
En la más pequeña de las islas Egadas, una tarde frente al mar

Crucé parte de la isla más grande del Mediterráneo, Sicilia, en una especie de road trip de lo más divertido (se acordarán tal vez que hace unas semanas recorrimos juntos el mercado de pescados de Catania y hoy les propongo conocer otra gema de la isla y cruzar transversalmente el territorio siciliano para descubrir una pequeñísima isla llamada Levanzo).
Promediaba la primavera y el mediodía ya reflejaba los calores por venir. La ruta local que había tomado me llevaba tranquilamente de pueblo en pueblo, con sus distintivos nombres y su bucólica vida. En mi trayecto había pasado por Siracusa y Ortigia, Agrigento y el Valle de los Templos. Me había detenido en Marsala, donde me encontré con Francesco y Nina, quienes al frente de su impecable restaurante frente a la Iglesia del Purgatorio (de repente estábamos en la segunda parte de la Divina comedia, de Dante), había probado algunos de los platos más característicos de la región y conocido más sobre uno de sus productos destacados: El Marsala, famoso vino italiano (que aparentemente fue el primero en obtener una D.O.P en Italia).
Sentado en la pequeña plaza, a la sombra, con la elegante fuente de un lado y la imponente fachada barroca de la iglesia al otro, me había deleitado con las historias de Francesco a través de las cuales aprendí muchísimo sobre la cultura y la idiosincracia de estas latitudes, sabiendo que me había hecho de un amigo para toda la vida.
Nuevamente en la ruta, en este caso la SS115 rumbo al norte, puse música, bajé la ventanilla y dejé que el tibio aire me inundara con esos típicos olores de la tierra, de sus árboles y de su historia, y al término de una hora de escuchar a Zucchero, Vasco Rossi, Vanoni, Ligabue y otros grandes exponentes de la música italiana hice mi entrada a la ciudad de Trapani, capital de la provincia homónima, una de las que más vino produce en Italia y el mundo y famosa por sus salinas, la ciudadela de Erice y sus islas.
Es por esto último que directamente me fui hacia el puerto de la ciudad, busqué un espacio para estacionar, pagué la sosta, la estadía o tarifa de estacionamiento y me dirigí hacia una de las oficinas de los ferrys que hacen el cruce por el Tirreno con destino Levanzo-Favignana-Marettimo, compré un billete de andata-ritorno y esperé la salida del barco sentado en un banco mirando el mar, el cual competía con el cielo para ver quién llevaba el azul más lindo.
Sobre la dársena se empezaba a formar la fila, mientras los miembros de la tripulación ponían la embarcación a punto y observaba cómo todos ya iban preparados para unos buenos días de descanso, la gran mayoría luciendo los habituales looks veraniegos y esos relajados semblantes de aquellos que saben que dejan algunas preocupaciones detrás. Con un silbato de su bocina, el que me despertó de mi estado casi hipnótico de tanto mirar el agua, se anunció el embarque y así nos fuimos.
Media hora más tarde posaba mis pies en la más pequeña de las Egadas, con tan solo 200 habitantes y espectacular rada de agua transparente, rodeada de casas de pescadores pintadas de blanco con sus puertas, con ventanas y marcos en azul.
Caminando por la única calle del pueblo, que acompañaba el accidente geográfico que formaba una pequeñísima playa, crucé del otro lado y me paré sobre el muelle de los pescadores.
El silencio solo era interrumpido por el sonido de la leve brisa que soplaba y, a esa hora de la tarde, no se veía a nadie, producto seguramente de la siesta reglamentaria.
Solo una persona permanecía en mi rango ocular, sentado en un gran banco de piedra, reclinado sobre el respaldo, con la pierna levantada, completamente inmóvil y mirando el horizonte… Su avanzada edad, su curtido y bronceado rostro mostraban a la larga que era un avezado y probado pescador, al cual el mar no le escondía ningún secreto. Su mirada puesta en un punto fijo no se movía.
Asi me sente en el muelle, con la piernas colgando muy cerca del agua y mirando hacia el mismo lugar que El deje que el tiempo pasara……
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