En una isla idílica creó una propuesta argentina exitosa y halló el lugar ideal para tener hijos: “Hay una diferencia abismal en la calidad de vida”
En Buenos Aires tenía una vida agitada, hasta que un viaje la llevó a Croacia, donde encontró el amor y surgió la pregunta: “¿Cómo quiero que vivan mis hijos?”
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Las aguas nunca parecían calmarse, la vorágine formaba parte de su realidad, aunque Celia lo disfrutaba. Sus días transcurrían a un ritmo desenfrenado, entre los 200 kilómetros diarios tantas veces recorridos, un trabajo demandante, la vida social incansable y un deseo permanente de aprender. El estrés ganaba varias veces la partida, él emergía no solo por los avatares de la cotidianidad, sino por esa necesidad constante de seguir las noticias políticas y económicas para palpar los próximos movimientos de una Argentina que no le permitía pensar en una tregua.
Pero, a veces, en la cápsula de su auto o cuando la noche la invitaba al descanso, Celia recordaba su origen, tan distante a su presente citadino, y los interrogantes llegaban a ella. Su lugar de nacimiento y crianza – Azul- en nada se parecía a los veinte años que llevaba en la ciudad de Buenos Aires. En Azul, su infancia había transcurrido en las calles, en el verde que rodeaba su comunidad, con un andar despreocupado, seguro, calmo. Ahora, en cambio, su vida era un constante ir y venir, mientras observaba con un nudo en la garganta a los niños capitalinos jugar en los balcones: “No es que esté mal, pero no fue mi realidad de chica”, suele decir.
Y con la llegada del amor, las preguntas se intensificaron. Su marido, mitad croata, mitad italiano, había dejado su Venecia natal para vivir con ella en suelo porteño, una elección que Celia había celebrado, pero que comenzó a cuestionar cuando llegó el momento de pensar en tener familia: “¿Cómo quiero que vivan mis hijos?”, solía plantearse. Buenos Aires, sin dudas, le había obsequiado grandes aprendizajes y mucho disfrute, pero apenas sí le brindaba tiempo de calidad con su pareja.

Celia confiesa que le costó dejar su país, su trabajo, ese ritmo alocado atrás, pero había algo que le decía que era tiempo de frenar y cambiar el estilo de vida, volver a esa sensación de tranquilidad de la infancia.
Un viaje que cambió el curso de una vida
Celia había dejado Azul a los 17 años para estudiar ciencias políticas en la UBA. Con aquella decisión había despedido una gran etapa de su vida junto a sus padres, sus cuatro hermanos y una familia extendida numerosa y muy unida. Se recibió en el 2005, pero decidió continuar con sus estudios, mientras trabajaba para un municipio que le exigía viajar constantemente desde su hogar en la capital.
Se había arraigado a aquel ritmo, que, sin imaginarlo, comenzó su proceso de transformación en el año 2016, cuando ganó una beca del gobierno de la India que la llevó a dicho país por tres meses: “Allí, entre los 85 becados, me hice muy amiga de una chica de Montenegro”, cuenta. “A mi regreso a la Argentina renuncié y cambié de trabajo, pero antes de comenzar decidí hacer un viaje para Italia y también visitar a mi amiga”.

A Celia, a su vez, le recomendaron visitar Croacia, en especial la isla Hvar, un rincón del planeta donde aguardaba la mayor de las sorpresas. Llegó a aquella tierra de arbustos perennes y bañada de sol, quedó encantada por su belleza, aunque también por un hombre que conoció la primera noche de su estadía.
“Marco estaba de vacaciones visitando a su abuela y amigos, es de papá veneciano y su madre es oriunda de la isla. Él vivió casi toda su vida en Venecia, salvo unos años de su infancia”, explica.

¿Buenos Aires, Azul, Venecia... o Hvar? Una decisión y un suceso inesperado
Celia terminó su viaje en Venecia, donde vivía Marco y donde volvió a encontrarlo para compartir días inolvidables y experimentar la primera despedida en Roma. A partir de entonces nació la relación a distancia, compleja, que devino en la decisión de vivir en Argentina.
“Vivimos en Buenos Aires por dos años. Yo estaba muy plantada con mi trabajo, muy contenta, pero era muy demandante y estaba mucho tiempo fuera de casa. Marco nunca se había animado a cumplir su sueño de vivir en Hvar, así que cuando pensamos en formar una familia, tomamos la decisión de probar suerte allí”.

Viajar siempre había formado parte de la vida de Celia y Croacia se presentó ante ella como una nueva aventura. El camino hasta allí, sin embargo, fue rocoso. Primero arribaron a Italia, donde tenía la posibilidad de tramitar la ciudadanía, gracias a su bisabuelo. La idea era seguir viaje apenas fuera posible, pero entonces llegó la pandemia para desbaratar sus planes.
Quedaron confinados en la casa de su suegra, algo que resultó complejo por una sumatoria de factores: la convivencia en aislamiento, el miedo ante el panorama desolador que estaba viviendo Italia, sumado al golpe del desarraigo que pronto se hizo notar: “Había pasado de estar en mi país, con mi gente y trabajo, a estar encerrada y sin trabajar”.

La llegada Hvar, una isla croata idílica: “En Argentina todo es preocupación y charla política, entendí hasta qué punto eso afecta la cotidianeidad”
Cuando por fin arribaron a su destino se dejaron envolver por la atmósfera calma y tan ansiada. Celia quedó asombrada una vez más por el perfume en el aire, mezcla de romero, pino y lavanda, así como por sus playas y los bosques vírgenes de la isla más larga del Adriático, un lugar idílico disfrutado por turistas del mundo entero.

Celia contaba con la ventaja de haber llegado de la mano de su marido, a quien el pueblo siempre recibía como si fuera uno más de ellos: “La idiosincrasia de la gente de la isla es muy cerrada. En la ciudad de Hvar hay solo 3 mil habitantes, se conocen todos, quién es cada uno, quién es tu familia, entonces no llegar sola para empezar de nuevo y tener un marido considerado local lo hizo mucho más fácil. Eso sí, el límite del idioma es fuerte”.
“No sentí demasiado el choque cultural, nada que nos aleje mucho de nuestras costumbres. El mate lo reemplazan por el cafecito en la plaza, el punto de encuentro infaltable con amigos a toda hora del día para ver a la gente pasar y hablar de ellos”, dice con una sonrisa. “Lo que sí me llama la atención es que acá no se habla de política o economía, se vive despreocupado. En Argentina todo es preocupación y charla política, entendí hasta qué punto eso afecta la cotidianeidad”.

Trabajar en Hvar: una idea, un éxito y el nacimiento de un proyecto mayor
“¿Qué vamos a hacer en la isla?”, era la pregunta que inquietaba al matrimonio. La respuesta llegó de la mano de amigos, que tenían un centro cultural y con quienes decidieron organizar una “noche argentina”, aprovechando el afecto de los croatas por el país austral: “Muchos se fueron a vivir para allá, también hay muchos argentinos por acá; a su vez son fanáticos de Gabriel Omar Batistuta, como dicen ellos, y está el vínculo con Iván Vučetić, nacionalizado argentino con el nombre de Juan Vucetich Kovacevich, que es oriundo de la isla”.
Si bien Celia había estudiado ciencias políticas, entre los tantos otros cursos que realizó había hecho uno de charcutería, que la inspiró para la “noche argentina”, con chorizos caseros, al igual que el pan, acompañado por chimichurri y salsa criolla. Al evento llegaron unos cuantos argentinos de Split, la segunda ciudad más grande de Croacia, así como locales, varios vestidos con la remera de la selección y dispuestos a ayudar: “Se llenó de gente, salió hermoso. Ahí empezamos a pensar en hacer algo así de manera permanente”.

Casi de inmediato, a Celia y a Marco les ofrecieron un espacio, más específicamente un patio en la plaza central que los conquistó y los desafió a ir más lejos: “Nos dimos cuenta de que más que un chori al paso, debíamos poner un restaurante”.
Celia quería buscar un nombre croata para el local, pero la mayoría le sugirió que debía ser argentino, para comunicar el espíritu del lugar. Ella pensó en su abuelo, Armando Alberto, en su padre, Luis Armando, en su hermano, Facundo Armando y, así, también con un guiño hacia Diego, surgió “Don Armando”.

“Don Armando”, un desafío difícil que se transformó en un lugar de encuentro para vivir un ambiente 100% argentino
Abrir el restaurante costó mucho. El matrimonio luchó con la burocracia croata y trabajó a pulmón para concretar el sueño. Tras idas y vueltas, el 3 de julio de 2021 nació “Don Armando” y a los veinte días nació Emma, su primera hija, un desafío en todo sentido en el que Celia tuvo la fortuna de estar acompañada por su madre.
El matrimonio había estrenado su paternidad y juntos se sumergieron en un universo laboral que apenas conocían. Crearon el logo, diseñaron la carta, se hicieron del equipamiento, los muebles, Celia hizo estudios comparativos, contactó proveedores de carne argentina y se aseguró de crear recetas de su tierra totalmente caseras y 100 % con carne argentina: “Es todo súper artesanal, hacemos la masa de las empanadas, los rellenos, las salsas típicas, el dulce de leche, la chocotorta, los chorizos y tanto más”, cuenta con orgullo.

“Se nos abrió una hermosa oportunidad y lo más lindo fue la ayuda que recibimos, un amigo pintó un mural e incluso cuando un carpintero no llegaba a cumplir el trabajo, un vecino artista y dueño de un bar nos ayudó a construir lo faltante. También vino mi prima y su marido a darnos una mano y entre todos logramos montar `Don Armando´. A pesar de ser nuevos el primer año nos fue muy bien, es un centro de encuentro. Tenemos la esperanza de que vaya aún mejor y crecer cada día un poquito más”.
“Con nuestro proyecto en marcha, acá encontré una diferencia abismal en la calidad de vida, de venir de vivir en la vorágine de Buenos Aires, pasé a vivir en una isla con pocos autos, donde en el casco histórico es todo caminando. Cada día para ir a `Don Armando´ voy bordeando el mar y es increíble. Fue un cambio muy grande también en relación a la seguridad, incluso dormimos con la puerta abierta. Sí, es real que en agosto explota y está sobrepoblada la isla, pero el resto del año es muy tranquilo”.

Las lecciones en el camino: “Aprendí a escucharme y entender que necesitaba cambiar de estilo de vida”
Para el invierno europeo de la transición al año 2022, Celia regresó junto a su familia de visita a la Argentina. Retornó a las calles de Azul a reencontrarse con sus seres queridos y ese volver a verse fue impactante. Argentina y su gente la recibieron transformada, no solo por la isla, que ya estaba impregnada en su mirada y su andar, sino por su maternidad.
Hoy, al repasar su historia, Celia reconoce que lejos ha quedado aquella vida agitada en las calles de Buenos Aires. Un viaje a la India seis años atrás fue suficiente para, de a poco, cambiar su destino y dejar atrás ese paréntesis porteño que le dio mucho, pero que no forma parte de su esencia.
“En Hvar aprendí a vivir de otra manera, yo era una loca del trabajo. Fue una etapa que disfruté mucho, pero también aprendí a escucharme y entender que necesitaba cambiar de estilo de vida, volver en realidad a los orígenes. Quería que nuestra hija tenga esa posibilidad de vivir en un entorno verde y tranquilo, jugando con los chicos en la vereda”.

“Hoy el tipo de trabajo que hago es distinto, las preocupaciones son otras, esta forma de vida me transformó y lo estamos disfrutando muchísimo”, asegura, mientras se escucha un tango de fondo. “En el camino, la vida me está enseñando a ser madre, a gestionar un restaurante. Hay desafíos más grandes y más chicos, pero de todo se aprende y aprendemos de los demás. Agradezco a cada persona que nos ayudó y nos ayuda en el camino. Hay que estar atentos, escuchar a los demás y ser agradecidos. Estar acompañado por la familia y los amigos es lo que te da fuerza para seguir adelante”, concluye.
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