
Fecha patria
Recuerdo una imagen de mi infancia. Era una fecha patria y hacía mucho frío, cosa natural en la Argentina, donde parece que en el verano se preparaban los acontecimientos importantes que se concretaban un 25 de mayo o un 9 de julio. Incluso nuestros grandes héroes murieron un 20 de junio y un 20 de agosto.
En Norteamérica y Europa las cosas eran diferentes, ya que la Revolución Francesa estalló un 14 de julio muy caluroso, y un 4 de julio con calores importantes Estados Unidos se impuso como nación. O sea, en el hemisferio sur el frío nos motiva y en el norte el verano los hace explotar.
Pero volvamos a mi tierna niñez. Tendría yo unos ocho años y, como era habitual en mi familia, se imponía el ir a ver el desfile militar con el que culminaban los actos patrióticos, que incluían fiesta escolar con alguna "estampa histórica" donde teníamos que hacer de San Martín o Belgrano. Mi colegio no era mixto, así que en las estampas no figuraban ni Mariquita Sánchez de Thompson ni las damas mendocinas. Pero el desfile era lo más excitante, y como unos amigos de mi padre tenían un departamento sobre la Avda. del Libertador, con varios balcones, allá íbamos con nuestros largavistas a aplaudir y vivar a la patria desde el privilegiado lugar mucho más cómodo y privado que el apretujamiento en las gradas o el alegre montón de la vereda. Había otra cosa que para mí marcaba la gran diferencia, y era el chocolate caliente, los pastelitos, masas y sándwiches de miga que estaban a nuestra disposición en la mesa del comedor y que eran devorados por los concurrentes, sobre todo por los más pequeños. Todavía recuerdo el tirón de orejas que me dio mi madre una vez al observar cómo de un solo bocado voraz hice desaparecer con la maestría de un ilusionista tres sándwiches de queso ( en aquella época no había triples, como hoy, y creo que fui un precursor de esa delicia gastronómica) .
Pero todo eso era lo de siempre, y hubiera ido a parar a esa zona de recuerdos perdidos por su rutinaria intrascendencia de no haber mediado un suceso, mejor dicho unos Sucesos argentinos , que así se llamaba el noticiero cinematográfico que informaba al país de lo acontecido cada semana. No debemos olvidar que en aquel lejano 1948 no existía la televisión, y esos noticieros proyectados en las salas de cine eran el único reflejo de la realidad.
Pues bien, aquel día una cámara enfocó nuestro balcón y a la semana siguiente casi me desmayo cuando me vi en glorioso blanco y negro, con mi sobretodo cruzado y una banderita en la mano, en un breve pantallazo. Claro, no había videos, no se podía rebobinar; eran sólo unos segundos y chau... Todos gritamos en el cine; papá, mamá, mi hermano y yo: "¡Mirá, ahí estás!", y fue el tema de la semana. Obviamente, hubo decepciones: algunas tías abuelas no me habían visto, y unos primos habían cometido el error garrafal de no ir al cine esa semana. Así que el debut cinematográfico había sido demasiado fugaz y al cabo de unos meses nadie lo recordaba. Fue entonces cuando aprendí el significado del término fugaz o su derivado, fugacidad.
Hasta ese momento la palabra sólo me sonaba a una abreviatura de fugaza, que junto con la fainá eran mi debilidad. Pero desde ese día también entendí qué le pasa también a la gente común y corriente cuando ve una cámara y sabe que va a salir en "cadena nacional", y se prepara, y saluda, y lleva pancartas identificatorias y celulares para eternizar el momento de fama. Es el estremecimiento de sentir que por unos segundos uno es alguien especial. Dura poco el goce, pero es un goce al fin. Por eso, cada vez que alguien me pide posar en una foto me acuerdo de aquel lejano invierno del ’48 , de los pastelitos, el chocolate, el invento del triple de miga y aquella perdida ingenuidad de agitar la banderita y quedar pasmado al verme por unos segundos en la pantalla del cine Gran Rex, nada menos, esa pantalla que unos minutos después iba a ser ocupada por "la Bette Davis" fumando como un vampiro. Eso sí, yo tuve muy claro el hecho de que para estar en esa pantalla algo más que unos segundos había que merecerlo con estudio y dedicación y no por pura casualidad. Ojalá lo aprendieran muchos aspirantes a famosos que más que conocidos son colados.
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El autor es actor y escritor







