Fortuna, fraude y muerte, la controversial familia de Ghislaine Maxwell y sus intentos de volver a ser millonaria: “Mamá, yo existo”
Su padre escapó del Holocausto, luchó en el ejército británico y tuvo un vertiginoso ascenso social comprando editoriales y medios; tras su muerte, ella intentó recuperar la fortuna en la que había crecido
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En los últimos videos se la ve vistiendo el típico traje naranja de las cárceles estadounidenses. Una cámara en la habitación la capta haciendo ejercicio, moviéndose de un lado a otro de la celda o tirada sobre la cama, sin mucho más que hacer.
Varias décadas antes de estas imágenes, Ghislaine Maxwell ya era conocida en los más altos estratos de la sociedad norteamericana, pero también, y sobre todo, de Gran Bretaña. No es de extrañar: su padre, Robert Maxwell, había logrado acumular una fortuna como pocos. Fue político y dueño de medios de comunicación. Se codeaba con los más poderosos, y lo hacía notar. Como años más tarde haría Jeffrey Epstein, el magnate financiero acusado de dirigir una red de niñas menores para fines sexuales, con la activa participación de la propia Ghislaine.

El vínculo entre ambos la devolvió a una vida de lujos a la que estaba acostumbrada, pero que había perdido tras la muerte de su padre. Sabía cómo lidiar con hombres poderosos y agresivos, y el encuentro con Epstein le dio exactamente lo que buscaba. Pero para entender esto hay que remontarse más lejos: explorar la historia de ese otro hombre que, de alguna manera, la formó: su padre, Bob.
Un hombre, varios nombres
Bob supo reinventarse. De hecho, no siempre tuvo ese apodo ni ese nombre. Jan Ludvik Hoch, como realmente se llamaba, nació en 1923 en el pueblo Slatinské Doly, en los montes Cárpatos, Checoslovaquia. Hijo de una familia jasídica tan pobre que debía compartir un par de zapatos con sus seis hermanos. Los usaban por turnos, y él mismo dijo, según cita The Guardian, que hasta los siete años no tuvo un par propio.
Cuando era adolescente escapó de la ocupación nazi y huyó a Francia. Su familia no tuvo la misma suerte: sus padres, hermanos y gran parte de la familia extendida murieron en campos de concentración. En esa huida se unió al ejército checoslovaco en el exilio y luego fue evacuado a Gran Bretaña. Allí protagonizó una de sus primeras reinvenciones: pasó a llamarse Ivan du Maurier y, más tarde, adoptó el nombre con el que sería conocido para siempre, Robert Maxwell. Luchó en Normandía y recibió la Cruz Militar “por su heroísmo en la frontera entre los Países Bajos y Alemania”.

En 1944, tras la liberación de París, conoció a quien sería su esposa durante 46 años, Elisabeth Meynard Maxwell —conocida como Betty—, con quien se casó en 1945. Había estudiado Derecho en la Sorbona, se licenció en Lenguas Modernas en Oxford y luego se doctoró en Filosofía. En ese entonces trabajaba como intérprete para el “Comité de Bienvenida”. A diferencia de él, no era judía, pero dedicó su vida a estudiar el Holocausto. El mismo medio británico cuenta que él se refería a ella como “la guardiana de mi alma judía”. Además, era la hija de un “próspero comerciante de seda británico”, como contó Vanity Fair.
Aunque estuvieron juntos durante décadas, ella misma se refirió al mal carácter de su marido y a los maltratos constantes que recibía. Pese a esto, fue, como dijo The Independent, “la personificación de la lealtad”. El propio Nick Davies, exeditor de asuntos exteriores del diario Daily Mirror, del cual Robert fue dueño, declaró: “La trataba de forma bastante deshonrosa; era grosero con ella delante de la gente, por ejemplo, en cenas oficiales”.

Además de su ira y sus arrebatos, algo más caracterizaba la personalidad de Bob: el ansia perpetua de incrementar su fortuna, de hacer dinero como fuera.
De diputado a dueño de diarios
Al finalizar la guerra, Bob trabajó como censor del ejército británico en Alemania. Aprovechó sus contactos con las autoridades para ingresar en el negocio editorial: distribuía libros científicos de Springer Verlag en Estados Unidos y el Reino Unido. En 1949 fundó Pergamon Press, una editorial científica que tardó poco en convertirse en la más exitosa de Europa. Su negocio se expandía y él se transformaba en magnate. Sus propiedades e inversiones crecían y Bob se convertía en un personaje cada vez más conocido en los sectores altos de la sociedad.
Gracias a su red de influencias, entre 1964 y 1970 fue diputado por el Partido Laborista británico. Su carrera política, sin embargo, “acabó abruptamente”, repasa El País, cuando sufrió una derrota electoral y empezaron a mencionarse “prácticas financieras poco claras”. Pero siempre siguió intentando hacerse con un periódico.

En 1984 compró el grupo Mirror, que incluía Daily Mirror, Sunday Mirror, Sunday People, Sporting Life, además de Daily Record y Sunday Mail en Escocia. The Guardian resumió su ascenso así: “Salió de la pobreza como refugiado checoslovaco para convertirse en un héroe de guerra condecorado, empresario, diputado laborista y, posteriormente, en un magnate de los medios de comunicación, acumulando jets privados, helicópteros y Rolls-Royces en el camino”.
En la mira de los principales medios
A fines de la misma década compró Macmillan Group, otra histórica editorial británica. Se endeudó con la confianza de que la economía crecería y podría pagar todo en el futuro. Pero en los 90 ocurrió lo contrario: el crecimiento se desaceleró y las deudas se volvieron cada vez más difíciles de sostener.
Un artículo de Edward Klein para Vanity Fair contaba, en 1992, que “para tapar agujeros vendió activos clave y trató de desprenderse de partes de sus empresas, mientras las acciones caían y peligraban sus préstamos”. Además, “empezó a mover dinero entre empresas y trusts opacos, recomprar sus propias acciones para inflar su valor y sostener garantías bancarias, y finalmente desvió fondos —incluso de pensiones— y multiplicó préstamos con las mismas acciones”.

El Financial Times planteó dudas sobre el aumento de precios de las acciones de sus empresas. Los medios comenzaron a focalizar en sus finanzas y se hablaba públicamente de manipulación de fondos de pensiones. Maxwell hipotecó los edificios del Mirror por US$166 millones; también empezó a frecuentar casinos, donde apostaba y perdía millonadas. Parecía desesperado. El programa Panorama, de la BBC, y el diario The Independent investigaban sus finanzas, mientras un abogado de los jubilados del Mirror Group hablaba del desvío de US$1200 millones.
“Mamá, yo existo”
Mientras el imperio mediático de Robert crecía a fuerza de deuda, y él seguía alimentando una ambición desmedida por reconocimiento, su familia funcionaba como una extensión de esa maquinaria de poder. Sus hijos, y en especial Ghislaine, que era la menor de siete hermanos, crecieron entre redacciones, oficinas corporativas y cenas con líderes mundiales, aprendiendo desde jóvenes que la influencia era una moneda tan valiosa como el dinero.

Nació el 25 de diciembre de 1961, pero la fecha no fue un buen augurio para la familia: a los dos días, su hermano mayor, Michael, el primogénito de los Maxwell, sufrió un accidente automovilístico que lo dejó en coma durante siete años y terminó muriendo por meningitis. No era la primera vez que los golpeaba la muerte: en 1957 ya había fallecido Karine a los tres años. Tuvo leucemia. Robert quería una familia grande. Según cuenta The Telegraph, solía decir que quería tener tantos hijos como fuera posible para reemplazar a los familiares que perdió en la Segunda Guerra Mundial.
Elisabeth describe en su autobiografía, A mind of my own, publicada en 1994, las consecuencias del accidente como “incalculables” para toda la familia. Todo giraba en torno a Michael, al hospital. Relata que Ghislaine era prácticamente ignorada: “Debería haber sido el centro de nuestro amor y atención, pero apenas recibía una mirada. Y sufrió anorexia mientras todavía era una niña. Un día, a los tres años, se paró frente a mí y simplemente dijo: ‘Mamá, yo existo’. Quedé devastada, y desde ese día, hicimos todos un gran esfuerzo con ella, y se convirtió en una mimada, la única de mis hijos de quien puedo decir eso”.

Con el tiempo pasó a ser la hija predilecta y la más cercana a su padre, quien la llevaba a viajes de negocios, cenas con líderes políticos y eventos sociales de alto nivel. Amigos de la familia recuerdan que él mismo la percibía como “la más parecida a él”, tanto en carácter como en ambición social.

El lujo era constante, además. Vivían en la mansión Headington Hill Hall, en Oxford, que alquilaban al ayuntamiento. Robert la consideraba “la mejor casa de protección oficial del país”. Pero por detrás de las apariencias, según The Guardian, “se decía que humillaba ritualmente a sus hijos por turnos, semana tras semana”.
“El mundo se le cayó a pedazos”
Para principios de 1991, los conflictos económicos familiares fueron en crecimiento. Se sumó que el matrimonio Maxwell estuvo a punto de separarse. Elisabeth escribió: “Bob me acusaba de estúpida, incompetente e incapaz de seguirle el ritmo a su nueva y exitosa carrera”. Cuando comunicaron la decisión a sus hijos, ninguno pareció sorprenderse: “Todos pensaron que era mejor eso que la tensión y las horribles peleas de las que eran testigos cada vez con más frecuencia”, agregó en el mismo libro.

Finalmente, el 5 de noviembre de 1991 todo se desplomó: el cuerpo de Bob apareció flotando en el mar tras salir en su yate, el Lady Ghislaine. Circularon múltiples teorías: accidente, asesinato, suicidio o incluso que el cuerpo no era el suyo. Nigel Dempster, uno de los principales columnistas de chismes de aquel entonces, dijo: “Lo conocí durante veinticinco años, y lo que no soportaba era el ridículo y quedar expuesto. Había tratado a la gente de forma abominable y, si seguía vivo, todos habrían ido tras él. Creo que provocó su propia muerte al inducirse un ataque cardíaco mientras se agitaba desesperadamente en el agua”.
La muerte del magnate desestabilizó a toda la familia. Elisabeth declaró en la entrevista con Klein: “[Ghislaine] Es la bebé de la familia y la que era más cercana a su padre [...]. El mundo entero se le cayó a pedazos y le va a resultar muy difícil seguir adelante”. La ruina económica fue inmediata: “Ahora estoy en grandes dificultades económicas. Me suspendieron la pensión de M.G.N. [Mirror Group Newspapers]. El testamento de mi marido está retenido. No puse dinero a resguardo porque jamás creí que me dejaría en la indigencia”, relató en la misma ocasión.

Sobre sus hijos, remarcó: “Mi hija Ghislaine no tiene dinero, ni fideicomisos, ni fondos en ninguna parte. Los bienes de mis hijos varones han sido congelados. Pobre Kevin… tiene que vender su casa. Ian, lo mismo. Ninguno de los dos tenía dinero. Su padre nunca les dio dinero”.
Klein también entrevistó a Ghislaine en aquella oportunidad, quien le dijo: “Estoy sobreviviendo… apenas. Pero no puedo simplemente desaparecer en silencio en un rincón. Tengo que creer que algo bueno va a salir de todo este desastre. Es triste para mi madre. Es triste haber perdido a mi papá. Es triste para mis hermanos. Pero diría que vamos a volver. Estén atentos”.

Por su parte, Kevin e Ian, de 32 y 35 años en ese momento, habían trabajado muy de cerca con su padre. Por eso los investigadores consideraban que ambos autorizaron préstamos y transferencias desde los fondos de pensión del Mirror Group hacia empresas privadas. Fueron juzgados y absueltos. Otro de los siete hijos, Philip, el mayor, mucho más reservado, se mudó a la Argentina antes del conflicto, según dijo, “para estar lo más lejos posible de mi padre”. Se casó y divorció en el país. Después de varios años volvió a vivir a Londres.
De lo que pasó con Ghislaine después se sabe mucho.
Volver al lujo
La familia Maxwell perdió rápidamente su posición social en Gran Bretaña y se convirtió en blanco de hostilidad pública. Ghislaine se trasladó a Nueva York, donde residió durante más de 25 años. Tras la muerte de su padre declaró: “No era un delincuente. Para mí, un ladrón es alguien que roba dinero. ¿Creo que mi padre hizo eso? No. No sé qué hizo. Obviamente, algo pasó. ¿Se lo metió en el bolsillo? ¿Se escapó con el dinero? No. Y esa es mi definición de delincuente.”

Y, como había advertido a Vanity Fair, ella logró volver. Conoció a Epstein a comienzo de los 90. Ambos obtuvieron ventajas del vínculo. Él obtuvo acceso a los círculos poderosos que ella manejaba de antemano gracias a su padre, incluidos Bill Clinton, Donald Trump y el príncipe Andrés. Le servía para ofrecer sus servicios de gestión patrimonial, ya que buscaba gente con fortunas por encima de los US$1000 millones. Ella recuperó un estilo de vida acomodado tras la caída económica familiar. Volvió a vivir en mansiones, en el lujo.
Como se sabe, hoy enfrenta una acusación formal como cómplice de agresión sexual infantil. En 2020 fue arrestada por su participación en la red que ambos habían construido. “Maxwell estaba entre los colaboradores más cercanos de Epstein y lo ayudó a explotar a niñas de tan solo 14 años”, dijo Audrey Strauss, fiscal federal interina para el Distrito Sur de Nueva York, en una conferencia de prensa en ese momento. “Se hizo pasar por una mujer en la que podían confiar. Mientras tanto, las estaba preparando para que fueran abusadas sexualmente por Epstein y, en algunos casos, por la propia Maxwell”, agregó.
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