Dejó su cargo de gerente en una multinacional para dedicarse al arte: hoy vende sus obras en el exterior y logró exponer en el Louvre
En diálogo con LA NACION, Mauro Ketlun reflexionó sobre cómo cambió su vida para cumplir su sueño: vivir de lo que le gusta
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Las segundas oportunidades funcionan como el hilo conductor de la historia de Mauro Keltun, un concepto que atraviesa tanto su recorrido personal como su camino profesional. Estar abierto a volver a empezar, a correrse de lo establecido y a animarse a un cambio fue lo que, con el tiempo, le abrió puertas inesperadas y lo llevó a dar un giro profundo en su vida. Como tantas personas, durante años sostuvo un trabajo corporativo, hasta que una serie de experiencias lo empujaron a tomar una decisión radical: dejarlo todo y apostar por el arte. Ese salto no solo redefinió su identidad, sino que terminó llevándolo a lugares inesperados, como a exponer sus obras en uno de los espacios más emblemáticos del mundo, el Museo del Louvre.
Keltun suele definirse como un “rescatista de tesoros”, una idea que se refleja en cada una de sus creaciones. Con obras realizadas a partir de materiales recuperados y reciclados, su universo artístico incluye piezas tan impactantes como una de Lionel Messi a escala real, construida con hierro, bronce, madera y engranajes.

Entre sus desafíos más extremos, se destaca también la transformación manual de un auto de 1962, aplastado y reducido hasta alcanzar apenas 25 centímetros de espesor. En 2022, tres de sus esculturas de estética retrofuturista llegaron al Museo del Louvre, donde fue el único artista argentino seleccionado entre los contemporáneos convocados.
Volver a empezar
Hasta los 40 años, Mauro Keltun se desempeñó como gerente regional de una multinacional con sede en Buenos Aires, donde tenía a su cargo a más de 2000 empleados. Sus días se medían en millas de avión recorridas y, por el rol que ocupaba, pasaba gran parte del tiempo viajando de ciudad en ciudad, inmerso en una rutina intensa. Ese espiral sin pausa se interrumpió de manera abrupta a partir de dos hechos trágicos que marcaron un antes y un después en su vida.
En una ocasión, al regresar de la costa tras asistir a un casamiento, sufrió un grave accidente. “Me quedé dormido y me pegué un palo en la ruta”, recordó en diálogo con LA NACION. A ese episodio se sumó, tiempo antes, el fallecimiento de su hermana, una pérdida que terminó de modificar su forma de mirar la vida. “Haberme salvado de esas dos situaciones me ayudó a tomar el riesgo de empezar a hacer lo que yo realmente quería y entender que la vida es mucho más corta, o puede ser mucho más corta de lo que uno imagina. Y ahí me decidí a tomar el riesgo de soltar algo que era una fuente de seguridad como el laburo”, contó.

Con la llegada de la pandemia, esa inquietud encontró un lugar inesperado para desarrollarse. Resulta que un vendedor de antigüedades al que solía comprarle lo llamó para ofrecerle el lote completo de objetos que tenía, ya que iba a dejar el rubro. Fiel a su idea de estar atento a las señales, aceptó. En ese encuentro, el hombre le comentó que, por necesidad, estaba empezando a hacer esculturas de gallos para vender. Keltun le compró uno y, al llegar a su casa, ocurrió el clic. Al ver cómo su mascota, Clementina —una mini pig—, se acercaba a la escultura, decidió llamarlo para encargarle un cerdo. Ante la negativa del artesano, que solo hacía gallos, tomó una decisión clave.

Sabía soldar y se animó a hacer la escultura por su cuenta. Así nació su primera pieza: una mini pig realizada con paciencia, tomando medidas de su propia mascota, probando, corrigiendo y aprendiendo sobre la marcha. El entusiasmo creció y, lo que empezó como un hobby se transformó en un camino creativo cada vez más sólido. Cuando las restricciones se levantaron, ya tenía alrededor de diez esculturas hechas, sin saber todavía que ese impulso espontáneo sería el punto de partida de su carrera artística.
Después de la pandemia, durante un paseo por Palermo, entró a una galería de arte. Allí se animó a hablar con la galerista y a contarle su historia, además de mostrarle algunas de sus esculturas. Ella vio que en el espacio ya había obras en hierro realizadas por otros artistas y le pidió que le llevara las suyas. Al poco tiempo de dejarlas, llegó el primer llamado: todas se habían vendido. La escena se repitió una y otra vez; cada vez que llevaba nuevas piezas, a la semana o a las dos semanas, volvía a recibir el aviso de que se habían agotado y que necesitaba más.
Fue después de varias ventas exitosas cuando llegó el consejo clave: la galerista le sugirió que abriera su propio Instagram para venderlas de manera directa. Luego de hacerlo, su trabajo empezó a circular con fuerza, el perfil creció rápidamente y comenzaron a llegar pedidos y encargos que consolidaron su camino como artista independiente.
Lograr lo impensado: exponer en el Louvre

La llegada al Museo del Louvre fue realmente inesperada y, según contó, nació casi por completo del movimiento que había generado en redes sociales. “Terminé exponiendo en el Museo del Louvre a los dos años. Pura locura total”, resumió. Resulta que un amigo le comentó que conocía a una mujer con contactos en el Louvre, alguien que solía llevar artistas al museo. Aunque la propuesta inicial no era para él, decidió animarse y mostrar su trabajo. “La llamé, flasheó con lo que vio de mí, me propuso el museo, aceptaron y estuve ahí una semana exponiendo mis obras”, recordó.
Tal y como dio a conocer, la experiencia fue bisagra, no solo por el impacto simbólico de exponer en uno de los museos más importantes del mundo, sino por lo que significó a nivel personal y profesional. “Para mí fue espectacular, fundamentalmente no solo por poder contarlo, sino por el hecho de poder comparar el arte de uno con lo que hay en el mundo”, señaló.

A partir de allí, su carrera siguió en ascenso: realizó obras para figuras como Ricardo Darín, Mario Pergolini y Lionel Messi. “Los famosos también se acercan porque empezás a hacerle a uno y después los demás quieren”, explicó.
Galería, comunidad artística y nuevos desafíos: el presente de Mauro Ketlun

En la actualidad, Keltun combina su producción artística con una fuerte tarea formativa. Cada semana trabaja con cerca de 70 alumnos, a quienes les enseña a hacer esculturas y a soldar, pero también a animarse a crear desde un lugar propio. Con el tiempo, ese espacio de aprendizaje fue creciendo y se transformó en algo más amplio: una comunidad de artistas que comparten procesos, experiencias y miradas, más allá de lo técnico.
Ese espíritu colectivo también se refleja en la galería que impulsó, en donde promueve el trabajo de otros artistas, los acompaña en el proceso de mostrarse, les brinda herramientas para fotografiar sus obras, comunicar lo que hacen y darle visibilidad a su arte. Además de ofrecerles un lugar para exponer, la galería busca ser una plataforma de impulso y aprendizaje, pensada para que las obras puedan circular y encontrar su lugar en el mundo.
En paralelo, Mauro Ketlun también suma una faceta vinculada a los medios: participa en Vorterix, el proyecto encabezado por Mario Pergolini, donde tiene una sección propia dedicada a hablar de segundas oportunidades. Allí retoma el concepto que atraviesa su historia personal y profesional, y lo transforma en eje de conversación, reflexión e inspiración para otras personas que están pensando en cambiar de rumbo.
Su consejo para animarse al cambio
A la hora de dar consejos, Keltun aclaró que siempre intenta dejar alguna herramienta concreta que realmente aporte valor. En ese sentido, planteó la importancia de animarse a mirar hacia adentro. “Me parece que estamos acá para encontrar nuestra vocación”, afirmó, convencido de que ese hallazgo es clave para ordenar todo lo demás. Según su mirada, cuando una persona logra conectar con eso que verdaderamente la moviliza, el camino empieza a alinearse casi de manera natural.
Para él, el problema aparece cuando esa convicción no existe y la duda se vuelve permanente. “El tema es cuando no estás convencido porque no sabés si es tu vocación”, reflexionó. Allí es donde propone una clave concreta para la búsqueda: volver a la infancia. “Creo que la búsqueda de la vocación tiene mucho que ver con revisar cuáles eran las cosas con las que jugabas de niño”, señaló, proponiendo una invitación simple, pero profunda, a reconectar con lo esencial.
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