
En domingo aprendí a pensar
Por Silvia Puente
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Mi abuelo paterno era carpintero; mi abuelo materno editaba un periódico titulado Galicia. Por suerte para mí, vivían con nosotros. El domingo era el día más bello de la semana. En primer lugar, porque era el único en el que nos permitían dormir hasta tarde. En segundo lugar, porque era el más inquietante: ese día aprendíamos más que en la escuela.
Para cuando mi hermana y yo estábamos bañadas y bien vestidas, ya se había armado la ronda de hombres presidida por mis abuelos, en el patio, bajo la sombra del naranjo. Allí estaban sus amigos, y los hombres más jóvenes: mi padre y mis tíos.
¿Qué edad tendría yo entonces, si sentada en un sillón de jardín mis pies no llegaban a tocar el piso?
¿Qué decían esos hombres?, ¿qué hacían? Leían los diarios y los comentaban en voz alta. A veces discutían acaloradamente, y ya sabíamos que entonces aparecerían mi madre o mis tías para decir que bajaran la voz. La orden se cumplía, pero la discusión seguía. Era apasionante, y aunque mi hermana y yo aparentemente no entendiéramos nada, entendimos todo.
Era una época en la que las mujeres estaban en la cocina y sólo los hombres leían el diario. Le agradezco a mi madre el habernos permitido elegir entre la cocina y el patio. Le agradezco esa libertad cuidadosa, la misma que mi hija me agradece hoy a mí.
Elegido nuestro camino, y aun cuando pasaron muchos años antes de que pudiéramos usar medias de seda, seguimos los domingos, junto a esos hombres, la Guerra de Vietnam, la Guerra Fría, las primeras aventuras espaciales, los golpes de Estado, el peronismo y el antiperonismo. Compartimos también las etapas en que a algunos de ellos les tocó la cárcel por elegir que iban a seguir leyendo y opinando según sus propias convicciones.
El mundo y el pensamiento eran realmente mucho más apasionantes que la botánica que nos enseñaban en la escuela, y la geografía sólo me servía para ver dónde acontecían todas estas cosas y por qué.
Por suerte también, y para el lógico equilibrio de las cosas, con mi madre, durante la semana, aprendí a cocinar, a coser según la última moda de París, a perfumarme.
Muchos años después, llegaron los tiempos en que mi hermana, yo y nuestros amigos les leíamos a ellos, les traíamos nuevos libros, pensamientos, visiones.
Hace un tiempo falleció mi padre. Por la mañana sostuvo en sus manos, como siempre lo hacía, el diario La Nacion. Estaba muy débil físicamente y hacerlo le costaba un gran esfuerzo. Ya no podía concentrarse en la lectura y, sin embargo, mantuvo ese gesto que marcó mi vida, hasta el último día de la suya. Esa noche se murió.
Es tan fácil incorporar en los chicos la costumbre de leer. Especialmente en domingo.
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La autora es periodista y escritora






