
Fernando Peña Honrar la vida
Lo descubrió Lalo Mir haciendo reír a los pasajeros de un avión. En la radio, y luego en la TV y en el teatro, congrega a un público numeroso a fuerza de comunicar sin tapujos. Por ejemplo, que él mismo está enfermo de sida
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Tiene 39 años, es actor, hay quienes lo beatificarían y hay, también, quienes desearían verlo arder en el averno.
Fernando Peña apareció como salido de la nada. Lalo Mir lo descubrió en los vuelos de American Airlines: el aeromozo que entretenía al pasaje con su cubanísima Milagritos López, desde el micrófono de a bordo.
De allí en más, fue cobrando voz y vida pública. Su primera tribuna fue la radio, y más tarde el teatro y la televisión. Enemigo furioso de la hipocresía, comparte con sus seguidores cada vez más numerosos el humor, pero también el dolor y la enfermedad.
Cuando hace dos años supo que tenía sida, lo comentó en su programa radial, desafiando los consejos: “Todos me decían que no lo hiciera, que la gente me iba a dejar solo. Y no fue así. La gente jamás te va a hacer un revés por ser sincero. Dije al aire: Estoy muy mal. Tengo HIV. Y la gente no se me abrió, porque agradece la sinceridad. Sería muy bueno que alguna vez algún presidente dijera: Señores, ya no sé qué hacer con el país”.
Peña cree en decir la verdad a rajatabla, pero no actúa como si la hubiera comprado. Piensa que el género humano es despreciable y, a la vez, sostiene que hay que amar a la humanidad. Y está cansado de vivir, dice, aunque nunca se cansa de hablar, porque la comunicación es lo que más le gusta. Por eso disfruta, a veces, de hacer entrevistas.
–Para mí, el artista no tiene que tener privacidad. La privacidad y el arte son dos cosas incompatibles. El público tiene que saber hasta lo que tenés en el último tramo del intestino. Tiene derecho a que te sometas a biopsias periódicas. Estoy totalmente convencido de eso. Si no, para qué hacés arte; si no, sos Susana Giménez, no un artista. Susana Giménez es una conductora que tiene glamour y representa todo lo que el ama de casa con várices no puede ser. El artista es una pobre víctima. Yo soy una pobre víctima. Mi única alegría es ayudar a la gente, soy una especie de Cristo. El resto de mi vida es un relleno, estoy muy cansado de vivir.
–¿Cansado de vivir habiendo estado tan cerca de la muerte?
–Me aburre la estupidez. No sé qué hacer con mi vida social. Estoy cansado de ir a trabajar a la radio. El único trabajo que me gusta es el teatro, que no es un trabajo, es estar ahí y comunicarle a la gente. Muchos me dirán que en la radio también me comunico, pero es distinto. Estoy viejo ya.
–¿Te sentís viejo por la proximidad con los 40?
–Yo tengo como ochenta y pico, en realidad. La civilización se me ha vuelto muy aburrida. La vida de arte no, porque tiene muchos espejos, y a mí me encantan los vidrios y los espejos y los recovecos. Yo sé que esa vida es la mía. No tengo ganas ni de estacionar un auto ni de pagar la luz ni de nada de eso. Quiero que me digan a qué hora y dónde tengo que estar para hacer una función. Quiero estar rodeado de gente de confianza que se ocupe de todo el resto. Quiero tener a la gente contenta alrededor mío y no saber cuánto gana mi mucama ni cuánto gana nadie. Con un espacio para vivir, comer, dormir, amar, escribir y leer soy feliz. No quiero transar más con esas normas estúpidas y frívolas, y decretitos menemistas y duhaldistas impuestos por una sociedad de políticos sin principios, infames, indecentes e insensibles.
El que habla aquí tiene un vínculo con el que habla en su espectáculo del Paseo La Plaza, El niño muerto: por primera vez autorreferencial, dice, como si fuera un slogan. El que habla aquí es Peña, Fernando, la persona, el que aloja a los otros: Dick Alfredo, Palito, La Mega, Milagritos, Reboira Lynch, Roberto Flores, Sabino, habitantes de la radio nocturna.
–¿Cuál es el credo de alguien que parece no creer en nada?
–Siempre quise apostar por mí y tuve siempre una sociedad, incluyendo a mi mamá y a mi papá, que me decían: No, no tanto, no. Cuando les hice caso me fue como el c... En cambio, un día dije: Ya está. Voy a ser como yo quiera, y si el final es la cabeza contra la pared y quedar como una especie de tarta de espinaca reventada, estará bien, ahora me toca a mí. Y estoy haciendo lo que siento en las vísceras: no tengo nada que esconder, soy totalmente transparente, sin caer en agarrar una Itaka y matar a alguien. Lo mío no es la agresividad.
–Sin embargo, mucha gente vive tu humor negrísimo como agresividad.
–La gente no tiene tiempo para descubrir nada. Y como la primera lectura es ésa, se queda con eso. Es la razón por la que funcionan tan bien la publicidad subliminal y los carteles vistosos, y justifica el éxito de los diseñadores gráficos: la gente esta cada vez más tonta. Les vendés un diseño y lo compran sin cuestionar. No le quiero poner un toque comunista a mis ideas, pero realmente la gente no tiene más tiempo para pensar por sí misma. Elige en función de la masa y de lo que le gusta al vecino.
–Paradójicamente, eso te beneficia: da la sensación de que mucha gente va a verte al teatro porque estás de moda.
–No. No me beneficia. También estoy cansado de que no me entiendan. Me doy cuenta cuando no me entienden y hago la función enojado. A veces parece que fueran a ver un actor cómico, un Gasalla moderno, un Perciavalle del 2000, o a ver las voces de la radio, porque tampoco entienden quién es La Mega o Martín Reboira Lynch. No entienden nada. Pero yo los voy a hacer entender.
El niño terrible
Por algunos personajes públicos, Peña siente un encono especial. Entre ellos, el periodista Daniel Hadad ostenta un sitial de privilegio: Peña suele utilizar ese apellido como sinónimo de tonto o de mala persona.
–No es de Hadad del que hablo mal. Por mí, que viva 190 años. Pero yo quiero a mi país. A pesar de ser uruguayo, creo que la tierra donde uno habita y tiene sus sentimientos es su propia tierra. Y Hadad no quiere a este país. Lo unico que le interesa es hacerse multimillonario, tener 50 millones de dólares y después seguro que se va a vivir a Holanda. Y yo me voy a quedar acá con los despojos que él deje. Así que no quiero que Hadad le lave la cabeza a 400 mil doñas Rosa. Por mí, a Hadad le doy salud eterna, pero que sea... iba a decir docente, pero no. Que sea... La profesión de Hadad tendría que ser vender ballenitas, así no joroba a nadie. Aunque hasta así lo haría, porque las vendería falladas.
Y se ríe a carcajadas de su propia maldad.
–¿Cuál es el precio de ser tan corrosivo?
–Decir lo que pienso me trae muchísimos problemas. Es más, yo sé que me quieren matar. Sé que hay una gran campaña para hacerme callar, soy un gran peligro. Por eso todavía no pasó nada: ¿cómo tirás a Peña en una zanja? Yo no soy Cabezas. Es muy difícil que de un día para el otro Lanata se muera, o Peña se muera. Entonces, tiene que ser lento. Pero yo sé que quieren silenciarme. Y bueno, me silenciarán. Es parte del riesgo. Y si muero de una manera heroica sería bárbaro. Como el acto de matar es un acto carente de amor, el que mata es después el más matado. Y, por último, es el vencido. Yo moriré lleno de rosas, con el amor del pueblo.
–¿Ser coherente aun a riesgo de la propia vida?
–Lo más importante es sostener la coherencia. Aun los Hadad, aun los malos no son capaces de sostener su mafia. Ese es el problema. No hay sustento. Se viene el fin del sistema en el nivel social. Esta sociedad que hemos creado no resiste más porque no hay fidelidad, no hay coherencia, no hay sustento a los caprichos individuales.
–¿Cómo viviste el hecho de estar tan cerca de la muerte?
–Nunca fui tan feliz como cuando la tuve cerca. Sentí una paz interna tremenda, una enorme felicidad y una alegría desconocidas. Desde ese momento, las frases cotidianas de la gente me dan risa. No puedo creer las estupideces que siguen diciendo ni las preocupaciones que tienen. Por ejemplo, cuando escucho cosas como: No sé si vender la 4 x 4. Todo es mucho más importante y más profundo de lo que el mínimo ser humano que somos puede llegar a ver. La masa está yendo al revés. Me dan ganas de detener a todos y gritarles: ¡No, paren, es al revés! Es todo tan importante, tan sublime. Todo. Y la cultura de este principio de milenio enseña que todo es liviano, intrascendente, pasajero. Eso me angustia mucho. La única manera de detenerlo sería que cada uno parara. Yo paré. Hay que detenerse y darle importancia a todo. Cuando sos consciente de la muerte es cuando realmente honrás la vida. Vivimos en una construcción que hay que derrumbar urgente.
–¿Cómo es tu experiencia cotidiana con la enfermedad?
–Me enteré de que tenía sida hace dos años. Sospeché cuando me lo contagié, en 1987, porque mi novio era HIV. No tuve ningún síntoma hasta hace dos años. Desarrollé un linfoma agudísimo, que es un tumor líquido en la sangre que no se puede extirpar. Me sometí a un esquema muy rígido de quimioterapia durante seis meses, que me tuvo pelado, gordo, inflamado, cansado... y mutilado emocionalmente: estaba cuatro días por semana, las 24 horas conectado a la máquina de quimio. Y a la semana me empezaban los dolores, los calambres, la falta de aire, me dolía todo. Pero bueno, lo eliminé. Y ahora el virus está indetectable, quiere decir que la carga viral es mínima.
–Entonces, no te vas a morir tan rápido.
Lanza otra sonora carcajada y dice, con cara de niño travieso: “No. De esto, parece que no”.






