“Era facherito, pero actuaba pésimo”. De mecánico a verdulero: el azaroso camino del productor de novelas que marcaron época
Alejado de los medios, Quique Estevanez habla sin reservas de su infancia, el recuerdo de sus padres, sus primeros trabajos y de cómo alcanzó el éxito en un mundo para él desconocido: el espectáculo
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Antes que nada, se considera un buen comerciante. Piensa que su éxito en el mundo del espectáculo fue gracias a su olfato a la hora de hacer negocios. “Yo no nací para ser productor de televisión o de teatro... era un ‘facherito’ que un día hizo una publicidad y eso que de lindo era un seis o un siete cuando Camero, para dar una referencia, era un diez. A partir de ahí me empecé a vincular. Lo que sí, era muy rápido para los negocios, por eso me fue bien”, asegura Enrique ‘Quique’ Estevanez.
No reniega de su pasado humilde, por el contrario siente la satisfacción de haberse criado en una familia que le inculcó el valor del trabajo. “Siento orgullo de haber empezado de abajo porque eso fue lo que más me enseñó”, dice el segundo hijo de un matrimonio de inmigrantes españoles que vivían en el barrio de Almagro. “Nací en una familia de clase media baja. Mi mamá era ama de casa y mi padre era fotograbador en una empresa que estaba en Lambaré y Sarmiento, una especie de imprenta. Él trabajaba de lunes a sábados, de ocho a seis de a tarde, y todos los días almorzaba con nosotros en casa”, cuenta.
En el living de su departamento en Núñez, al momento de repasar sus “setenta largos” (”siempre di menos edad”, aclara), Quique parece haber vivido más de una vida.
Antes de desembarcar en el mundo del espectáculo, hizo de todo: fue cadete, tornero, mecánico, adiestrador de perros, tuvo un gimnasio y también una verdulería. Casi no le quedó rubro por descubrir. “Yo era muy inquieto y siempre trabajé. En casa, todos teníamos que hacerlo porque éramos muchos... ¡Cinco hermanos! ¡Éramos un nido de ratas! ¡Nos volvíamos locos! No es como ahora, que uno entra a trabajar en un lugar y tenés un buen sueldo, antes capaz que trabajabas por la propina”, cuenta.
-¿Llegó a pasar necesidades, Enrique?
-No, porque mi padre y mi madre convirtieron la familia en un clan. Nos educaron de una manera tal que todos colaborábamos. Me acuerdo que en una época trabajaba en una verdulería y los fines de semana me daban un canasto con frutas. Con eso, mis hermanos y yo preparábamos una ensalada enorme que comíamos durante toda la semana: uno lavaba la fruta, otro le sacaba lo que estaba feo, otro la cortaba y otro hacía el jugo. Nos dividíamos las tareas entre todos.
-¿Qué recuerdo tiene de su paso por la escuela?
-Hice la primaria en la escuela Manuel Sola, que estaba en la calle Lambaré. No era buen estudiante. Repetía los grados fácilmente. No me gustaba estudiar. No entendía nada. A mí me gustaba mucho la industria, todo lo relacionado con el taller mecánico, la tornería, matricería, producción, bobinaje de motores, eso fue lo que nos inculcó mi padre.
Quique estaba dispuesto a trabajar “de lo que fuera” con tal de no ir al colegio, pero pronto entendió que no iría a ningún lado sin estudio: “Cuando empecé a trabajar de tornero tenía que hacer mediciones muy precisas. Un día tenía que medir con un calibre algo que media 9 milímetros y tres décimas y yo pensaba ‘¿qué cuerno es esto de la décima?’. Entonces le preguntaba a mi hermano mayor, Freddy. Y ahí entendí por qué mi papá me inculcaba tanto el tema estudio”, dice.
Quique decidió terminar el secundario. “Fue muy gracioso porque en la mesa familiar dije: ‘voy a estudiar’ y todos se rieron. Nadie me creía. Decían ‘terminó sexto grado a las trompadas... ¿y ahora quiere estudiar?’. Pero se equivocaron. Empecé a estudiar y por las noches mi hermano me ayudaba a entender lo que no sabía, así me recibí de técnico de fábrica, tenía casi 20 años”, añade.
-¿Y cómo aparece su interés por el mundo del espectáculo?
-Desde chico me gustaba actuar, aunque era tímido. Siempre que había una obra en la escuela, me llamaban. Cuando tenía 10 años me vio actuar gente del Teatro Lavardén, de donde salieron Bárbara Mujica y Oscar Rovito, que eran más o menos conocidos, y me invitaron a tomar las clases de actuación. Pero cuando le conté a mi mamá, ella me dijo que no podían pagármelas: “Si te llevo ahí tus hermanos no van a comer”, me dijo. Así que fue algo que quedó inconcluso...
Aún recuerda cómo, en uno de sus trabajos, se las arreglaba para escuchar el radioteatro de El galleguito de la cara sucia. “Yo tenía que limpiar cinco tornos antes de irme y siempre dejaba para el final el que estaba cerca de la radio. Los episodios duraban media hora y me enganché... sentía que tenía vocación para el mundo del espectáculo”, recuerda.
“En un momento me mareé: salía del canal y me pedían autógrafos”
Quique no podía sacarse la actuación de la cabeza. “Yo quería actuar y, como soy muy preguntón, empecé a averiguar. Me recomendaron que fuese a una empresa que se llamaba Estudio Latino... Y fui”, dice.
-¿Qué dijeron sus padres de su interés por la actuación?
-Mis viejos me acompañaban en todas, mientras fuera con honestidad. Pero tenía que trabajar. Primero había que tener ocho horas de trabajo como mínimo, después de eso podías hacer lo que quisieras desde jugar a la pelota o ser astronauta. Pero si no laburabas en casa, la cosa se ponía fea.
Fue así que Quique se las arregló para mantener su trabajo en un taller mecánico y en sus ratos libres despuntaba el vicio de la actuación. “La primera publicidad que hice fue una de unos vinos, después me llamaron para hacer otra de Jockey Suaves y también hice algunas fotonovelas. Y así empecé, casi jugando”, recuerda.
-¿Cuál fue su actuación más importante?
-Una novela en canal 13 que se llamaba “Una promesa para todos”. Se trataba de un internado en el que Leonor Benedetto era la celadora con poder y yo era un interno. Después de esa novela me empezó a ir muy bien, desde ese momento comenzaron a llamarme desde las agencias de publicidad... y yo no entendía nada.
-Imagino que para ese entonces ya había tomado clases de teatro.
-No. Nada, era un caradura. Hice unos meses con Roberto Durán. Luego de esa novela, me llamaron para una publicidad de Molinos Rio de la Plata. Tenía que decir: “¡Qué buena masa!”. Nada más. Fue una publicidad importante para mí, descolló.
Quique ya se había casado con María del Carmen Cuomo, la mamá de sus hijos, Sebastián, Diego y Sol, y de quien se separó hace más de dos décadas.
-¿Vivía de la actuación?
-No... vivía de mi trabajo. Yo vendía de todo, era buen vendedor. En esa época, todo lo que podía hacer para ganarme unos mangos, lo hacía.
-Un emprendedor nato.
-¡Era re emprendedor! De todo inventaba algo. Tenía un taller de chapa y pintura en Boedo con el que me fue muy bien. Yo era el dueño y después los asocié a mis hermanos y trabajábamos en familia. Después empecé a vender algunos autos.
-Entiendo que también tuvo una verdulería.
-En el medio de todo esto, al lado de mi casa vivía la abuela de Juan José Camero, que en esa época era modelo y después se hizo actor. Con Juanjo nos hicimos amigos. Su padre y su hermano tenían una cadena de verdulerías, entonces un día decidí poner una. Ellos me proveían las verduras y frutas, hasta que un día me enojé porque no me llevaron cebolla. Me decían que había sequía pero era mentira. Querían hacerme creer que había que ir a la facultad para vender verduras... Me enojé. Y después me puse otras verdulerías para hacerles competencia. Pero no era para mí, por eso dejé la verdura y volví al taller.
Con todos sus ahorros, Quique compró una propiedad en Colombres 770, en Boedo. “Era un taller de 10 metros de frente por 20 de fondo que fui agrandando. Compré de a uno los departamentos que se vendían a la vuelta. Trabajaba mucho, desde 7 de la mañana hasta las 11 de la noche. La mamá de mis hijos me acompañaba un montón, era muy gamba”, recuerda.
Por recomendación de un amigo arquitecto, decidió poner un gimnasio y una heladería. “Fui a ver un gimnasio por Belgrano que era imponente, como se usaba en Estados Unidos. Así que trate de copiarlo y me fue re bien... Trabajábamos todos ahí. Adelante puse una heladería”, agrega.
-Pero en el medio siempre estaba la actuación...
-Sí, siempre. Después de “Una promesa para todos” trabajé en “El calor de tu piel”, en Canal 11. Los protagonistas eran Marta González y Adrián Ghio, que después lamentablemente murió en ese trágico accidente. Pero yo tenía muy buena onda en la vida con Adrián, nos habíamos hecho amigotes. Yo era un perro actuando, pero como era amigote, jugábamos.
-Digamos que compensaba la falta de técnica con otros recursos...
-Claro. Desde ahí me empezaron a llamar como si fuera bueno, pero era un perro... tal vez un poco “facherito”, pero nada más. Empecé a hacer publicidades. En una ofrecieron pagarme lo que valía un Torino... ¡era mucha plata! En un momento me mareé, me estaba volviendo loco: cuando salía del canal me pedían autógrafos... En ese momento yo no estaba preparado para algo así. Llegaba a mi casa y por ahí no había queso rallado y yo decía ‘¿Cómo no hay queso?’. Y mi señora decía ‘vos dame plata y te compro una quesería’... Claro, no teníamos plata. Lo que pasa es que te confundís porque en muchos lugares te tratan como un rey y después llegás a tu casa y no nada, ni un poco de queso rallado, porque la realidad era otra.
“Producciones QQ”
-¿Cómo se convierte en productor de espectáculos?
-Cuando me asocié con el gerente de producción de Canal 13, Enrique García Fuertes, para hacer una temporada de teatro en Mar del Plata. Ahí armamos “Producciones QQ”, porque a los dos nos decían Quique.
-¿Cómo fue la relación?
-Él sabía mucho del mundo del espectáculo y yo sabía de la vida, de la calle: te podía vender lo que quieras. En realidad, yo era el socio capitalista, pero tenía derecho a opinar y esa fue una cruz para él porque terminé superándolo y casi termina siendo mi empleado. Era un tipo muy elegante, formal y fachero, pero le importaba más tener un zapato de Botticelli que hacer un buen negocio. Y a mí los zapatos y las marcas me importaban tres pitos, yo podía andar en alpargatas, solo quería crecer a cualquier precio, siempre con honestidad.
-Finalmente llevaron una obra al teatro Provincial de Mar del Plata.
-Llevamos una obra que la eligió él. Me acuerdo que me dijo: “No hay tiempo para preparar nada porque estamos en noviembre, así que yo buscaría un clásico”. Cuando me decía eso yo pensaba en ballet... ¡Era una bestia, no entendía nada! Él propuso hacer “Boeing-Boeing” y la hicimos. Bah... la hizo él, porque yo era el capitalista. Pero ojo, fui aprendiendo.
-¿Y cómo les fue con aquella primera obra?
-Zafamos. Lo bueno es que al hacer temporada en Mar del Plata, pasábamos ahí los veranos en familia. Pero después de la tercera temporada me cansé: Quique sabía mucho, pero se hacía “el importantito” y era “ñañoso”. Así que un día le dije: “Quique, está todo bárbaro, vos sos un genio, yo aprendí mucho a tu lado y te quiero, pero te compro tu parte o te vendo la mía”.
Quique recuerda, entre risas, el día que compró la parte a su colega García Fuertes. “Fuimos a Il Vero Mangiare, pero para mí ir a comer a un restaurante todavía era un lujo. No estaba acostumbrado. Me servían vino y como nunca fui de tomar mucho, cuando Quique se daba vuelta yo vaciaba la copa en una maceta. En un momento, me dijo: ‘Vamos a hacer una cosa, en un papelito pone cuánto me pagarías a mí por la productora y yo pongo cuánto te pagaría a vos. El que pone la cifra más alta se queda con el negocio’. Yo no tenía un peso, pero era comerciante, así que puse una suma mucho menor a la que él se hubiese imaginado. Aún así, me dijo que me vendía su parte”.
El antes y el después en su carrera
Después de que disolvió la sociedad, Quique hizo varias temporadas en Mar del Plata con reconocidos artistas como Carlos Calvo, Claudio García Satur, Jorge Porcel, Jorge Guinzburg... pero el éxito llegó con “Crecer con papá”, la obra que marcó su carrera.
-¿Cuál fue la obra que marcó un salto en su carrera como productor?
-Elio Eramy era el autor de “Crecer con papá”, un tipo macanudo. Esa tira estuvo protagonizada por Alberto Martín y Lorena Paola. Un día Elio me dijo “¿Por qué no la producís vos?”. La hice en Mar del Plata, en el Teatro Atlantic. Perdí 200 dólares. Fue la primera vez que perdí en un negocio, pero perdí para ganar. En esa época, el gerente de programación de canal 13 me dijo “¿Me dejás arrancar en la tele con ‘Crecer con Papá?”. Empezó y le fue muy bien. Yo no entendía como a la misma historia le iba bien en la tele y mal en el teatro. Hasta que un día publicitaron la obra en el programa de televisión y vino muchísima gente. Fue un éxito. Esa obra marcó mi carrera, fue un antes y un después.
“Crecer con papá” fue el programa más visto de la televisión en 1982. En teatro, durante las vacaciones de invierno, llegó a tener cuatro funciones diarias. Sin embargo, los historiadores de la televisión la recuerdan como el antecedente de “¡Grande pá!”, el éxito televisivo de los 90 que superó los 60 puntos de rating. ¿Por qué? Estevanez vendió los libros de “Crecer con papá” a Gustavo Yankelevich que tras algunas modificaciones los presentó como “¡Grande pá!”.
“El amor siempre garpa”
A partir de ahí, la carrera de Quique fue en ascenso. Le siguieron nuevos éxitos, como “Los médicos de hoy”, “Los buscas de siempre”, “Infieles”, “Se dice amor”, “Dulce amor”, “Somos familia” y “Camino al amor”. Sus hijos participaron en varias de sus tiras. “Yo quería que estudien en la universidad, pero inexorablemente ellos se terminaron metiendo en la actuación porque desde chiquitos me ayudaban en la boletería en Mar del Plata. Éramos como Los Campanelli y por eso el éxito, es en realidad, de toda la familia”, dice.
-¿En qué se inspira? ¿Qué es lo que no puede faltar en una de sus producciones?
-Fundamentalmente, el amor. Porque el amor siempre garpa, es lo más lindo que hay. Todo es amor.
-¿Cómo se financia una ficción?
-No te la financia nadie, tenés que poner la plata vos. Te la jugás y ahí se acabó la lengua. Llega el día que hay pagar y sino no sacás la plata te hacen un paro.
-Hace un tiempo se quejó sobre el alto cachet de los actores argentinos y algunos salieron a responderle. ¿Sigue pensando lo mismo?
-El actor argentino está muy bien pago y la industria no crece mucho por todo esto. Un actor que simplemente diga “La mesa está servida” -y que por eso está considerado actor- gana un bolo que es muy alto, no sé exactamente cuánto está hoy, pero te aseguro que es mucho más que lo que varios ganan por estar trabajando todo el día. Pero esos convenios terminan perjudicando la carrera de los actores porque si uno quiere hacer una novela se encuentra con unos costos altísimos. ¿Quién hace novelas en la Argentina? Nadie. El único héroe fue Adrián Suar, después estoy yo y dos o tres más... Y eso pasa porque producir es muy caro. Un protagonista capaz que gana más que un gerente de un banco. Hay actores que lo valen, pero otros que lo hacen porque eran lindos o simpáticos... como lo fui yo. Hoy no hay novelas en el aire, ahora sabés por qué.
Sobre el final de la entrevista, Quique hace una reflexión sobre su vida. “Creo que tuve la suerte de que ‘el barba’ dijo ‘Lo vamos a ayudar a este tipo que laburó bastante’”. Y si bien reconoce que hoy está alejado de los medios, piensa que pronto algo se le va a ocurrir porque el show business es su pasión.
Mientras tanto, fiel a su estilo, tiene un nuevo proyecto entre sus manos: “En el 98 compré un terreno en el Tigre que supuestamente ‘era una porquería’ y mis hijos me querían matar, me decían que estaba loco. Yo les trataba de explicar que me habían asegurado que iban a poner una ruta... Y por esas cosas de la vida, esa tierra hoy vale una fortuna. Está frente a Nordelta y ahí estamos trabajando para poner un barrio cerrado con mis hijos”, cuenta.
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