
Formosa Otra asignatura pendiente
De ella no se habla. Se sabe, apenas, que es dueña de bellezas y riqueza potencial, pero también de una actualidad muy pobre. Jamás se publican noticias sobre lo que allí ocurre. Muy pocos recuerdan siquiera el nombre de su gobernador.
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Silenciosa, por momentos intrascendente e históricamente postergada, Formosa es una explosión de contrastes donde la miseria y la esperanza son las dos caras de esta todavía misteriosa provincia cuyo índice de desarrollo humano, según indicadores de la Secretaría de Desarrollo Social, es comparable al de Irak, mientras que el índice de desarrollo infantil golpea tanto o más que el otro: es igual al de Siria.
Tierra de gente cálida, en general muy individualista, gobernada por el peronismo desde siempre, habitada en un diez por ciento del total de la población por aborígenes de raza wichi, toba y pilagá, la provincia concentra la pobreza estructural más profunda del país: las necesidades básicas insatisfechas acorralan al 38 por ciento de sus habitantes, el bienestar general de los niños es el peor de todos, y registra el 32,5 por mil de mortalidad infantil -la tasa en el nivel nacional es del 22 por mil-, que es el índice más alto de la Argentina.
Con fuertes atractivos naturales, su gran empobrecimiento, sin embargo, es un cepo que la paraliza. La provincia vive menos que al día con sus cuentas, y eso la limita enormemente. Entre otras cosas, no le permite desviar fondos para desarrollar, por ejemplo, políticas de crecimiento a través del turismo.
El 90 por ciento de su presupuesto está destinado al pago de sueldos de la administración pública, y el informe del último ejercicio financiero dio cuenta de un déficit de más de 13 millones de dólares.
Los aspectos más críticos de esta Formosa extraña y dolorosa son sus altísimos porcentajes de mortalidad infantil, materna y neonatal, a las que hay que añadir un sinnúmero de carencias, como agua potable y redes cloacales. Víctima de su propia necesidad, Formosa, entonces, sólo es noticia en los medios de alcance nacional cuando queda sumergida por las inundaciones, cuando se divulgan estadísticas atroces o, como en otros momentos, cuando Clorinda -uno de los puntos fronterizos más críticos del país- era asolada por los contrabandistas.
Su obligado bajo perfil -para definirlo de algún modo- es tan extremo que si en este preciso momento usted tuviera que mencionar el apellido del gobernador, seguro que lo pensaría bastante. Le acercamos una pista: su nombre es Gildo.
No es caprichoso -ni ofensivo, por cierto- recurrir a esta especie de adivinanza para redondear una primera imagen de esta provincia cuyos propios habitantes acostumbran llamarla la hermanita olvidada .
Con ese mismo énfasis, los formoseños se ponen serios a la hora de definir su status. "No somos pobres -dicen-; nos han empobrecido porque, está visto, Dios y el gobierno central sólo atienden en Buenos Aires."
Al iniciar un nuevo período de sesiones ordinarias de la Legislatura provincial, el 1° de mayo último, el gobernador cerró su discurso con una frase que, seguramente, es la mejor síntesis para entender qué es Formosa. Dijo: "Es hora de recuperar los sueños... de vivir un mundo en el cual la utopía sea posible". Eso es, justamente, Formosa. Es una asignatura pendiente, un sueño crónico. Una provincia inexplicable, desesperadamente inexplicable porque la naturaleza ha sido generosa con ella y, sin embargo, no sacude, no grita, no llama la atención. Aunque, eso sí, quiere despegar de una buena vez. Y lo está haciendo a costa de un esfuerzo enorme.
Formosa es la tierra que albergó al doctor Carlos Menem durante los apacibles días de reclusión en Las Lomitas que le había impuesto la última dictadura militar. Siempre que puede, Menem recuerda que ya en aquellos tiempos y en ese remoto lugar aseguraba que algún día iba a ser presidente.
Es la tierra del comandante Luis Jorge Fontana, fundador de la ciudad, que luego sería la capital; explorador, profesor universitario en las cátedras de Física y Ciencias Naturales, fue de esos lejanos y contados militares que supieron dejar huellas honorables. En su caso, como precursor en el estudio de la geografía argentina.
Una choza en Ramón Lista, en el oeste formoseño, la región más pobre del país, donde vive la mayoría de los wichis
Es la tierra que cobijó durante cincuenta años al doctor Esteban Laureano Maradona, otra víctima del olvido nacional, tres veces propuesto para el Premio Nobel de la Paz gracias al esfuerzo de la Universidad de Formosa, que se ocupó en destacar internacionalmente su figura. Es la tierra aguijoneada por la lepra y la tuberculosis; por el cólera y la anemia; por la desnutrición y la parasitosis.Es la tierra que recibe, a traves del Plan Social de la Nación, dos kilogramos de leche por chico y por mes y, de la caja del Plan Educativo Nacional, un peso por chico y por mes para que puedan estudiar.
Formosa -aunque duela decirlo- golpea más con su desbordante miseria que con sus bondades, que también las tiene, pero hay que descubrirlas. Las 400.000 hectáreas semivírgenes e incontaminadas del bañado La Estrella, a 45 kilómetros de Las Lomitas y a 300 de la capital provincial, son un ejemplo. Desconocido hasta por los mismos formoseños, este bañado se conformó por los desbordes del Pilcomayo y hoy es un paraíso ecológico único en el mundo. Recorrer el bañado, con su infinita variedad de plantas, peces, aves y reptiles es como asistir a los orígenes de la creación.
Geográficamente, Formosa -que ocupa casi el dos por ciento de la superficie total de nuestro territorio y está dividida en nueve departamentos- oculta más de lo que muestra.
La mejor forma de empezar a revelar los secretos de esta tierra alfombrada de verde y salpicada de aserraderos y hornos de carbón es meterse en la piel de su gente. Con un callado amor propio, el formoseño -que si una principal virtud tiene es la de no disimular su sufrida existencia- se abraza fuertemente a su orgullo provinciano. Un hecho irrelevante, si se quiere, puede llegar a tener un valor incomparable para él. Se jacta, por ejemplo, de que el tendido de su ferrocarril tiene el tramo en línea recta más largo del mundo: "Son 700 kilómetros donde no hay ninguna curva. No hay recta en el planeta más larga que la nuestra", dice Alejandro Tactaca, jefe de estación de Ingeniero Juárez. Lo dice mientras fuma despacio y placenteramente, como si esas bocanadas fueran las últimas de su vida, apoyado contra un viejo farol y de espaldas a cinco tobas despatarrados sobre uno de los bancos del andén que no dejan de mascullar cosas incomprensibles, un poco porque lo hacen en su lengua nativa y otro poco por el acuyico, que les infla las mejillas como el buche de un sapo.
"Son peones del ferrocarril... y ahí se quedan, cuchicheando cosas de ellos y mascando coca con bicarbonato. Eso hacen, nada más."
Tactaca (jujeño, cuatro hijos, diez nietos, 54 años, 34 de ferroviario, 30 de jefe y 500 pesos mensuales en el bolsillo) habla del Juárez de los buenos tiempos. "Este pueblo era un hormiguero de gente... ¡Viera usted... la estación hervía de trenes...! Hoy, bah... qué le diré: una porquería."
El jefe Tactaca -a quien sólo una vez en medio siglo se le ocurrió dejar el pueblo para conocer la ciudad de Formosa- le dio salida al último tren de pasajeros allá por 1991. "Hoy nada más corren los cargueros que llevan petróleo de Palmar Largo hasta Formosa y, de ahí, al Paraguay. Mucha gente del pueblo trabaja en ese yacimiento. Pero el petróleo, en fin... un día se va a terminar, y Juárez ya ni siquiera va a figurar en los mapas."
Los temores de Tactaca, lejos de ser apocalípticos, guardan lógica si uno acude a ejemplos similares en otros puntos del país.
Pueblos con características parecidas al de Ingeniero Juárez -como Cutral-Có y Tartagal, que crecieron gracias al petróleo, y Río Turbio, con los yacimientos de carbón- terminaron por desplomarse al acabarse la producción.
El hallazgo de petróleo en Formosa, en agosto de 1983, generó expectativas nunca antes vividas entre la gente. El yacimiento de Palmar Largo, a noventa kilómetros de Juárez, produce más de 23.000 metros cúbicos de petróleo por mes. Sólo por eso, Tactaca conserva su empleo y el pueblo, en gran medida, sobrevive.
Pero los fantasmas de Cutral-Có y Tartagal -como muchos otros que rondan la Argentina- son los mismos que hoy sobrevuelan, amenazantes, a Ingeniero Juárez.
El 17 de septiembre de 1993 no fue un día cualquiera para los casi 2000 habitantes de Pozo del Mortero, un pueblito sereno, de calles de tierra y sombras generosas que se levanta entre Laguna Yema y Las Lomitas, en el centro de la provincia y a 160 kilómetros al este de Ingeniero Juárez. Dos acontecimientos iban a quedar grabados a fuego en la memoria de esa gente: la visita al pueblo del presidente de la Nación y el accidente que, por poco, no terminó con su vida cuando el helicóptero en el que viajaba cayó sobre una casa.
Para Elvis Portillo, de 52 años que parecen sesenta, y para Gerarda Mendoza, de 56, su esposa, la experiencia fue más impactante todavía porque el rancho que aplastó el helicóptero presidencial era, justamente, el de ellos. "Cuando vi que el licóptero se me venía encima, se me paró la respiración", recuerda Elvis sin sacar la vista de la enorme olla donde se cocina lentamente un locro que alimentará a su familia durante tres días.
"El hombre era corajudo... chiquito, bajito, pero corajudo. Se bajó del aparato, pero enseguida volvió para ver como estaban los pilotos. Cuando vio cómo había quedado mi casa, se agarró la cabeza. No se preocupe, mi presidente, algún día le arreglaré , le dije. Y él me dijo: No, mi amigo, no se preocupe, se la vamos a arreglar nosotros ."
La preocupación le duró dos años y medio, porque ése fue el tiempo que esperó don Elvis para habitar su nueva vivienda. Una casa sencilla, pero de material. Antes que los ladrillos, lo primero que recibió fue una gran foto de Menem con banda y bastón, enmarcada y firmada por el Presidente. Elvis, respetuosamente, se ocupó de colgarla en forma de abanico entre las de Evita y Perón, en una de las paredes blancas del comedor.
"Usted sabe: ¡no todos los días a uno se le cae un presidente encima!" -dice entre estruendosas risotadas que ponen al descubierto su gastada y salteada dentadura-. "Y, bueno, ahí nomás le peché. Le dije que era carpintero y que necesitaba algunas herramientas. Que si me podía ayudar, le iba a agradecer. También le pedí que me mande fierros viejos... pero nunca me llegaron. Yo igual le estoy muy agradecido porque el hombre cumplió la palabra y me construyó la casa. ¡Lástima que no le pedí una lijadora! ¿Sabe por qué? Porque, de la emoción ¡le olvidé! Además, el hombre estaba tan apenado que... ¡qué le tenía que ir yo encima pidiéndole cosas! Ya el pobre tenía bastante con el licóptero ... ¡Vaya a saber cuánto le costó al Gobierno el arreglo! Ahora... ¿le puedo pedir un favor a usted? Cuando le vea en Buenos Aires, cuéntele lo de la lijadora y dígale también que le agradezco la casa... dígale que no le llamé por teléfono porque acá las llamadas salen muy caras. Pero dígale primero eso, que le agradezco."
En algunos puntos de la provincia, la mortalidad infantil llega al 55 por mil, la tasa más alta de la Argentina
No muy lejos de la casa de Elvis, un chiquito de diez años camina como un autista por las desoladas calles del pueblo con un hornero muerto entre sus manos. Su nombre es Fabelo, y jamás se le ha escuchado pronunciar palabra alguna; nunca, siquiera, se lo ha visto sonreír. Fabelo, pies descalzos, enjuto y desgarbado, camina y camina con su mirada opaca clavada en algún punto del horizonte. ¿Hacia dónde irá Fabelo? ¿En qué lugar preciso de su enigmático mundo se acomodarán sus herméticos pensamientos? "El mundo le trajo así... y así ha de quedar el Fabelo" -explica una mujer que lo mira con cierta pena-. Hay muchos como él, acá. Y más arriba, peor, le digo".
"Tiene lepra, pobrecito -diría don Elvis en voz baja, casi susurrando, como tratando de ocultar la enfermedad-. Acá hay lepra porque el sol es muy fuerte. El sol le mata a uno, le seca los sesos; uno acá vive un año y termina como si hubieran sido siete."
Formosa son dos provincias en una, y Las Lomitas es el eje imaginario que divide dos realidades marcadamente diferenciadas: la del Noroeste, con todo su reclamo, y la del Este, con todo su empuje; con esos enormes hornos que afloran como grotescos chichones sobre la tierra, con el despertar de la ganadería, con los canales que traen agua de la presa de llanura más grande del continente (Laguna Yema, de 40.000 hectáreas) y que, en definitiva, es la apuesta más ambiciosa de los formoseños porque lo que se pretende es convertir el desierto en un gran polo productivo. "Dentro de poco vamos a ser un vergel", dice entusiasmado Pantaleón Figueredo, mientras una gata negra que carga sobre su hombro izquierdo no para de chupetearle la oreja. Habla a los gritos y cada palabra que pronuncia suena como un escopetazo. Elvis y Pantaleón, que es dueño del almacén de ramos generales del pueblo, son vecinos. Ambos, a su manera, viven aferrados a esa utopía posible que hoy desvela a todos.
A casi todos, en realidad. Porque mientras unos sueñan, otros se consumen sin tener siquiera el beneficio de la memoria que les permita rescatar imágenes de tiempos mejores.
Si el este y el centro son el futuro, el Oeste es un vertiginoso descenso a lo más hondo del Tercer Mundo.
El Este es Pantaleón, es la esperanza. El Oeste es Fabelo; es hambre y tuberculosis. Es retroceder cuatro siglos. Es la concentración más fuerte de comunidades wichí y toba donde el estado semiprimitivo en el que viven se entremezcla con una cultura aborigen difícil de comprender si se la mira con los ojos contaminados de la ciudad.
El departamento de Ramón Lista, en el oeste formoseño, es con seguridad la región más pobre y castigada del país. La mayoría de los 45.000 aborígenes tobas y wichis vive allí. Lote 8, María Cristina, Santa Teresa, Palmarcito e Ingeniero Juárez -departamento Matacos- estremecen con su aluvión de imagenes desgarradoras que, sin pretender caer en golpes bajos, bien podrían confundirse con esas otras imágenes de las naciones más pobres de Africa que entregan los diarios y la televisión.
Estremecen, y también deslumbran: las costumbres aborígenes se mantienen prácticamente intactas, quizá como en ningún otro lugar del país. Hay miseria, es cierto, porque el hambre voltea a los chicos como moscas (la tasa de mortalidad en esta zona es del 55 por mil). Pero también es cierto que los aborígenes no quieren resignar ciertos hábitos, como andar descalzos, por ejemplo.
"Hace diez años, esto era como la prehistoria -cuenta Héctor Villafañe, maestro y director de la escuela bilingüe de María Cristina-. De a poco se fue mejorando, aunque, claro, las necesidades son tan grandes que... Pero, bueno, al menos hoy los chicos vienen a clase y las embarazadas terminaron por reemplazar a los chamanes, o brujos, por los médicos. En Ramón Lista sólo quedan dos chamanes porque, con el tiempo, los aborígenes se dieron cuenta de que una vacuna es mil veces más milagrosa que la magia."
El Plan Nacional de Salud y el Plan Educativo, mediante los fondos que envían a la zona -si bien son importantes porque, al menos, el Estado nacional terminó por darse cuenta de que la miseria existe-, no alcanzan para cubrir las infinitas necesidades de esta gente.
Pesca con arco y flecha, una modalidad de los wichis
María Cristina, a cincuenta kilómetros del límite con Salta, es una comunidad enteramente wichí. Chozas de palos y paja (que construyen las mujeres) bajo un envolvente olor a leña ardiente; una laguna artificial donde ahora se está montando una planta potabilizadora; perros flacos; el canto de los pájaros del monte invade el pueblo acariciado por brisas cálidas; rostros huesudos; niñas-madres descalzas y con sus críos a cuestas; los ancianos casi no salen de sus chozas, y los chicos juegan, sin furia, con palos y latas.
Miradas duras y filosas que se clavan en los ojos de los extraños visitantes, que recorren una y otra vez cada movimiento del fotógrafo. Silencios interminables, hasta que alguien pronuncia una frase inentendible que despierta un estallido de carcajadas ¿Qué habrá dicho? Nunca se sabrá.
A nadie se le ocurre pedir una moneda. La miseria hace estragos, pero el orgullo es más fuerte que el hambre.
En María Cristina, como en otros pueblos de la región, todavía se caza para sobrevivir. Y todavía se pesca con arco y flecha. La caza y la pesca son, aún hoy, el recurso básico de la alimentación de los aborígenes. Pero no siempre alcanza y no siempre se puede acceder al Pilcomayo. De María Cristina al río hay quince kilómetros, distancia que los más jovenes recorren a pie o, en el mejor de los casos, en bicicleta.
La alternativa, cuando escasea la carne, es la aloha, el fruto del algarrobo, que acompañan con una especie de guiso preparado con batata, poroto del monte y raíces de arbustos.
"Hasta los primeros nueve meses de vida, los niños están bien nutridos, pero el problema es entre el primero y el quinto año de vida -explica Elsa González, médica clínica (ella dice "médica generalista")-. Los medicamentos básicos los estamos recibiendo bien, pero con eso no alcanza. Necesitamos muestras médicas, vitaminas, antiinflamatorios, protectores gástricos, leche en polvo, cereales, avena y maizena."
La doctora cuenta que las enfermedades respiratorias, la parasitosis y la tuberculosis devastan a los chicos. Cuando una madre lleva a su hijo al centro de salud por un cuadro de desnutrición, invariablemente volverá dos meses después presentando el mismo estado. "A la larga, el chico crece mal desarrollado. Me ha tocado atender muchísimas veces a los mismos chicos con cuadros de desnutrición severa. La sucesión de cuadros de malnutrición terminará por condenarlos física y mentalmente, porque el hambre y la miseria dejan huellas imborrables."
Los wichis viven en comunidades de entre tres mil y cuatro mil habitantes. Dueños naturales de esas tierras, sólo en 1986, mediante la ley 426 de protección al aborigen y por iniciativa del ex gobernador Floro Bogado, recibieron los títulos de propiedad poniendo fin al despojo histórico. Pero ningún aborigen es, en realidad, propietario individual de su parcela; son dueños comunitarios de las 5000 hectáreas que le corresponden a cada asentamiento.
El sentido de comunidad de los wichis es tan profundo y tan arraigado que jamás aceptarían tener cada uno un lote individual. Su concepto de la solidaridad es tan claro que haría empalidecer a más de uno: si en una choza están cocinando un pescado y en la de al lado no hay ni siquiera raíces hirviendo, el pescado se cortará en dos partes iguales y se compartirá.
Para los wichis, sus hijos son sagrados. No los golpean ni castigan. Ni siquiera los retan porque, en realidad, el respeto de los hijos hacia sus padres es sencillamente enorme. Basta una simple mirada, un gesto o una palabra para que el hijo entienda el mensaje de su padre. "Si el maestro de escuela reta a uno, o se va el maestro o se va el chico de la escuela sin que medie la más mínima posibilidad de recomponer la situación", cuenta Arcelia Cordero, una de las maestras de Lote 8, una comunidad cercana a María Cristina.
El 60 por ciento de los aborígenes formoseños es de raza wichí, a la que le siguen las razas toba y pilagá. En total, hay noventa comunidades aborígenes distribuidas en toda la provincia. El Instituto de Comunidades Aborígenes (ICA) que es dirigido por un presidente y por los directores de etnias, atiende los aspectos sanitarios, de bienestar social, artesanales y productivos. A cada raza le corresponde un coordinador del ICA, que actúa de nexo entre los aborígenes y el Estado provincial.
"Los wichis -explica Pedro Orlando Zárate, coordinador del ICA- son básicamente agricultores y cazadores y habitan el oeste de la provincia. Los pilagá, agricultores, se encuentran en el centro, y los tobas, que manejan muy bien la ganadería, están en toda la provincia. A diferencia del wichí, el toba -llamado mataco por los blancos, denominación que ellos asumen como una ofensa muy grave- es más inteligente... pero también es más pendenciero y complicado." Los wichis son evangelistas. Cada comunidad tiene su cacique y su presidente de asamblea anglicana. Festejan la Navidad y la Semana Santa, y a partir de ese acercamiento a la Iglesia, sumado al trabajo de los médicos y agentes sanitarios, empezaron a darles la espalda a sus brujos, aunque no así totalmente a los curanderos, que se dividen en dos clases: los compositores de huesos y los que curan en secreto.
Se casan muy jóvenes -el promedio de edad es de 13 años- y el noviazgo dura tres días. Basta que haya una atracción mínima, como mirarse fijamente a los ojos, para que la pareja acuerde internarse en el monte, construir una pequeña choza y vivir solos durante tres días. Antes de que la noche se adueñe del tercer día, y si la mujer no regresó a su comunidad, el padre dará por consumado el matrimonio.
Aún hoy, las mujeres que enviudan mantienen la costumbre ancestral de afeitarse la cabeza y de no volver a unirse jamás con otro hombre. No hay discriminación en María Cristina. Pero eso no ocurre en otros pueblos, como Ingeniero Juárez, donde la segregación sigue siendo muy fuerte. Allí, el aborigen no es visto como un cristiano: es, se escucha por ahí, "un indio zaparrastroso, vago y leproso". Si alguien muere acuchillado o si a alguien le falta una gallina, el asesino o el ladrón es un wichí o es un toba.
"El agua y el querosén nunca se juntan", dice Nicasio Marino, un wichí que trabaja como enfermero en el Hospital Rural de Ingeniero Juárez.
Marino, uno de los poquísimos aborígenes que logró terminar una carrera, explica que las formas de discriminación son, en ocasiones, muy sutiles. "En las escuelas donde concurren tanto chicos aborígenes como criollos, la diferencia está dada por la actitud de los propios maestros; por lo menos, de algunos de ellos. Al chico blanco, si da mal su lección, se le dará otra oportunidad. Pero si el que da mal su lección es un toba o un wichí, no habrá segunda oportunidad. Te van cortando de abajo, despacito. Cuando revienta el cólera, los que vamos al monte a atender a la gente somos los aborígenes, casi nunca van los enfermeros blancos."
Escuchándolo con atención en una de las piezas del centro comunitario del barrio obrero de Ingeniero Juárez, el cacique Nemetrio Segovia asiente con su cabeza cada una de las expresiones del enfermero Marino. "Lo que ha dicho el hermano es la verdad. Y es verdad también que el blanco nunca, nunca, nunca nos llamará hermano, aunque la miseria nos aplaste a todos por igual."
La presencia de los médicos terminó por alejar a los brujos. Pero las supersticiones se mantienen como en el principio de los tiempos. El wichí hace cola en el dispensario para vacunarse, pero no deja de temerle al potrillo blanco; manda a su hijo a la escuela bilingüe, pero si quiere conseguir pareja hará lo imposible por conseguir una pluma de lechuza que lo ayudará a encandilar a la mujer deseada.
Los aborígenes formoseños creen en la existencia de tres mundos: uno, el de la faz de la tierra, donde viven; otro, el subterráneo, donde corren los ríos de sangre y está habitado por los malos. Y el tercero es el cielo, donde viven los buenos junto con los chamanes. El chamán es el único que puede transitar por cualquiera de los tres mundos. Es el encargado de sumergirse en la tierra y llevar al cielo el alma de los muertos, rescatándolos de los ríos de sangre. Pero sólo los ancianos buenos son los que pueden ir hacia el cielo.
Los aborígenes creen en la existencia del padre de las luciérnagas, o eragaéc , en toba. Cuando se acerca una persona y los bichitos de luz giran tres veces alrededor del visitante, están anticipando malas noticias. La luciérnaga más chica anuncia la presencia de una mujer extraña, y la más grande, la muerte de un pariente lejano.
Los wichis que habitan el departamento de Ramón Lista suelen hablar del potrillo blanco . El animal aparece repentinamente y al trote y provoca tanto miedo entre los pobladores que, en las horas de siesta, todos se esconden en sus chozas.
La aparición de la lechuza, o tonoléc , -a diferencia de la creencia wichí- es considerada como de mala suerte por los tobas. Dicen que provoca fiebre o también el llamado mal del sueño.
Gladys del Valle Arévalo, psicopedagoga, estudió en profundidad las características de la tercera raza aborigen formoseña, la pilagá. Sostiene que el elemento esencial de la labor del brujo es la magia por contagio. La principal tarea, si se quiere producir un daño, es procurarse un objeto que haya estado en íntimo contacto con el cuerpo de la persona que se está queriendo dañar.
Las partes más buscadas son el cuello o mangas de camisas transpiradas; colillas de cigarrillos, carozos de frutas comidas por la víctima; cabellos, excremento, flema y vómito.
El método más rápido y seguro para dañar consiste en quemar el objeto junto con huesos de ranas o gatos en una hoguera hecha con madera de quebracho. El fuego provocará fiebre en la víctima y, a menos que encuentre rápidamente otro chamán que quiera desembrujarlo, morirá en siete días.
Superstición y cultura. Brujos y médicos. Hambre y futuro. Pantaleón y Fabelo. Formosa, la de la utopía posible.
Uno de los tantísimos centros comunitarios donde se da de comer a los chicos
Del diccionario wichi
Amjtena:
buen día
Apta is:
muy lindo
Chisna:
mujer
Chisnai:
grupo de mujeres
Okalay´i:
amigo
Tewuk:
río
Timek:
anzuelo
Tutka:
tortuga
Totnaj:
rana
Taltal:
tero
Lap´i:
lápiz
Mayistalu:
maestro
Wel´ a:
luna
Lutek:
leche
Tañhi:
monte
Ele:
loro
Nisoj:
zapatilla
Chukuk:
mariposa
Thawu:
flor
Yel´ataj:
caballo
Nowok´ ñhayaj:
pescar
Otchumthi:
trabajar
La muerte del Pilcomayo
Por Justo Urbieta - Corresponsal en Formosa
Por Justo Urbieta - Corresponsal en Formosa
Esta provincia, de 72.000 kilómetros cuadrados de superficie, tiene la forma rectangular de una bandera. Sólo uno de los lados, el Oeste -que limita con Salta- es, en apariencia, límite seco. El resto es agua. Al Este, el río Paraguay; al Sur, el Bermejo, y al Norte, el Pilcomayo. Sin embargo, salvo la zona este, el resto del territorio es despoblado, empobrecido y con suelos degradados.
La ausencia por décadas de un adecuado manejo de los recursos hídricos es una de las causas de esta realidad.
¿Por qué el Pilcomayo es la frontera norteña en apariencia? Porque son muy pocos los argentinos que advirtieron que es un recurso que se fuga, que se muere.
Los alumnos y docentes -incluidos los formoseños- siguen dándole una coloración celeste al límite con Paraguay, desde el hito 1, cerca del triángulo Formosa-Salta-Paraguay, hasta la desembocadura en el río Paraguay.
Pero de esa frontera fluvial, de unos 700 kilómetros de longitud, poco queda para pintar de celeste: apenas 30 kilómetros.
¿Qué ocurre con el Pilcomayo? Pasa que durante décadas ha soportado la avalancha de sedimentos provenientes de Bolivia tapando progresivamente su cauce natural. Sólo en los últimos 25 años se perdieron 200 kilómetros.
Formosa se lamentaba porque el río se escapaba, pero Buenos Aires no respondía. La política exterior del Gobierno siempre fue tibia frente a Paraguay, que durante los 34 años de la dictadura de Alfredo Stroessner jamás aceptó negociar sobre el aprovechamiento compartido del rico recurso.
En la década del setenta se adjudicó una obra, la presa y embalse de El Porteño, para que las tierras de los productores norteños dieran sus frutos para el bienestar rural. Stroessner se quejó y Buenos Aires le ordenó a Formosa que abandone el proyecto.
También en ese entonces el gobernador de la provincia, general Juan Carlos Colombo, procuró una solución doméstica para paliar los graves daños causados por la sequía en media provincia. Abrió un canal por donde comenzó a ingresar agua a raudales. Stroessner montó en cólera y Buenos Aires apercibió a Formosa. Incontables recursos se gastaron para cerrar esa brecha abierta para recibir los desbordes del río.
La retracción, desde entonces, fue imparable. Se produjo a razón de 15 a 20 kilómetros por año, hasta que se llegó a 1991, en que la desaparición del Pilcomayo fue casi un hecho.
El actual gobernador Gildo Insfran -por aquel entonces vicegobernador- jugó su amistad personal con el canciller paraguayo, el ya fallecido Alexis Frutos Vastskan, cuando se reunieron los ministros de Relaciones Exteriores de la Cuenca del Plata y detuvieron el retroceso del río con la construcción de dos canales, uno en cada territorio.
Pero en estos últimos seis años, los vaivenes políticos paraguayos volvieron a influir para que las obras complementarias que debían ejecutarse se dilataran, y Formosa volvió a ser moneda de cambio, al parecer por las negociaciones sobre Yacyretá. Nuestra Cancillería, una vez más, le dio la espalda a Formosa.
Finalmente, en 1996, con media provincia seca, con aborígenes y criollos que se movilizaban en asambleas populares y amenazaban con marchar hacia Buenos Aires, con los formoseños unidos por primera vez en su historia para destaparles los oídos a los diplomáticos y políticos de la Capital Federal, consiguieron que el agua retornara. Pero no evitaron que el Pilcomayo volviese a retroceder. El curso de agua prácticamente ha cambiado y decenas de poblaciones aborígenes deberán replantear su futuro. El blanco les quitó la posibilidad de gozar del agua. Para colmo de males, desde Bolivia aumentó el derrame tóxico que fue contaminando las aguas y los peces.
Después de tanta puja inútil, formoseños y paraguayos se dieron cuenta de que estaban perdiendo ambos. Y esta vuelta a la sensatez les demostró que la mirada había que echarla hacia Bolivia.
Es que el drama de la cuenca inferior existe porque nadie hizo nada para cerrar la canilla imaginaria de Bolivia, que arroja interminables toneladas de sedimento.
Por fin se juntaron los presidentes de Argentina, Bolivia y Paraguay, y comenzaron a hablar en serio, a atacar las causas.
Como dijo Felipe González en su última visita a la Argentina: "No puedo creer que todavía existan países que dejen morir un río".
Jorge Palomar
Fotos: Rubén Digilio





