Elogiado por el Papa Francisco, cómo el Palacio Pereda se convirtió en residencia del embajador de Brasil: “Vivís en la mejor casa de Buenos Aires”
Creado a imagen y semejanza del Jacquémart-André de París, el edificio refleja la era dorada de la Argentina
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“El Palacio Pereda está considerado el mejor palacio de Buenos Aires”, asegura Jorge Fernández Cruz, guardián de uno de los edificios más majestuosos de la Ciudad de Buenos Aires. Pocos conocen la residencia como él, hace 48 años que administra el lugar.
Para principios de 1900, los Pereda eran, junto a los Anchorena, los Santamarina y los Duhau, miembros de la elite porteña. Celedonio Tomás Pereda estaba casado con María Girardo y era un empresario ganadero, uno de los grandes terratenientes de la Argentina e importante miembro de la Sociedad Rural Argentina. Venía de comprar las estancias “La Asunción” en 1884, “La Encarnación y, en 1900, “La Unión” en Gral. Madariaga. Con el tiempo sumaría “Villa María”, en Máximo Paz. Pero, a fines de 1917, adquirió un amplio terreno –de la sucesión del general Benjamín Victorica-y planeó construir allí su residencia familiar.

“Tenían como diez hijos”, detalla Jorge. A la vez que recorre el lugar, asegura cuidadosamente los ventanales que dan al jardín y saca a relucir algunos de sus secretos. “Durante mucho tiempo se pensó que la fachada era ésta, porque este fondo, el jardín, no existía. Daba directo a la calle. Pero ése es un mito, porque en realidad el edificio es un pastiche”, aclara su guardián. “Pastiche es una denominación en arquitectura que implica crear algo relacionado a otra obra hecha antes, una imitación. Pereda le pidió al arquitecto que le hiciera una réplica del Jacquémart-André de París (hoy una cafetería, prácticamente un shopping, con un café carísimo y que nada tiene que ver con esto)”, se lamenta.

“El frente es idéntico”
El estanciero eligió al arquitecto francés Louis Martin, un egresado de la Ecole des Beaux Arts de París y autor de varias residencias porteñas. Sin tapujos, le señaló como modelo el edificio Hôtel Jacquémart-André de París, construido en 1969, hogar del banquero y coleccionista Edouard André y de su esposa, la artista Nelie Jacquemart (y que, en 1913 se convertiría en el Museo Jacquemart-André de París).
Pereda conocía bien al magnífico edificio, no solo su exterior también el interior, con su colección de muebles, esculturas y pinturas, y ansiaba poseer un clon de este en Buenos Aires. “El frente, cuando vas llegando, es idéntico. Al ver el de París, a mí me temblaron las piernas. La fachada es igual, al instante te das cuenta. Es todo simétrico, con un portón de entrada y un portón de servicio, que son iguales. Por entonces, los carruajes entraban por una puerta, bajaban a la gente, y salían por la otra. Con el tiempo se convirtieron en cocheras”.
La escalera de la discordia
Durante el transcurso de la construcción, un detalle lo cambió todo. El arquitecto se había tomado algunas libertades. “A diferencia de este edificio, el Jacquémart-André tiene una escalera de mármol de carrara entrelazada. El dueño pedía que imitaran los ambientes, pero imagino que la proporción acá no les permitió darle lo que él quería. Le hicieron una escalera espectacular -simple, sencilla y de una vuelta-, pero se ve que él tenía otra cosa en mente”, se lamenta Jorge. Aquel fue el punto de inflexión. En 1919, con la obra en marcha, Martin fue despedido.
“Se trataba del ingreso, del hall. Y, en protocolo, la entrada es todo. ¿Cuál es la intención de los dueños de casa? Mostrar su poderío, asombrar… Una escalera tan sencilla no lograba su cometido”, explica el administrador mientras continúa el recorrido. “Luego, ya en el primer piso, tenían la sala de recepción, para un canapé, un vino… la copa de honor. De ahí pasaban al almuerzo o cena, dependiendo de la cantidad de personas, podía ser en el comedor diario o sala de desayuno o en el comedor principal, que tiene capacidad para treinta personas. Los Pereda recibían a mucha gente”, explica el director del lugar, actual residencia oficial del embajador de Brasil, mientras acomoda los relojes dorados franceses y los juegos de porcelana.
-Que se toman su cafecito, se fuman un puro, arreglan las cuestiones del país y recién ahí los señores se dedicaban al esparcimiento. Pasaban a la sala de música o sala de eventos, donde está el piano. Yo me basé mucho en las fotos originales de Caras y Caretas para ver la ubicación de los muebles y dejar los ambientes en las mismas condiciones en que los dejaron sus primeros dueños. Es más, gente que vivió aquí en el lugar me lo corroboró.
El Palacio Pereda toma forma
Un año después del suceso de la escalera, Celedonio Pereda logró contratar al prestigioso arquitecto belga Jules Dormal (el mismo que diez años antes le diera forma al Teatro Colón). Pero Dormal falleció en 1924 y la construcción quedó a cargo de sus discípulos y recién finalizaron la obra en 1936.
Diseñado al estilo tradicional francés. El primer piso estaba destinado a los salones sociales, la recepción, una terraza con vista a la calle y otra en la fachada posterior, orientada hacia el jardín: esa sí, con una magnífica escalera de dos alas inspirada en la famosa escalera de la Cour du Cheval Blanc, el patio principal del Palacio de Fontainebleau francés.
Adentro, los salones también imitaban los interiores del Museo Jacquemart-André. Y, para mantener el plan original, en 1924 Pereda viajó a Europa en busca de un artista que decorara su casa. Contrató al prestigioso catalán José María Sert, muy amigo de Dalí y de moda entre clientes adinerados, el pintor trabajó sobre una maqueta y, sin viajar a Buenos Aires, envió sus obras en barco.
Así, el techo del salón principal terminó decorado con “Los Equilibristas”, su fresco más grande. Sert creó una obra de arte para cada salón: “Tela de araña” para el comedor diario, “El aseo de Don Quijote” para el comedor grande y “Diana la Cazadora”, pensada para la sala de café.
Pereda delegó el resto de la decoración en su esposa. En Buenos Aires estaba Casa Jansen, con los representantes de los grandes artistas que había en París, así que ella se ocupó de las cortinas de seda, del mobiliario…
-En los salones principales se aprecia el tallado a mano, el trabajo del cincel del artesano en las piezas de nogal. Lo artesanal también se ve en los tapices en las paredes. Para una posterior restauración se buscó el material de la época: la seda. La misma que tienen en la embajada de los Estados Unidos, en el Palacio Bosch, porque fueron los mismos restauradores los encargados de poner en valor ese edificio.
- ¿Cómo era el día a día de los Pereda?
-Comenzaba con el desayuno. La familia y los invitados, si había confianza, se reunían en el comedor diario. Allí caben hasta doce personas, se mantienen la mesa de roble, las sillas, los cuadros y las arañas de cristal de Baccarat. Aunque el centro de atención solía ser el salón comedor que hoy se usa para comidas laborales y es donde se reciben invitados. También daban paso a la sala de café, a la del piano o a la biblioteca. La actual biblioteca era una sala de billar. La mesa, que en realidad era un snooker (especial para el juego), existe todavía, pero yo la saqué, para que el peso no perjudicara el piso de madera.

- ¿Era así como lo vemos hoy?
- Exacto. Existe mucho material periodístico de la visita del presidente de Brasil, Getulio Vargas, a la Argentina, pero casi nada de su estancia aquí, porque él se hospedó en la residencia de los Pereda en mayo de 1935. Pero, como yo soy adicto a las antigüedades, una tarde recorriendo y revolviendo cajoncitos en San Telmo, encontré esta joya: una foto del diario La Prensa, con el detalle de puño y letra del fotógrafo que la sacó. Reconocí la residencia apenas la vi. No conocía a la gente, pero sí ubiqué el lugar, porque en mi cabeza tengo todos los apliques de luces memorizados. Este es el único antecedente de Vargas acá: él, con su esposa, la hija, el embajador y la embajatriz de la época. Por eso ubiqué el piano justo acá.

La transformación
“Hay que cuidarse de los años de prosperidad, pues como en esta época todo marcha en auge uno se entusiasma y quiere agrandar y aumentar los negocios, lo que hace que los artículos salgan perdiendo valor del poder de adquisición”, escribió en 1928 Celedonio Pereda en sus memorias.
-Todo parece majestuoso, con tanto mármol...
-Sí, pero no todo es como las escalinatas de mármol de carrara. Al observar con atención, si es de color almendrado es una técnica llamada estuco, una mezcla de mármol con yeso. Te das cuenta si es mármol real tocándolo, porque el mármol es más frío y está ubicado en lugares estratégicos: ventanas, puertas o soportes.
- ¿Cómo surgió este moderno baño con techo marroquí?
- Este es el baño de hombres. La pileta está hecha en una sola pieza de mármol de carrara tallado a mano aunque se nota la diferencia por el estilo y los materiales. Esta fue la última parte que se construyó del edificio. Se había muerto Dormal, encargado del Teatro Colón, y la dirección de obra ya no era la misma. Era el año 30, un momento de crisis económica importante en el país y la inversión era distinta, por eso la diferencia con el material que se ve en esta ala. La boiserie son apliques, ya no tallados artesanales como los que se ven en el comedor.
“El lugar favorito de los nietos del actual embajador de Brasil”
“Legué a mis hijos no tanto una pequeña fortuna cuando el ejemplo de una vida pura empleada en el ejercicio de todas las virtudes sociales. Mi conducta durante los 57 años de actividad ha sido: trabajo, constancia y economía”, detalló Celedonio Tomás Pereda en sus memorias. El empresario falleció en 1941, su esposa María Justina Girardo en 1942, y la empresa fue liquidada en 1945.
Se dice que, en 1936 el embajador brasileño João Batista Luzardo fue huésped de los Pereda y que, durante su estadía, quedó cautivado por la arquitectura del palacio. A su vuelta, encomendó que hicieran lo posible para hacerse con el edificio.
El Gobierno de Brasil comenzó las negociaciones y tras la muerte de Celedonio cerró la compra con sus herederos. A cambio del palacio, el Gobierno de Brasil ofreció la antigua sede de la embajada brasileña, ubicada en Callao al 1500, además de 4.000 toneladas de hierro en barra (un recurso escaso y valioso en tiempos de la Segunda Guerra Mundial) como pago.

En 1945, el Palacio Pereda se transformó en la residencia del embajador de Brasil en la Argentina. El trato incluía sus muebles y objetos. Y, en reconocimiento a su valor patrimonial, una vez adquirida, Brasil se encargó de mantenerlo intacto. Incluso en 1989 se ocupó de la restauración de las pinturas de Sert en los techos. “Las obras de arte son muy buenas, pero todo está tal cual. Esta casa tuvo una restauración consolidada, como se denomina cuando hacés retoques sin modificar la estructura. Hoy está considerado el mejor palacio de Buenos Aires y el mejor mantenido”, remarca Jorge de pie, en el palier del ascensor.
El administrador comenta que el Pereda cuenta con dos ascensores, el principal y uno de servicio, que conservan sus tableros originales de bronce. “Se hicieron en los años 20 y andan mejor que muchos de la actualidad”, asegura. El ascensor es uno de los lugares favoritos de los nietos del actual embajador de Brasil.
-El primer piso es el área social y de trabajo. Anteriormente en el segundo piso estaban las habitaciones de la familia -algunos hijos, no todos, llegaron a vivir acá. Creo que eran diez-, pero hoy pertenece a los apartamentos privados de los embajadores. Hay nueve suites de huéspedes, cuando viene el presidente se queda acá. Y también está la suite en la cúpula, la tenemos identificada como “suite canciller”.

- ¿A qué está destinado el tercer piso?
-El tercer piso era mitad de la familia, mitad del servicio. Así se mantiene hoy para el personal de la casa, la cocina y la lavandería. Hay que llevar adelante la rutina: el Palacio Pereda es un ámbito laboral que se usa todos los días. Aquí se encuentra la casa del embajador, un museo y el Espacio Cultural de la Embajada de Brasil, donde estaban las cocheras. Juntar las tres cosas es lo más difícil que puede haber”.
La capilla favorita del papa Francisco
“Todos los palacios tienen la misma distribución, quizá algunos tengan biblioteca y otros no. La única diferencia es que no tienen capilla, el Pereda es uno de los pocos palacios de Buenos Aires que tiene una capilla interna”, se jacta Jorge Fernández Cruz mientras abre paso hacia un discreto salón amueblado con sillones episcopales.
-Esta capilla es consagrada. Aquí se celebraron casamientos de los Pereda, también bautismos y nacimientos. Y es que era muy común que en esa época se habilitara un espacio como este para dar a luz. En este palacio nacieron tres miembros de la familia Pereda. Uno nació en la capilla, otro en la biblioteca y el tercero justo debajo de la cúpula.
-¿La capilla tiene nombre?
-Solo Capilla del Palacio Pereda. Dentro del cuerpo diplomático, la Nunciatura es parte, entonces suele haber eventos donde se invita al Nuncio, yo los he recibido muchas veces. Era muy común que Jorge Bergoglio asistiera.
-¿Visitaba esta capilla?
-Sí, yo mismo lo recibía. Al llegar me decía “esperá Jorge, que voy a la capilla”, le encantaba. A partir del año 45, cuando Brasil toma posesión del edificio, la capilla le fue dedicada a Nuestra Señora Aparecida, la patrona de Brasil, y él le era muy devoto.
Ya siendo Papa, hace diez años, Francisco recibió al embajador brasileño Everton Vargas en una misión especial al Vaticano, se presentó como embajador de Brasil en Buenos Aires. El Papa lo reconoció y le dijo: “Te felicito, vivís en la mejor casa de Buenos Aires”. Cosas de la vida: él fue el embajador que les abrió las puertas de la residencia a los descendientes de Pereda el día que se juntaron acá. Y, actualmente, Vargas es el embajador de Brasil en el Vaticano.
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