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Empezaron su historia de amor con el pie izquierdo: "¿quién te creés que sos marplatense agrandado?"

Señorita Heart
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29 de marzo de 2019  • 00:44

"Lamentamos informarle que, por cuestiones climáticas, su itinerario con destino a Sidney, Australia, ha sido modificado. Tiene que embarcar la semana que viene en otro buque de la flota en Papeete (en Tahití, la capital de la Polinesia Francesa), pero antes puede regresar a su casa si así lo desea". Guillermo escuchó justo a tiempo el mensaje que su empleador -una compañía de cruceros norteamericana- le había dejado en el celular. Aunque la noticia de poder volver a casa lo ponía contento, acababa de hacer el check in en la aerolínea y de despachar su equipaje y sabía que, quizás, recuperar las valijas le llevaría más tiempo del que disponía.

Efectivamente le llevó más de dos días hacerse de sus maletas y finalmente no pudo organizarse para regresar a Mar del Plata, su ciudad natal, y ver a los suyos antes de empezar su nuevo contrato de seis meses en alta mar. "Ya con mi equipaje recuperado, pude poner un pie en esa lejana región del globo conocida como la Polinesia Francesa. Tahití me fascinó de entrada y entre sol y playa, antes de subirme a mi barco a la mañana siguiente, me preguntaba porqué el destino habría metido la cola para darme vuelta el fixture en un abrir y cerrar de ojos y tenerme ahora, en otras coordenadas, en otro barco distinto, a punto de vivir una nueva experiencia".

En cuanto estuvo a bordo, hizo la clásica pregunta: "¿hay algún argentino en la tripulación?". Entre los 1200 empleados que contrata cada buque, se pueden encontrar las más diversas nacionalidades. "Hay una chica que realiza actividades y relaciones públicas con los pasajeros, todo el mundo la conoce, se llama Sole", le dijeron. Sólo era cuestión de encontrar el momento para buscarla. Él trabajaba en el departamento de hotelería, de modo que los horarios que manejaban eran distintos.

Finalmente, luego de 10 días arriba de la casa bote sin lograr cruzarse con la famosa Sole -eran 16 pisos, 350 metros de largo, 2600 pasajeros- Guillermo la encontró. De entrada se cayeron mal. Muy mal. No se entendían ni se llevaban bien. "A ella se la quería levantar medio barco, desde el que limpia los botes salvavidas hasta el Capitán, pasando por pasajeros, autoridades portuarias y hasta el mismísimo Rey Neptuno. Eso me sacaba más las ganas de hablarle. Estás muy creída porteña, pensaba por dentro mientras la miraba de lejos sonreír entre la gente".

"¿Y vos quién te crees que sos, marplatense agrandado?", masculló ella cuando lo encontró semanas más tarde en el bar de empleados. Era tan irracional el rechazo que se tenían que, esa noche, alcohol de por medio, decidieron hacer una tregua y bajar a tomar un helado a la mañana siguiente. El lugar era inigualable: un puerto en la costa australiana llamado Whitsunday. La idea era tomar un helado pero, a mitad de camino, vieron un cartel que publicitaba la gran actividad de tirarse en paracaídas sobre islas alucinantes y uno de los mares más cristalinos que habían visto hasta ese entonces. "¿Vamos? ¿Y el helado? ¡Ya fue!", dijeron entre risas.

Ese día algo cambió. Nunca supieron bien qué fue lo que pasó. "Pero romper la estructura de pasar de pedir un cucurucho de vainilla y chocolate por tirarte de 10.000 pies de altura al vacío tuvo que haber incidido. Estoy seguro. Nunca más nos volvimos a separar".

Guillermo comenzó a escribir un blog, Bitácora Bizarra, donde narraba sus aventuras por el mundo con tintes de anormalidad constantes y donde mostraba alguna de sus aventuras. Por ejemplo, el día que invitó a Soledad al cine ¡en Tasmania! "Me equivoqué con el horario de salida del barco y tuve que volver a trabajar antes de que terminara la película. Le dije a ella que nos encontrábamos más tarde en el barco (ella entraba a laburar después, a la noche). Resultado final: el barco se fue, ella corría por el muelle angustiada porque tenía mal el horario (gracias a mi) y debieron conseguirle la lancha del guarda costas para hacerla trepar en movimiento por un lateral de la cubierta con una escalera de cuerdas tipo película de alto riesgo".

El ascenso a la cubierta con cientos de pasajeros tomándole fotos y saludándola desde sus balcones sirvió como anécdota. "Si querías cortar conmigo me lo decías de una, en lugar de irte con barco y todo, abandonándome en el muelle como la Loca de San Blas", le dijo enfática mientras se acomodaba la ropa luego de la trepada que la volvió aún más famosa entre sus compañeros y los pasajeros.

Ya se cumplieron diez años desde que se conocieron. Guillermo y Soledad viven en Emiratos Árabes Unidos, donde decidieron asentarse y trabajar en una aerolínea para seguir viajando gratis por el mundo. "Nos unieron los viajes, las culturas extranjeras y las aventuras disociadas, ¿que podríamos esperar para nuestro futuro más que seguir repitiéndolo? En nuestros días libres continuamos recorriendo el planeta, principalmente esos países a donde los barcos no llegan (por cuestiones geográficas), sumando nuevos episodios y delirios a mi bitácora de viajes. Viajar es adictivo. El amor también. Si consiguen la combinación entre los dos, entonces mis amigos, han encontrado la felicidad absoluta".

Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos aquí .

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