y no el eficiente. No me interesa ni cuánto tiempo ni cuánto dinero me va a costar, así me quede sin un centavo o tenga que salir a pedir prestado. No me gustan los sponsors porque si la gente desconfía en algo y cree que tu motivación es económica perdés credibilidad. Hecho de este modo, como fue Atlantis, es un acto de romanticismo directo, es un hecho artístico. Por eso pusimos al sol y al viento en la vela, como símbolos de la vida y la libertad. Ya no entraba ningún otro logo que reemplazara la vida, la libertad y la bandera argentina.
Brando: ¿Cuánto dinero necesitabas para la expedición?
Barragán: Necesitaba 240 mil dólares y me los ofrecieron a cambio de un bolsillo con publicidad en la remera. Lo rechacé. Tuve que conseguir que la Flota Mercante me trajera gratis los troncos de madera desde el Ecuador. Creo que conseguir los troncos en medio de la selva fue tan o más complicado que el cruce. Conseguimos gratis los pasajes de avión, la comida, los equipos de radio. El hombre que ofreció el dinero me dijo: "Estás loco", y yo le contesté: "O muy esclarecido". No pensaba defraudar a todos los que confiaban en la pureza y el romanticismo de la balsa. Creo que por eso es la expedición argentina más emblemática de todos los tiempos.
Brando: ¿Por qué el aura de Atlantis si el resto de tus expediciones también son amateur y exitosas?
Barragán: Porque al Aconcagua suben 4.000 tipos por año y mi expedición allí puede ser igual a cualquiera de las otras. Atlantis es un monumento al romanticismo, es realmente única. Atlantis ha tenido una evidente pureza, es una bellísima desmesura.
Barragán habla de desmesuras y su currículum resulta una evidencia abrumadora de su convencimiento. Conseguidas la pipa, la barba y el cruce del océano, este viejo expedicionario, más vivo que un nervio, todavía especula con orbitar la Tierra o ir a una estación espacial para ver la Tierra desde el espacio. Dice que no lo descarta y aclara que "si fue alguien de 82 años, yo todavía tengo tiempo. Mantengo la ilusión de que la tecnología va a llegar a tiempo para llevarme". Él, mejor que nadie, sabe que el hombre puede.






