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Facundo Arana

Las estaciones de un actor

Detrás del protagonista de 009 Central hay una batalla ganada a la enfermedad y la certeza de que la popularidad debe servir para transmitir un mensaje positivo
Paula Urien
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9 de junio de 2002  

“Ahora, llamame galán... Pero yo sé lo que es bajar 10 kilos y afeitarse la cabeza para hacer un personaje, que además tiene mucho de autobiográfico”, dice, en medio de la entrevista. La charla transcurre en la moderna sala de reuniones de los estudios de Pol-ka, donde Facundo Arana llega todos los días a las 7.30 de la mañana para grabar 099 Central, la exitosa tira policial emitida por Canal 13 y producida por Suar.

Afuera de los estudios, una decena de chicas lo espera bajo la lluvia. “Si estuvieron afuera varias horas esperando un autógrafo, sería muy feo de mi parte no dárselos”, dice. Pero rápidamente deja de lado la posibilidad de que se lo vincule con un lindo envoltorio. “Esta profesión es una buena oportunidad para decirle a alguien que no está muy bien: Adelante, vamos con todo. A veces, un padre le dice a un chico con problemas que se levante, y el chico no le hace caso. Pero quizá ven al que aparece en la televisión que le dice Dale, loco, para adelante, y eso les da fuerza. Ahí pienso que no me equivoqué de profesión y entonces me dan ganas de levantarme todos los días y venir a laburar.” A partir de Muñeca Brava, la novela que protagonizó junto a Natalia Oreiro, la carrera de Facundo comenzó a tener proyección internacional. Por este trabajo ganó en Israel el premio Viva 2000 al mejor actor de la telenovela latinoamericana. La selección fue realizada por más de 100.000 espectadores que votaron por sus favoritos.

En Internet hay páginas Web que hablan sobre el actor en los países más diversos: Chipre, Rusia, Polonia, República Checa, Eslovenia, Turquía, Creta, Hungría, Canadá. Recibe por día cientos de mails de todo el mundo. En estos días le hicieron un reportaje para la televisión húngara porque Yago, la novela que se emitió el año último por Telefé, es allí un éxito. Y también lo entrevistaron para Episode, una revista rusa.

El éxito no lo toma por sorpresa. Si de algo se ufana el actor es de haber transitado sin prisa y sin pausa el camino hacia el ascenso, hasta llegar a ser disputado –en tiempos de crisis– por dos potencias de la televisión: por un lado, las autoridades de Telefé apostaban a repetir el éxito de la fórmula Arana-Oreiro. Por otro, Suar lo puso en su mira. Fue éste quien finalmente ganó la pulseada y logró llevárselo para encarnar a un policía implacable, que se debate en el plano sentimental entre los personajes encarnados por Nancy Dupláa y Paola Krum.

Antes que galán, galante, Arana ofrece su brazo para hacer un tour por el estudio. Muestra los decorados, las cámaras, las luces. Da una explicación sobre la isla de edición, sobre la manera de grabar. Se nota en él un entusiasmo por cada una de las piezas que conforman el engranaje del programa.

“De todos los trabajos que he hecho, lo que noté acá (en Pol-ka) diferente es que las cámaras forman parte de la vida de los personajes. No falta la cuarta pared (aquella que generalmente no está presente en los estudios para que las cámaras puedan grabar desde distintos ángulos). Esto se puede lograr porque ahora las cámaras son mucho más chicas y manuables”, explica.

Confiesa que le gustaría ocuparse de todo lo que tiene que ver con la grabación, pero que necesita emplear su tiempo para “afinar el instrumento”.

El instrumento, es decir, él mismo, comenzó a afinarse en 1987, cuando tenía 15 años, y acompañó a un amigo a una clase de teatro que daba Alicia Muzzi en el colegio La Salle. Ahí descubrió que existía otro mundo, además de su familia, el exclusivo colegio Moorlands, en Tortuguitas, y sus clases de taekwondo. Cuatro años de clases con Betiana Blum y varios trabajos menores en televisión fueron parte de su aprendizaje.

Pero a la hora de actuar, no pone en práctica un método convencional: “Para encarnar a un policía aguerrido me sirve más haber visto SWAT y Arma mortal que guiarme por el método de Stanislavsky. Lo digo con respeto. Si hago una obra de teatro, voy a investigar qué método me va a servir más”.

No siempre le gustaron los personajes que le tocó interpretar, pero sabe que todos merecen su comprensión. “El loco, el villano, el malvado, el borracho, tienen su razón de ser. De otra manera, cuando el director dice ¡acción!, el personaje debería decir: No estoy de acuerdo con lo que soy.” Tan difícil como afortunado, su oficio le merece constantes reflexiones que nunca logran saldar el misterio. Por eso, tal vez, apela a una anécdota reveladora: “Parece que Dustin Hoffman se autoflageló para interpretar lo mejor posible el personaje de un rengo en Perdidos en la noche, poniéndose, por ejemplo, piedras en los zapatos. Cuando le contó lo que había hecho a Laurence Olivier, el veterano actor le contestó: Pero, ¿no probó actuar?”

De Ibsen al mal de Hodgkin

“En lo único que se tocan la televisión con el teatro es en que los dos cuentan un cuento, y los dos tienen mucha magia. Pero el proceso es diferente”, dice el actor.

Incursionó en el off hace varios años, y en el género musical con Chiquititas. Y, si le dieran a elegir una obra clásica para interpretar, no dudaría en inclinarse por Peer Gynt, del noruego Henrik Ibsen (1828-1906). El protagonista que da nombre a la obra es un simpático y oportunista antihéroe. Y el actor lo siente a su medida: “Tiene magia, locura, inocencia. Hasta tengo el fisique du role para interpretarlo: alto, desgarbado, con el pelo rubio y un poco largo. Cuando la leí, me quedé loco, azorado. No te lo pierdas. Sobre todo, la escena en la que él entra a su casa y se encuentra con su madre moribunda. La escena habla de una gran preocupación de Peer por cuidar y proteger a los suyos. Y justamente la salud de los míos es mi único miedo. Necesito que estén bien, siempre, y doy mi vida por ello”.

Quizá porque él sabe que la salud es un bien precioso. Tenía solo 17 años cuando le diagnosticaron el mal de Hodgkin, un cáncer a los ganglios linfáticos. Se sometió a un tratamiento durante 10 meses, y a controles durante 5 años. Y se curó. “Creo que es importante que la gente sepa que tuviste determinada enfermedad considerada como uy, te tocó, fuiste y que eso no es así, gracias a Dios. Hay científicos y médicos que están todo el tiempo investigando perfeccionándose y avanzando, como Santiago y Miguel Pavlovsky, de Fundaleu (la Fundación para combatir la leucemia), o la Academia de Medicina.” Porque es un tema muy personal, y alertado por experiencias defraudantes en los medios, dice que quiere que su mensaje sea transmitido de manera correcta. “He cometido el error de hablar con gente que no entiende el concepto y que publica la novedad sin importarle demasiado el mensaje que quiero dar.”

Espejo de familia

Facundo quisiera tener una familia exactamente igual a la suya.“Aspiro a darles a mis hijos el mismo ejemplo que me dieron mis viejos. A transmitirles los valores que yo recibí y que hoy están bastante desdibujados. Son los que heredamos de nuestros abuelos, los valores de verdad: la educación, la confianza en nosotros mismos, el ayudar desinteresadamente, el amor por la patria.

“Mis abuelos se conocieron cuando tenían 15 años. Mi abuelo murió a los 83 años, y mi abuela sigue amándolo. Mis padres se casaron hace 32 años y se siguen profesando ese amor. Yo aspiro a lo mismo. Los discursos son muy lindos, pero mi viejo siempre me dijo que hay que predicar con el ejemplo. El hecho de ser ahora una figura que la gente reconoce tiene que servir para algo, porque si no, tu trabajo no sirve para nada.” Pero enseguida aclara que “uno no es quién para levantar el dedito. Tengo 30 años, realmente no me atrevería”.

Su infancia no tuvo grandes sobresaltos. Como único varón declara haber sido un molesto tirano con sus tres hermanas mujeres, pero que hoy día tiene la mejor de las relaciones con todas: “Los años no pasan en vano”.

Practica el surf desde los 9 años, por “el sentimiento de libertad que implica. Es la filosofía de mi vida. A la noche, me acuesto molido a palos. Le saqué hasta lo último a ese día. Si leo un libro, en seguida me pregunto por qué no estoy en el río haciendo algún deporte. La lectura la guardo para más adelante. Hay tiempo para todo”.

Pero, hasta ahí con su vida privada. Conocido por el modo de preservar su intimidad, el actor da sus razones: “ Cuanto menos se sepa de mí, más se va a interesar el público en el personaje. Trato de mantenerme un poco alejado del circo mediático”.

El actor de sí mismo

Azar, casualidad, o algo por el estilo. Un muchacho rubio, de pelo largo, toca el saxo en una estación de subte. Un libretista de televisión lo ve todos los días, porque toma el subte en la estación donde está el artista. Se inspira en él para crear un personaje de novela. Pero el joven también es actor, y se presenta a un casting, sin saberlo, para encarnarse a él mismo.

Transcurría 1992, y la recesión pegaba fuerte. “No encontraba trabajo en ningún lado. Un día, en la estación de subte de Corrientes y Callao un saxofonista que se llama Andrés me invitó a tocar con él en el pasillo del subte, porque vio que yo llevaba mi saxo. Cuando terminamos de tocar, él me dio parte de la plata que la gente había dejado. No la quise aceptar, pero él insistió. Me quedé con la plata y me fui a buscar mi estación de subte, que finalmente encontré en Pueyrredón y Santa Fe. Me iba todos los días desde las 6 de la tarde hasta las 10 de la noche.” Diez meses después llegó la oportunidad de su vida. Su profesora de teatro, Betiana Blum, lo entusiasmó para que se presentara a un casting en Canal 13. Cuando llegó al canal, había 3500 personas afuera, llenado una ficha. “Quedamos 27. Resulta que un día yo estaba en el canal y pasa Lito Espinosa, el autor, y me dice: ¡Vos sos Ramiro! Yo le contesté: No, yo soy Facundo Arana. Entonces me dijo que el personaje para el cual habían llamado a un casting estaba inspirado en mí. Así entré en Canto rodado, para interpretar a un saxofonista.” Su profesión le permitió el privilegio de volver a actuar su propia vida al interpretar a Rudi, en la novela Zíngara, con Andrea del Boca y Gabriel Corrado. “Rudi era un bohemio, un loco lindo, un personaje que toda familia bien tiene en su haber”, acota.

Enrique Torres, el autor, decidió que, para darle una vuelta de tuerca a la historia, Rudi se iba a enfermar de gravedad. “Pensamos que era una buena oportunidad para dar un buen mensaje. A Rudi le dignostican mal de Hodgkin. Yo le di a Enrique mi historia clínica y él tuvo una reunión con Santiago Pavlovsky. Yo tenía pelo largo. A la hora de las quimioterapias, me afeité la cabeza y bajé diez kilos. Pensé que, ya que la había pasado mal en su momento, ahora me iba a divertir con la enfermedad. Pero lo importante fue el mensaje: Rudi se salva porque hoy la enfermedad, si se empieza el tratamiento a tiempo, se cura.” Arana está convencido de que el trabajo de actor es una responsabilidad social. Intenta, según sus palabras, “no ensuciar de malas costumbres el inconsciente de la persona que te está mirando. Por eso no fumo ni tomo alcohol (a menos que interprete a un alcohólico). Todo lo que se hace en televisión es publicidad no tradicional. Me acuerdo que Don Johnson, en División Miami, fumaba Lucky Strike y hacía una mueca antes de prender el cigarrillo. Y yo, cuando era chico, empecé a fumar Lucky Strike y a hacer la misma mueca. Entonces, ojo con los mensajes”.

Agradecemos a Metrovías

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