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Grandes Esperanzas

En familia: "cuando uno adopta necesita que le digan la verdad, no edulcorar la realidad"

Jimena Barrionuevo
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5 de abril de 2019  • 00:56

"Te paso el teléfono Cynthia. Ella organiza cenas en su casa y quizás sea una buena opción para que conozcas gente nueva", le dijo un amigo a Pablo (39). Hacía poco había llegado a la ciudad de Necochea, en la provincia de Buenos Aires y las largas jornadas laborales le impedían que tuviera tiempo para vincularse socialmente y despejarse de las preocupaciones. Pero esa noche aceptó la invitación que le hicieron y para su sorpresa, la anfitriona resultó ser una persona más que agradable. Charlaron toda la noche, tomaron un café al día siguiente y cuando quisieron darse cuenta ya estaban conviviendo y proyectando formar una familia.

"Mientras estábamos de novios, recuerdo que en un viaje le deslicé a Pablo la idea de adoptar como proyecto de familia. Le dije que nuestro hijo comenzaría a crecer en nuestros corazones en lugar de en la panza. Pablo me miró y me aclaró que adoptar no estaba en sus planes. No insistí. Pero recuerdo haberle dicho que era un proyecto de familia con el que soñaba y que sería interesante que lo pensara", relata Cynthia Jellich (35).

En 2011 se casaron y, al poco tiempo, dejaron de cuidarse a la espera de lograr un embarazo que, después de varios meses, nunca llegó. Comenzó la recorrida por médicos y clínicas de fertilidad de distintas ciudades. Una cirugía para Cynthia, estudios complejos para los dos. Fueron tiempos duros, de mucho llanto por la incertidumbre, por lo costos de los tratamientos que no lograban enfrentar. "Aunque hoy, a la distancia, consideramos que nos fortaleció como pareja. Sentíamos que si uno de nosotros caía, ahí estaba el otro para levantarlo y seguir juntos. Había algo de lo que estábamos seguros: éramos felices y entendíamos que nosotros dos y Zasha (nuestra perra) ya conformábamos la familia que habíamos soñado".

2012 fue un año aún más difícil. Pablo, que es ingeniero agrónomo, se había quedado sin trabajo. Por eso tuvieron que dejar de lado los tratamientos que querían comenzar; a pesar de no tener un diagnóstico claro, los profesionales no encontraron problema orgánico en ninguno. "Un día Pablo me llamó por teléfono y me dijo que lo había pensado y que estaba preparado para que nuestro hijo comenzara a crecer en nuestros corazones. Corté y lloré. Lloré mucho de felicidad. Suspendimos por el momento nuestra búsqueda de agrandar la familia de forma natural y comenzamos a recorrer el maravilloso mundo de la adopción. Sabíamos que, por las leyes de nuestro país en aquel momento, para lograr la inscripción al registro de adoptantes, debíamos tener al menos 30 años, o bien demostrar infertilidad por certificados médicos. No podíamos manifestar tal extremo, ya que no había causal que lo demostrara, y yo tenía aun 29 años, por lo que tuvimos que esperar un tiempo más".

Un mayo inolvidable

A comienzos de 2013, Pablo y Cynthia se acercaron al juzgado de Familia de Necochea para comenzar los trámites. Todo el proceso que vivieron durante ese año, con los laberintos que ofrece el sistema y las particularidades del juzgado de esa ciudad los fue preparando para lo que llegaría después. Finalmente, en mayo del año siguiente los llamaron del juzgado para saber si seguían con las mismas intenciones en relación al trámite que habían iniciado. Además, les comentaron que había dos hermanitos de 8 y 9 años en situación de adoptabilidad.

"Es difícil de explicar ese momento, solo recuerdo que nos miramos, nos abrazamos y lloramos. Pablo me dijo si Dios nos lo manda es porque podemos hacerlo. Fuimos corriendo (literalmente) al juzgado, para conocer más sobre ellos. Recuerdo que la psicóloga del equipo técnico nos comentó que Nico (el mayor) había expresado sus ganas de tener una mamá que lo amara".

A la semana siguiente los citaron en el hogar donde entonces vivían los chicos para un primer encuentro. "Si hay algo que siempre amé de mi marido fue su mirada: franca, de ojos grandes, profundos. Cuando entramos al hogar se acercó Jesús (el menor), caminando tímidamente y me miró fijo. Ay Dios mío, esos ojos. No podía creerlo, iguales a los de Pablo. Al instante llegó Nico, también con enormes ojos oscuros y esa sonrisa que ilumina el mundo. Nos saludó a los dos pero enseguida se acomodó al lado de quien minutos después sería su papá".

Desayunaron, charlaron y descubrieron que los chicos tenían un vocabulario bastante precario a pesar de las edades que tenían. Entonces optaron por dibujar. "La escena que viví ese día no la olvidare jamás: Jesús sentado en mi regazo y Nico en el de Pablo; dibujaban autos y Pablo les enseñaba a hacer el escudo de San Lorenzo de Almagro, Jesús lo miró a su hermano y dijo mirá Nico, ya somos una familia".

Luego se despidieron ya que las vinculaciones deben ser paulatinas y en función de cómo reaccionan los niños. Acordaron encontrarse al día siguiente para salir a pasear y conocer la que sería la casa de los cuatro. Desde el primer momento Cynthia y Pablo buscaron ayuda profesional para cada uno de los niños; no fue una exigencia del juzgado pero entendieron que iba a ser necesario, ya que ellos estaban atravesando un gran cambio en sus vidas, integrándose a una familia, con nuevos tíos, abuelos, primos, cambios de hábitos, nueva escuela, entre otras cosas. También sumaron deporte a la agenda de los chicos, que además de ser necesario siempre, sirvió de terapia, para descargar, conocerse y descubrir que ellos "podían".

Luna de miel, en familia

Los primeros días de convivencia fueron mágicos. "Todo era amor, risas, complicidad. Es como una luna de miel familiar. Luego, comenzaron a aparecer los berrinches, el carácter de cada uno y, nosotros descubriéndonos como.padres. Todo nuevo, vertiginoso para los 4. Nico (14), el mayor, es el chico más alegre, curioso, solidario y divertido que conozco. Dulce, cariñoso, protector, compañero, buen hermano. Jesús (13) es tímido, cariñoso, observador, súper deportista, le encanta el cine (sobre todo de terror) y la tecnología. Los dos nos enseñan todos los días. Los miro y sé que hay que seguir adelante siempre, que luchar vale la pena. Ellos pusieron mucha garra para llegar hasta acá, son dos seres resilientes 100%".

Como padres, y a pesar de que estaban haciendo todo lo que estaba a su alcance, Cynthia y Pablo encontraron soledad en el camino, poca información por parte de los organismos oficiales, y mucha menos sobre temas que eran estructurales. "A raíz de todas esas inquietudes fue que decidimos crear un grupo de padres por vínculo adoptivo unidos con el fin de comunicar experiencias, vivencias, brindar contención, continuar aprendiendo y creciendo juntos, y generar un intercambio respetuoso entre aquellas personas que están en la espera, los que ya son papás y quienes les interese la temática". La idea fue generar un espacio donde las familias inscriptas puedan encontrarse y acompañarse en la espera; asistir a los inscriptos en la construcción del proyecto de ser familia y desmitificar determinadas creencias que no ayudan a fortalecer la institución de la adopción.

Sin embargo Cynthia reconoce que todavía tiene mucho trabajo por delante. "Muchas veces hemos sentido que miran a los chicos con lástima. Ante una crítica puedo intentar explicar, fundamentar. Pero la lástima es fatal. Y la adopción está muy ligada a eso. Todavía falta información, ayuda, apoyo, acompañamiento. Es un proceso que conlleva duelos para ambas partes. No pueden pretender que sucedan las cosas por arte de magia, somos personas. Los postulantes precisamos herramientas y sobre todo, la verdad. No edulcorar la realidad".

Hacia fines de 2016 la familia decidió probar suerte en el sur del país, eligieron Ushuaia como destino para comenzar una nueva vida. "Al poco tiempo de llegar estábamos los dos con trabajo, los chicos en la escuela. En octubre de 2017 nos enteramos que llegaba Sofía. No lo podíamos creer. ¡Magnífica sorpresa! Disfrutamos tanto los 4 de esta nueva etapa, los chicos conectaron con su hermanita desde la panza; se aman profundamente, ella se vuelve loca de amor cuando los escucha, ellos la miman y cuidan tanto. Realmente siento que mis 3 hijos son luz, que vienen a cambiar para bien el mundo, son seres humanos hermosos, buenos, nobles, leales, puros, sin maldad. No puedo más que hablar de amor cuando me preguntan por ellos".

Si tenés una historia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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