Francisco: un recorrido por su historia antes de ser Papa

Del barrio porteño de Flores a la Santa Sede en Roma, el Pontífice hizo un largo camino de amor y entrega. Vale la pena repasar sus recuerdos de infancia, los testimonios de los seres queridos, el descubrimiento de la vocación religiosa y la militancia política. Cuando Jorge Mario Bergoglio no era Francisco, el servidor de los pobres.

Silvina Ajmat
Sebastián Fernández Zini
Paula Galloni
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13 de marzo de 2019  • 12:40

El miércoles 21 de febrero de 2001, en Ciudad del Vaticano, Jorge Bergoglio recibió el título cardenalicio. Fue una ceremonia solemne, en la que el Papa ordenó cuarenta y cuatro nuevos purpurados. Horas antes, en la Casa Internacional del Clero –un edificio del año 1600 muy cercano a Piazza Navona–, el obispo porteño concedió una breve entrevista a La Nación.

–Además de ser elector en un eventual cónclave para designar al sucesor de Juan Pablo II, ¿comprende que por su edad usted podría llegar a ser papable?

–¡A mí eso no se me ocurrió! –respondió riendo–. Yo creo que este Papa, pese a que está enfermo, tiene vida para rato.

–Con los últimos nombramientos aumentó el número de cardenales de América Latina. ¿Crece la posibilidad de que el próximo papa sea latinoamericano?

–Creo que es una posibilidad entre tantas. Puede salir cualquiera, de cualquier continente. Generalmente, cuando se han hecho conjeturas, después han resultado otras cosas.

LA OTRA ORILLA

Europa aún padecía las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. En una soleada mañana de enero de 1929, la familia Bergoglio desembarcó en el puerto de Buenos Aires. El grupo lo encabezaba Rosa, la abuela del Pontífice, quien, a pesar del calor sofocante, llegó enfundada en un abrigo de visón. No era una excentricidad: en el forro traía los billetes que les habían pagado por la venta de todos sus bienes en Portacomaro, en la región del Piamonte. Cierto es que las operaciones por la venta de sus propiedades en Italia, incluida la confitería que aportaba sus ingresos, se demoraron y los Bergoglio no pudieron abordar el famoso buque Principesca Mafalda. Aquel mal momento que pareció romper con sus sueños de un mundo mejor se transformó en una buena señal del destino cuando se enteraron de que el transatlántico se hundió al norte de Brasil, con cientos de víctimas como saldo. Meses después, la familia de Jorge Mario logró embarcarse en el Giulio Cesare. En cuanto bajaron del buque, los Bergoglio viajaron a Paraná, donde los esperaban algunos familiares que habían llegado al país en 1922 y montaron una empresa de pavimento. La vida resultó ser mucho más fácil que en Italia y los piamonteses construyeron el palacio Bergoglio. En cada piso vivía un hermano. Pero en 1932, en el inicio de la Década Infame, perdieron todo. Entonces, Mario José –padre del ahora Santo Padre– decidió mudarse a Buenos Aires, abrió un almacén, conoció a su mujer Regina María Sivori y ambos lograron salir adelante. Tuvieron cinco hijos: Jorge Mario, Oscar Adrián, Marta Regina, Alberto Horacio y María Elena.

Su abuela paterna, Rosa, fue la máxima influencia religiosa y quien Bergoglio reconoce como uno de los afectos más importantes y su guía

LOS PRIMEROS AÑOS FELICES

El barrio de Flores lo vio crecer. En la vereda de la casa ubicada en Membrillar 531, Jorge Mario jugó a la rayuela, en la plazoleta Herminia Brumana se juntó con sus amigos del barrio y a tan solo dos casas de la suya conoció el amor de mujer por primera vez. Bergoglio tenía apenas 4 años cuando sus padres lo inscribieron en el Jardín de Infantes del Instituto Nuestra Señora de la Misericordia. A pesar de haber nacido en una familia católica, fue allí donde aprendió a rezar y a memorizar los cánticos de la misa. Como se trataba de una institución de monjas, exclusiva para niñas, siguió sus estudios primarios en otra escuela de la zona, la Nº 8, llamada "Pedro Antonio Cerviño". Su relación con las religiosas de la Misericordia se mantuvo intacta y ahí hizo el curso guiado por la hermana Dolores para recibir su primera comunión. "Cuando Bergoglio nos visitaba, la monja Rosa, que murió recientemente a los 101 años, siempre le decía: ‘Jorgito, ¿te acordás cómo aprendiste a contar? Subías y bajabas la escalera’", relató a ¡Hola! Argentina la hermana Teresa, actual directora del instituto. Fue en aquella casa de Membrillar al 500 en la que conoció a Amalia Damonte, la vecina a quien le declaró su afecto "de puño y letra" cuando tenían 12 años. "Nos criamos juntos, fuimos amigos, hermanitos, íbamos a la misma escuela y nos queríamos mucho. Un día me dio una carta, pero jamás hablamos de amor. Sí me dijo que nos íbamos a casar. Pero todo se terminó cuando se enteraron mis padres y me prohibieron que lo viera", cuenta Amalia. A los 13 años, la vida de Jorge Mario cambió radicalmente. Junto con su hermano Oscar fue inscripto como pupilo en el Colegio Vilfrid Baron de los Santos Evangelios, obra del complejo Don Bosco de Ramos Mejía, donde solo existen registros de un año de cursada. En esas mismas actas, se refleja su pasión por el estudio, principalmente por la Religión, la única materia donde tenía promedio 10. Además, se certifica que entre los estudiantes de su camada fue quien recibió el Primer Premio de Conducta y el Premio Religión y Evangelio.

Al terminar el primario, consiguió el primer trabajo, en una fábrica de medias. "No pasábamos necesidades, pero en casa no sobraba nada"

En 1950, empezó los estudios secundarios en la Escuela Técnica Nº 27 "Hipólito Yrigoyen" y desde entonces se erigió como hombre de pensamientos firmes. "Jorge siempre fue buen alumno, de bajo perfil, pero tenía sus ideales. Cuando ingresó al colegio se le advirtió que no se podía usar ningún tipo de símbolo político en la institución. Por supuesto que, como era adolescente, no obedeció y llevaba el escudo peronista en la solapa. Cuando se lo señalaron por tercera vez, finalmente le pusieron amonestaciones", relata Gustavo Fierro, jefe de Laboratorio de la Escuela técnica Nº 27, hijo de Edmundo Z. Fierro, secretario interino de la institución durante 1950. A los 21, la salud le jugó una mala pasada. Le diagnosticaron una pulmonía grave y, tras varios estudios, le detectaron tres quistes en el pulmón derecho. Debió ser operado y le extrajeron la parte superior. Estuvo internado durante muchos días y desde entonces lleva una gran cicatriz en el pecho. "Lo estás imitando a Jesús", le dijo una monja que lo visitaba en el hospital. "Eso me dio paz para transitar el dolor", confió Bergoglio a Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti, los autores del libro El jesuita.

EL LLAMADO DE DIOS

Saludó a sus padres y se fue al encuentro de la barra de amigos. Era la primavera de 1953 y lo esperaban en la estación de tren para ir a un picnic. En el camino, decidió parar en la parroquia San José de Flores para rezar y confesarse. Mientras recibía el sacramento, algo que nunca pudo definir lo impulsó a tomar la determinación más importante de su vida: ser sacerdote. Nunca llegó a la estación de tren. Volvió a casa, había mucho que pensar.

Pasaron cuatro años hasta que ingresó en el seminario de Devoto. Quería ser jesuita porque lo inspiraba misionar y soñaba con hacerlo en Japón, adonde nunca fue enviado por su deficiencia pulmonar.

La devoción por los humildes y desprotegidos le fue inculcada desde que era muy chico por su abuela Rosa, y tomó como un deber propio transmitirlo."Es sacerdote desde que yo tengo uso de razón. Y siempre fue una autoridad. La conducta, más que su palabra, nos llevaba a eso: a tener una vida austera, solidaria, preocupada por los más humildes. El siempre decía que no había que fallarle a la gente que esperaba algo de nosotros", cuenta su sobrino y ahijado de confirmación, Pablo Narvaja, hijo de Marta Regina, la tercera hermana del Papa.

EL PASTOR DE LA FAMILIA

"Una palabra de él no se podía tirar a la basura, por lo menos había que pensar sobre eso. Por otro lado, siempre fue muy protector de todos. A veces, algunas situaciones familiares llevaban a distanciamientos pero él era el factor de unión, era como el pastor que no dejaba que nadie se perdiera", recuerda el sobrino, que junto a sus hermanos y primos veían en su tío sacerdote una autoridad tan importante como la de sus padres. Sus sobrinos enseñaban catequesis en las parroquias del barrio de Flores junto con Jorge Mario. "La responsabilidad era un valor fundamental para él. Una vez fui caminando a Luján y al día siguiente no fui a la catequesis y me echó por seis meses", cuenta Pablo. Ya convertido en obispo, a partir de 1992, sus responsabilidades eclesiales lo alejaron de las reuniones familiares. Trabajar siempre por una mística, por los valores, por construir un mundo mejor eran las ideas que transmitía a su entorno más íntimo. Predicaba las máximas de que "con los pobres no se hace política" y que, por lo tanto, la ayuda tenía que ser "silenciosa, sin que se sepa". Le indignaba el nepotismo y por ello todos sabían que no podían apelar a su nombre para obtener beneficios propios. "Los que ahora sugieren que vaya a buscar trabajo al Vaticano no conocen a mi tío", sentencia Narvaja, cuyo hermano, José Luis, siguió los pasos de Bergoglio y tomó los hábitos dentro de la orden de los jesuitas.

EL PAPA DE LOS HUMILDES

Como obispo conservó la austeridad como forma de vida. Quienes lo conocen desde los tiempos en que su sacerdocio no ostentaba títulos cuentan que poco cambió su imagen a lo largo de los años. "Mirabas sus zapatos y no lo podías creer, en cualquier momento se le escapaba un dedo", dicen casi con orgullo sus asistentes. El apelativo "monseñor" o, más tarde, "cardenal", le hacía tanto ruido que siempre que podía se hacía llamar simplemente "padre". Un ferviente colaborador de las villas-miseria y lapidario en su sermones en contra de la desigualdad y el abandono de los más necesitados recorría los lugares más marginales, cebaba mate para quien quisiera y prestaba especial atención a los problemas que debían enfrentar todos los días sus habitantes. La cuestión social se convirtió en un punto clave en sus preocupaciones y lo acercó a la gente de una manera real, palpable y cálida.

"Es clave que los católicos, tanto los clérigos como los laicos, salgamos al encuentro de la gente", dijo Jorge Bergoglio a sus biógrafos Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti

Bergoglio, el arzobispo primado de Buenos Aires, no vestía el traje purpurado. Vestía de negro. No llevaba una cruz de oro, insignia de su nivel dentro de las jerarquías eclesiales, llevaba una medallita de la Virgen Desatanudos. Era inconcebible para él manejarse en otro medio que no fuera el transporte público o a pie. Una vez, viajando en la línea A de subte, un hombre le dijo que se parecía al cardenal Bergoglio. El le preguntó: "¿Y usted, qué piensa del cardenal?". "Que es una buena persona", respondió el señor. "¡Gracias! ¡Soy yo", le dijo. "¿Es usted? ¿Por qué viaja en subte?". "Y usted, ¿cómo viaja?", replicó. Nunca aceptó vivir en ninguna de las dos residencias cardenalicias de Buenos Aires, ubicadas en Belgrano y en Olivos. Se instaló en uno de los departamentos que el arzobispado tiene para eventual necesidad de los sacerdotes que trabajan allí. "Un departamentito minúsculo que los demás usamos para dormir la siesta", define un prelado muy cercano a Bergoglio. Almorzaba en la cocina de la curia junto a las hermanas y sus secretarias, "siempre muy frugal", luego ayudaba a lavar los platos y pedía que le guardaran algo para calentarse en el microondas a la noche.

Con el mismo desparpajo con el que ya electo Papa se paró ante una multitud de fieles y se animó a hacerlos reír ["Se fueron a buscar al Papa al fin del mundo", dijo], hace unos años no tuvo pudor en llamar al "Beto" Acosta, ex jugador de San Lorenzo, el club de sus amores, para cuestionar su retiro del fútbol: "¿Para qué te fuiste? Ahora no le hacemos un gol a nadie". Desde 2008, es socio del club que hoy celebra tener entre sus afiliados a un hombre que ya es parte de la historia.

LAS CRITICAS AL PODER

"La Arquidiócesis de Buenos Aires está de asamblea". Quienes lo conocen bien aseguran que esta era una de sus frases de cabecera. Un pensamiento que atesora sus ganas de batallar contra aquello que consideraba injusto o corrompido por los distintos actores del poder político. Desde que recibió el cargo de arzobispo de Buenos Aires, el 28 de febrero de 1998, sus discursos estuvieron cargados de duras críticas "a los suficientes" por no ayudar a sus hermanos. A lo largo de seis años –entre 2005 y finales de 2011, cuando dejó el Episcopado argentino–, su relación con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner fue compleja. La distancia por momentos fue tal que el ex presidente identificó al cardenal como un exponente de la oposición. Kirchner y Bergoglio tuvieron un encuentro cordial poco después de que el santacruceño asumiera la presidencia. Pero en la homilía celebrada un año más tarde, en 2004, el arzobispo se mostró crítico y cuestionó "el exhibicionismo y los anuncios estridentes". Esto hizo que al año siguiente Kirchner no asistiera al tedeum en la Catedral y entonces el arzobispado de Buenos Aires decidió suspender la ceremonia. También tuvo palabras duras para la CGT de Hugo Moyano. En el Seminario Social del Episcopado, celebrado en Mar del Plata en 2007, les dedicó a los gremialistas una frase que hizo historia. "Desde la queja no se construye, sino desde la lucha. Hay que ponerse el overol". Con Cristina Fernández de Kirchner la relación fue menos conflictiva, pero aun así, también lanzó críticas hacia su gestión.

DERECHOS HUMANOS

La actuación de Bergoglio durante el gobierno de facto genera versiones contrapuestas. Por un lado, el periodista Horacio Verbitsky, titular del Centro de Estudios Legales y Sociales, acusa a Bergoglio de haber entregado a los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalic, que trabajaban en el Bajo Flores. Aunque es cierto que estas acusaciones periodísticas no encontraron correlato judicial, ni generaron ninguna imputación. Por otro lado, el argentino ganador del premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel rechazó las críticas surgidas desde algunos sectores a la designación del arzobispo de Buenos Aires y explicó que no existe vínculo alguno entre Bergoglio y la dictadura que gobernó hasta 1983. "Hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura argentina, pero él no", dijo. Otra referente de los derechos humanos, la ex ministra e integrante de la Conadep Graciela Fernández Meijide, recordó: "De todos los testimonios que recibí, jamás tuve evidencias de que Bergoglio hubiera estado relacionado con la dictadura"

A 84 años de la llegada de sus padres a Argentina, Jorge Mario cruzó el Atlántico –con destino a Roma, en vuelo clase turista– para embarcarse en el viaje más maravilloso de su vida.

Fotos: Rodrigo Néspolo, Emiliano Lasalvia,Carlos Barria/La Nación, Gentileza Ediciones B/libro El jesuita, la historia de Francisco, el Papa argentino de Rubin & Ambrogetti, Agencia Bap, Zummapress y AP

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