Enfrentar la mirada ajena sin ropa, pudores ni Photoshop
Inspirada en Renoir, una cronista se desnuda y posa como modelo en una clase de dibujo
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Muchos coincidirán conmigo en este dogma cinéfilo: los avances suelen ser lo mejor de ir a ver una película. Justamente eso pensé cuando vi el encantador trailer de Renoir , que sigue la relación del gran artista francés con una de sus modelos. La joven y hermosa Andrée, de espíritu libre y rebelde, posa desnuda y vuelve a inspirar a un Renoir avejentado, torturado por la artritis en las manos. El mismo que dijo que "en el arte, la carne es todo lo que importa; quien no entendió eso, no ha entendido nada", y también el que afirmó: "Nunca hubiese sido artista si las mujeres no tuviesen senos".
Hasta ese momento, Renoir había sido para mí algo mucho más simple y abstracto: un afiche enmarcado en la casa familiar, en el que hombres y mujeres (ellos, de trajes oscuros; ellas, con vestidos esponjosos) conversaban y bailaban bajo la sombra de un árbol, durante una tarde que parecía hecha de algodón. Pero de pronto, durante esos pocos minutos, el pintor se me reveló como una persona de carne y hueso.
Aun así, la pregunta de cómo pasé de una inocente salida al cine a buscar un taller de pintura para el cual posar como modelo viva (por si queda alguna duda: sin ropa, nada de nada ) no puedo ni siquiera respondérmela a mí misma. Creo que fue una mezcla de impulso y curiosidad. Quizá también un deseo de ser algún día una abuela interesante, con anécdotas y aventuras para sorprender a mis nietos...
La cuestión es que ese futuro es todavía muy lejano. Hoy, ahora mismo, voy a tener que hacer cuatro poses diferentes, de 25 minutos cada una, sentada en una silla, bajo la luz directa de una lámpara de estudio, frente a un profesor y sus cuatro alumnos, todos hombres. Y no, no habrá Photoshop que venga a socorrerme.
Llegué hasta esta casona antigua de Villa Urquiza por recomendaciones de amigos que me hablaron de un lugar "serio", con "gente de confianza". Los salones son amplios y hay un dejo de aroma a sahumerio. Maxi, el profesor, me recibe con calidez y me pregunta por el viaje con su voz pausada y tranquila. Los alumnos todavía no llegaron.
Después de la charla de rigor, entro al baño y, casi sin pensarlo, me saco la ropa. El espejo me recuerda mi cara tensionada, mis piernas medio chuecas, los kilitos de más en mi panza... Me dejo sólo un vestido ligero como única prenda. Mis pies sin medias ni zapatos, sobre las baldosas frías, anticipan lo expuesta que voy a estar en unos minutos.
Me suelto el pelo y me quedo mirando mis uñas despintadas: ya no me queda ningún artificio, sólo este vestido negro que también está por abandonarme.
Tomo aire, entro nuevamente al salón y voy directo al rincón de la silla. Ahí están ya los cuatro alumnos, ordenando pinceles y sacando punta a los lápices. Última chance para salir corriendo. Pero me quedo. Me entrego.
"¿Y cómo me pongo?", le pregunto bastante nerviosa a Maxi. "Hacé lo que te salga, lo importante es que te sientas cómoda", me responde.
Antes de empezar, cubre con una sábana blanca la silla en la que voy a estar las próximas dos horas, bien al lado de la estufa que acaba de prender y que va caldeando el ambiente. ¿O soy yo la que está sudando?
También acomoda la luz de estudio, demasiado fuerte para mi gusto, que apunta directamente hacia mi lugar asignado.
Entonces sí: apoyo la barbilla sobre una mano y me concentro en un punto fijo en la pared para no hacer contacto visual con ninguno de los alumnos. De repente, escucho un "jushhhh jushhhh"; algunos ya empezaron a trabajar. No me animo a moverme. Maxi se ríe: "Con estos chicos no te podés quedar ni un segundo quieta. Bueno, les doy cinco minutos, luego empezamos en serio, ¿sí?".
Ser una musa
Agradezco por este momento de gracia y por la música clásica que suena de fondo, pero el tiempo de descuento llega a su fin.
"¿Vamos?", pregunta Maxi. Un, dos, tres y ya está. El vestido quedó en el piso, a kilómetros (psicológicos) de donde yo poso desnuda. Cruzo piernas y brazos, me inclino a la derecha, bajo la mirada. Se inician los "jushhhhh, jushhhhhh" y el sonido, extrañamente, me reconforta. Es que por cada dos segundos que me observan a mí, pasan otros diez o quince absortos en sus tableros, atriles y cuadernos.
Sin darme cuenta, voy dejando atrás ese pensamiento obsesivo que me torturaba con la idea de mi desnudez. Para mi sorpresa, tengo toda mi concentración puesta en quedarme lo más quieta posible para que estos artistas puedan hacer bien su trabajo. Me arden las ganas de espiar lo que están haciendo, de distender el cuello, de cambiar la posición de mis piernas; sin embargo, apenas pestañeo. El pudor y la vergüenza pasaron a un segundísimo plano: quiero ser una musa.
Para la segunda pose, me animo a descruzar las piernas, poner los brazos a los costados (dejando un poco más al descubierto) y reposar la mirada en un horizonte lejano. Uno de los alumnos se me acerca, agachado, y me mira fijo, como si yo fuese un fenómeno incomprensible. Más tarde, otro me dirá que el modelo vivo no tiene ninguna connotación sexual, sino que es "un problema por resolver".
La melodía del Cascanueces , de Tchaikovsky, me lleva a pensar en mi abuela, quien tiene afición por el piano y mil anécdotas divertidas. Una de mis preferidas es la de ella pupila en la escuela de su pueblo natal, donde las monjas la obligaban a ducharse con el camisón puesto, aun si estaba sola en el baño. Supongo que mis nietos escucharán otras historias bien distintas...
Para la tercera pose, ya me siento toda una profesional. Casi cualquier postura fija por media hora tensiona los músculos, pero descubro que una respiración profunda, casi meditativa, me ayuda a mantenerme inmóvil prácticamente sin molestias. Pienso en cómo voy a acomodarme para la última, pero Maxi interrumpe con un anuncio inesperado: "Eso es todo por hoy". ¿Cómo? ¡Si ya había decidido cómo hacer la cuarta! Pero resulta que son las diez de la noche y ya es tiempo de terminar la sesión.
Me voy a vestir al baño y, esta vez, el espejo me devuelve un reflejo mucho más benévolo: es la satisfacción de haberlo logrado.
Me resulta raro volver al mismo salón con jeans y suéter, completamente cubierta. Pero más extraño aún es verme multiplicada en los que me parecen infinitos dibujos. Sucede que, como cierre, los alumnos exponen sus trabajos en el piso para que el profesor dicte su veredicto. Ahí estoy, transformada en una especie de sirena etérea, con pelo azul brillante. En otro, hecho en blanco y negro, soy sólo un rostro en primer plano que transmite una paz absoluta. En cambio, hay un tercero cuya expresión es amargada, rozando la angustia. Más allá, en una hoja salpicada de manchas de tinta acuosa y multicolor, apenas reconozco mi perfil. Pero en esa otra puedo ver a la perfección mis manos resecas (iguales a las de mi papá), los meñiques torcidos de mis pies, mis venas azules, mi pelo abundante y ensortijado. Soy de lápiz, de carbonilla, de marcador, de tinta. Soy todas ellas y no soy ninguna. Soy parte de lo que aparece, de lo que se insinúa, pero no soy el todo.
Maxi y los chicos hablan de forma extraña, como si fuera otro idioma. Donde yo veo mis partes más íntimas, ellos ven líneas, valores, sombras, ganancias. En otras palabras, ellos ven técnica, oficio. Y entonces comprendo que, si yo desnudo mi cuerpo, ellos desnudan su talento. No son mis partes privadas las que pasan el verdadero escrutinio, sino su capacidad artística.
Vuelvo a casa en el mismo tren en el que viajé nerviosa unas horas antes. Es como si acabara de habitar un mundo donde se suspenden las reglas de la vida común y corriente. Lejos de considerarme imperfecta o defectuosa, me veo cómplice de algo valioso, necesario: la belleza del arte.
Por eso, a pesar de tener el cuerpo bastante contracturado, posaría de nuevo sin pensarlo, porque es mucho mayor el placer de haberme sentido parte de esa alquimia. Al final, Renoir tenía razón: el dolor pasa, la belleza permanece.
Para aprender a dibujar con modelos vivos
Maxi Muñoz dicta sus talleres los martes, de 19 a 22, en Casa Presa. También organiza Jams de Dibujo con modelo y banda de jazz, dos viernes al mes.
Más información: formasdeverformas@gmail.com






