
Fernando Cardoso, público y privado
Disfruta más de la vida académica que de la política y, además de los libros, confiesa que su debilidad son los dulces. Coqueto e intelectual, el antecesor de Lula en la presidencia de Brasil habla del poder y muestra sus dos caras
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El escritor que adora leer a Alexis de Tocqueville, el ex presidente de la República que soñaba de niño con ser un intelectual de prestigio, el brasileño que no es hincha de ningún club de fútbol y que se deleita escuchando Jesús, Alegría de los hombres, de Bach, está al filo de los ochenta años.
Fernando Henrique Cardoso, o simplemente FHC, como lo conocen a partir de sus dos mandatos como presidente de Brasil (1994-2002), nació un 18 de junio de 1931 en la ciudad de Río de Janeiro, en el seno de una familia de tradición militar. Cierta vez confesó que nunca le gustaron los cuentos de hadas y que quería llegar a presidente.
Casado con Ruth Correia Leite, una respetadísima antropóloga con la que tuvo tres hijos y que falleció por un problema cardíaco en 2008, fue senador, ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores, y ahora se divierte jugando a las cartas con su nieto. Tiene aire de profesor, es muy agradable escucharlo y, según cuentan, su performance aumenta cuando tiene ante sí una platea más limitada.
Es interesante conversar acerca del poder con este seductor por naturaleza, cuyo éxito con las mujeres es conocido en Brasilia. Fue público un juicio por filiación, el año pasado, de un hijo nacido de una relación extra matrimonial con Miriam Dutra, una periodista de la Red Globo de televisión.
Ambivalente confeso, admite que hay dos Fernando Henrique: uno público y otro privado. No mezcla su agenda política con la privada, ni sus amigos intelectuales paulistas de larga data con los conocidos de la capital. Le encanta decir que, en su caso, "la vanidad pasa por lo intelectual", aunque la coquetería lo llevó a hacerse un retoque en las bolsas de los ojos. Es muy cuidadoso con el dinero: cuando comparte una comida, comparte los gastos. Además de los libros y la política, su debilidad son los dulces. Ahora, en la fundación que lleva su nombre, en San Pablo -ciudad donde reside-, teje la trama de una estrategia para enfrentar a Dilma Rousseff, la candidata de Lula.
-Me animaría a afirmar que usted es un intelectual devenido presidente. Eso no es tan frecuente.
-Intelectuales llegaron varios. Quizá yo soy el primero de los que han llegado con una carrera propiamente universitaria (carrera en el sentido moderno e internacional) porque muchos han sido catedráticos de facultad. Pero en el sentido de una vida más organizadamente académica, con títulos, carrera, etcétera, a lo mejor, sí lo he sido.
-¿Cómo es el no poder después del poder?
-Confieso que me preocupaba eso. Pero la verdad es que, después de ser durante prácticamente diez años la persona central de la vida política brasileña [lo dice sin sonar pedante ni vanidoso], primero como ministro de Finanzas y luego como presidente, hay un cierto cansancio. Y, por otra parte, cierta, preocupación: ¿y ahora?
-¿Es difícil salir de Brasilia, del auto oficial, de los agasajos?
-Déjame decirte cómo sucedió conmigo. [Oscila todo el tiempo entre el trato de tú y usted, dependiendo del carácter de lo que tiene para decir]. Cuando salí de la presidencia, fui con mi mujer, oficialmente todavía, en el avión presidencial a San Pablo y, de ahí, nos trasladamos en un avión de línea a París. Sin nadie: ningún agente de seguridad, ni edecán. Nadie. Y esto por determinación nuestra. En París hay dos embajadores brasileños: uno ante la Unesco y otro ante el Estado francés. Ambos eran amigos míos. Yo les pedí que me esperaran en el aeropuerto, pero sin ceremonia. Y así fue. Llegué al aeropuerto de París, tomé un auto de la embajada que me llevó muy cerca de Chartres, a un hotel de esos que hay para descansar. Ahora bien, la policía francesa se ocupó de mí con gran cantidad de coches. Llamé al comandante de la policía francesa, le agradecí mucho y le dije: "Yo no necesito...". "No, pero tengo instrucciones..." "Usted tendrá sus instrucciones, pero yo no quiero esto." Al otro día fui con mi mujer a Chartres, con el auto -eso sí, tenía un motorista-, y fue una gran sensación, porque hacía muchos años que yo no entraba a una catedral, sin periodistas ni seguridad. Eso da una sensación de desahogo. Cuando volví de ahí a París, me quedé unos meses. Estudié en Francia, trabajé en Francia. Tengo muchas amistades allí. A veces iba a almorzar con ellos, también con el embajador. Además, tomamos la decisión de andar en metro. Y lo hicimos.
-El metro es una de las experiencias más democráticas...
-[Se ríe] Sí. Lo usamos para ir al cine, al teatro, a algún restaurante. Al principio algunos me miraban con cierta duda: ¿será o no? Por qué hicimos eso: ¡porque hay que quebrar! [subraya]. Una vez que ya no se es presidente, no se es presidente. No hay que estar atento, con la expectativa de ser tratado como si lo fuera. Eso no me ha costado demasiado. Por otro lado, nunca tuve la preocupación del vacío de qué hacer. No. Porque ya fui a París con libros que estaba preparando para escribir y quería leer ciertas cosas. Y lo hice. De ahí en adelante, ejercí funciones académicas.
-¿Es cierto que los presidentes no usan dinero?
-Bueno, yo tengo fama de amarrete. Presidente o no, yo no uso dinero. Pero es cierto que los presidentes no tienen por qué usar dinero.
-¿Siempre hay alguien que paga?
-El gobierno. Alguien es el gobierno.
-Pero si usted tiene que encargar camisas, ¿cómo hace?
-¿Estando en el gobierno?, las pagaba yo.
-¿Usted sacaba dinero de su bolsillo?
-No, tengo una hija que siempre se ocupaba de hacer los cheques y demás. A mí nunca me gusta sacar dinero de mi bolsillo. Soy sencillo como persona y razonablemente independiente. [Habla castellano muy bien. Impresiona que los brasileños se las arreglan tan bien para hablar castellano, mientras que nosotros no retribuimos aprendiendo portugués.] Por ejemplo, arreglo mis valijas yo mismo, aun como presidente. No me gusta que otros vengan para eso, y tampoco caminar con gente que me esté alrededor. Aunque en esto último, como presidente, no había alternativa. Ahora [vuelve al tema de la vida después de la presidencia], y siempre, yo tuve mucha ocupación. Todavía hoy, recibo, sin exageración, dos o tres invitaciones por semana para salir de Brasil, ya sea para una conferencia o una charla. Asumí un puesto como profesor en la Brown University, en los Estados Unidos, durante cinco años, y lo dejé ahora. Participo todavía de varias instituciones, fundaciones, etcétera.
-¿Así se va el tiempo?
-Me falta tiempo. Escribo sin cesar.
-Nosotros, desde acá, en la Argentina, le tenemos algunas envidias a Brasil. Han tenido militares más interesantes que los nuestros, tienen empresarios que reinvierten en su país. ¿Usted cree que son mitos o son verdades?
-No los desmiento, pero depende del momento del país. Brasil tiene tal depresión por su pobreza, por sus dificultades, que la gente tiene que hacer algo. Hay un desafío. Esa es la diferencia. La Argentina se hizo muy temprano; a fines del siglo XIX, era rica, acomodada. Entonces, no hay ese desafío tan angustioso como el que tenemos nosotros. Probablemente sea verdad que en Brasil hay muchas más personas que están todo el tiempo tratando de hacer algo, en el sentido público. Por otra parte, creo que también es verdad -usted se refirió a que yo soy intelectual y estoy en la política- que esa es una tradición brasileña. Mire los grandes sociólogos brasileños: Gilberto Freyre, que fue diputado; Joaquim Nabuco, también diputado, o Ruy Barbosa. Hay muchos. Quizá ahora esto disminuya y el rol de los intelectuales no sea tan central como lo fue en el pasado, porque la sociedad cambió mucho. Pero hay una tradición en ese sentido y pienso que, tal vez, también, por lo menos una continuidad de la política brasileña enfocada a hacer menos política, o sea, menos retórica, que se hable menos con el estilo que la gente considera que es el modo político de hablar. Ser más sencillos.
-Hoy, ¿dónde y como vive usted?
-Vivo solo, porque mi mujer murió, en mi casa, en San Pablo, y mis hijos vienen con cierta frecuencia. Pero vivo solo...
-¿Extraña?
-Sí, claro, fueron cincuenta años de casados.
-Pero, además, ella lo acompañaba en todo y de ella fueron muchas de sus ideas políticas.
-Más que acompañarme, ella tenía una posición política y social fuerte. Todavía hoy, por ejemplo, si me dan ganas de salir a comer, voy solo, caminando a un restaurante.
-¿Se sienta solo en un restaurante?
-Sí, señora. Sin seguridad, sin nada. En esas ocasiones, la gente viene a conversar, a sacar fotos y es amable. ¡Esto es normal en Brasil! Y voy solo al cine o, a veces, con amigos. Pero siempre sin nada de seguridad. No se necesita [lo repite, subrayándolo]. Entonces, si uno tiene una tradición de vida que no es de grandes pompas, no es difícil pasar de la vida de gobernante a la vida que llevo ahora.
-¿Es cierto que cuando usted asumió la presidencia dijo que había que olvidar todo lo que había escrito antes?
-Nunca dije eso. Tanto es así que ahora publico un libro que se llama Recordando lo que yo escribí .
-Entonces son las malas lenguas...
-Exacto. Es algo que inventaron y repiten y repiten. Siempre me sentí algo ambivalente, pero más intelectual que político. Disfruto más de la vida académica que de la vida política. No puedo decir que no me haya gustado ser presidente: me gustó. Y también ser senador.
-Entre su tarea intelectual y la práctica de un político, ¿hay muchas concesiones? Porque tenemos, por un lado, la utopía de las ideas, y después la práctica se lleva puestas esas ideas.
-Cada vez que fui candidato a la presidencia escribí un libro ex profeso sobre lo que iba a hacer. No hice todo, porque el ideal no siempre se logra. Y, por otra parte, no se hace política aisladamente. Tenés que hacer alianzas y no necesariamente con gente que piense igual. Hay siempre críticas posibles a lo que uno hace. Alianzas más a la derecha, por ejemplo. Lula sufre lo mismo ahora. La verdad, los aliados son los mismos. Y hasta algunos ministros son los mismos.
-¿Cuál es el lobby más fuerte de superar en Brasil?
-El de las corporaciones.
-¿Empresarias?
-No, ésas son más fáciles. La opinión pública en general está en contra. Y el Congreso refleja eso. Lo más difícil es la corporación de funcionarios. Los sindicalistas tampoco son tan difíciles, aunque los hay. Los acuerdos corporativos son los más difíciles, porque tienen mucha presencia en el Congreso.
-¿Y la prensa?
-Siempre me llevé bien con la prensa, porque entiendo su función: criticar. Anticipar lo que yo pienso, aun sin saber muy bien qué es. Cuando me preguntan, nunca me niego a contestar. Sé que a veces aparece algo distinto de lo que digo en la prensa, pero tampoco le atribuyo tanta importancia. Veo muchos políticos que se mueren si salió tal frase en los diarios. Eso, no me pasa. Y cuando me critican, lo que ocurre con cierta frecuencia, si es una crítica personal, no la leo, para no tener ganas de contestar.
-¿Lula habría podido llegar a este Brasil si usted no lo hubiese precedido?
-[Responde tajante, pero calmo]. No, no. El mismo dijo: hubiera sido un desastre. Lula podría haber ganado las elecciones antes, pero no podría haber gobernado antes. El lo sabe.
-¿Por qué cree que muchos empresarios poderosos de Brasil apoyaron a Lula?
-Lula tiene una política que favorece mucho a los empresarios. Ahora bien, los empresarios no tienen por qué quejarse de Lula. Nunca ganaron tanto como con él. El no es una persona que tenga que ser blanco de los empresarios. No lo es. Su partido, a lo mejor, en cierto momento, sí. Pero no Lula, por sus características. El agrada a la gente. No tiene una posición confrontativa. Lula es básicamente un conciliador.
-Usted también.
-Sí, yo también.
-La conciliación; ¿es la nueva política?
-No, no. Creo que es importante que haya capacidad de conciliación, naturalmente, dentro de límites y dentro de ciertas normas morales. Pero hay algo personal en eso. Ahora, si ganan Dilma Rousseff o José Serra, ninguno de los dos tiene el estilo de Lula o el mío. Son estilos personales más conflictivos. Les gusta más la pelea directa, que a veces puede ser una ventaja también. Porque los conciliadores normalmente no abren juego, no dicen realmente lo que piensan.
-¿Ha quedado con amigos a partir de su gestión?
-Muchos. Sergio Valle, Paulo Renato Souza, muchos.
-¿Internacionales?
-También. Ricardo Lagos, Bill Clinton, a quien veo con alguna frecuencia, Felipe González; Tony Blair; el rey Juan Carlos, los portugueses, Jacques Chirac, gente muy variada.
-Ese nivel intelectual y ese nivel de negociación serían la ilusión de la nueva política.
-Creo que sí, pero creo que en Europa, especialmente, en un momento dado, los políticos tenían un gran nivel intelectual, y en América latina también. Por ejemplo, Rafael Caldera, que fue presidente de Venezuela, es un intelectual refinado. O Freire. Y en Uruguay, todos. Pero esto no garantiza un buen ejercicio de la política. Lula no tiene nivel intelectual y, sin embargo, preside. Así que no creo que tener nivel intelectual sea condición necesaria para ser un buen político. El nivel intelectual puede ser mejor para ciertas orientaciones y discusiones. A veces ayuda para entender ciertas situaciones. Pero no es la característica fundamental. Yo no fui presidente porque soy intelectual. Fui presidente porque logré solucionar un problema objetivo en Brasil: la inflación.
Pin pon de placeres
-Comida preferida
-Es una cosa muy sencilla, que no sé cómo se llama en castellano. Es carne picada con arroz, banana, farofa y, a veces, un poco de frijol.
-Bebida favorita
-El vino. El vino es tinto, para mí.
-Un libro de cabecera
-Hay muchos; y hay algunos a los que vuelvo siempre, como a Tocqueville y a Marx. A ese tipo de literatura vuelvo siempre. No puedo decir que haya uno de cabecera.
-Un músico con el que se siente cómodo
-Gustav Mahler, por la Orquesta de San Pablo.
-Su cantante brasileño preferido
-Brasil tiene muchos compositores y muchos cantores. En términos de creatividad, hay dos que son muy buenos, para mí, post bossa nova: Gilberto Gil y Caetano Veloso. Y hay un gran poeta, que hace música muy agradable: Chico Buarque.
El tema: la democracia
En Argentina 2010. Entre la frustración y la esperanza (Taurus), es el libro que Natalio Botana, en calidad de editor, publica en tiempos del Bicentenario. Entre otros autores, en este volumen se incluyen reflexiones de Manuel Mora y Araujo, Guillermo Jaim Etcheverry y Fernando Henrique Cardoso.
El ex presidente de Brasil, sociólogo y autor de varios libros sobre el cambio social y el desarrollo en su país y en América latina, escribe aquí sobre la democracia en la región, y sus "rutas tormentosas".
"En América latina gana importancia la temática de la seguridad en sentido amplio: físico, psicológico y económico. Crece un deseo de comunidad que no está dado por el mercado competitivo. Existe un anhelo general, un deseo de superar la oposición entre individualismo e intereses colectivos. Estas demandas son reforzadas por la aparición de otros actores en el espacio público, más allá del estado y del mercado", observa.
En el mismo texto, bajo el subtítulo Sociedades abiertas y ciudadanos activos , escribe: "En esta nueva sociedad que emerge ante nuestros ojos, muchas veces sin que percibamos nuestras aristas, los individuos tienden a ser más "inteligentes", "rebeldes" y "creativos" que en el pasado (...). "Ciudadanos que piensan y actúan por sí mismos, que no aceptan el rol de espectadores pasivos. Quieren hablar y ser escuchados. Quieren el diálogo, no el monólogo; el convencimiento, no la imposición; el argumento, no la retórica vacía; la autonomía, no el centralismo burocrático."






