Ganar y perder: alcanzar los estándares de los padres
Perder implica compartir con el otro, ceder el éxito, el resultado, la copa… Lleva mucho tiempo -años- aprender a perder y no se logra con los discursos racionales de los adultos del estilo "no importa ganar o perder, lo que importa es divertirse", "hay que saber perder", "lo importante es jugar limpio", "no seas tramposo", "sos un mal perdedor", " si te vas poner así no juego más con vos". Esas frases, las primeras dichas antes de tiempo, las últimas que habría que aprender a callar, hacen que los chicos se sientan mal con ellos mismos por no poder alcanzar los estándares de sus padres.
La realidad es que es mejor y más divertido, ganar que perder, y que jugamos para ganar. También es verdad que no pueden ganar todos…
Los niños, especialmente los chiquitos, hasta que no están plenos de experiencias anteriores exitosas tienden a abandonar apenas corren peligro de perder, o hacen lo posible y lo imposible para ganar: cambian las reglas, hacen trampa, incluso mienten, como llegar a casa diciendo que hicieron cinco goles cuando en realidad no hicieron ninguno. Y esto puede continuar durante la escolaridad primaria. Y también vemos adolescentes y adultos que corren la pelotita de golf para facilitarse el tiro, se "olvidan" de contabilizar un tiro, o que en un partido de tenis "ven" que la pelota picó afuera para no perder el tanto.
Madurar implica que en muchas experiencias de ganar jugando con papá y/o mamá el niño va armando confianza y seguridad en sí mismo y adquiere la esperanza de poder ganar. Aunque suene increíble a partir del recuerdo de los partidos ganados y la confianza adquirida en ellos empiezan a tolerar perder. Por ejemplo Pedro ganó tantas veces al juego de la memoria que ya no necesita hacer trampa y tolera que la pila de fichas de mamá sea más alta que la suya sin enfurecerse ni revolear las fichas.
No podemos dejarlos ganar siempre, sobre todo cuando jugamos con más de un chico, pero aprovechemos las oportunidades en las que estamos uno a uno para patear despacio, dejarlos tirar una vez más los dados, etc.. Con el tiempo vamos empezando a ganarles de cuando en cuando, llegando al final casi empatados, hasta que llegue el día en que nos miren a los ojos y nos digan "no te hagas más" (no te dejes ganar más, ya no lo necesito), quizás todavía ahí necesiten un poco más de nuestra vista gorda, pero se acercan a poder divertirse compitiendo, independientemente del resultado.

De tantos partidos de casita robada, generala, penales, carreras, ganados van sabiéndose buenos jugadores y esa certeza interna les permite perder sin sentirse mal, sin tantos enojos ni trampas ni cambios de reglas.
Es notable cómo sin siquiera pensarlo todos, no sólo los adulto sino también los niños mayores, dejamos ganar la carrera a los más chiquitos, o dejamos que nos hagan goles, o que nos ganen una pulseada. Y luego crecen y hacen lo mismo con otros más chiquitos.
Este concepto es muy resistido -en mi experiencia profesional- por los papás varones, ellos dicen "que se la banque", "¿por qué le voy a patear despacio?", "que se hagan fuertes, no se puede ganar siempre","así es la vida". Estas personas lo hacen por dos razones principales: porque ellos se criaron así y llegó la hora (¿de la venganza quizás?) de hacer con su hijo lo mismo que hicieron sus padres con ellos, y porque no entienden que la verdadera equidad viene de que papá patee con la izquierda porque tiene piernas más largas, más fuerza y más práctica que su hijo de 4, 6, 8 , 10 incluso 12 años.
El siguiente paso evolutivo es aprender a ganar sin burlarse del perdedor: si a saber perder no todos llegamos, a saber ganar con dignidad llegan menos personas todavía.
Y como en todos los temas pensemos qué clase de ganadores o perdedores somos nosotros, qué ven nuestros hijos, porque la identificación tiene un papel central. Cuán dramático es para nosotros perder, o que pierda nuestro equipo favorito, o si quizás no competimos porque no nos gusta perder, si podemos sonreír cundo no ganamos o si buscamos excusas o a quién echarle la culpa de nuestro fracaso. Prediquemos con nuestro ejemplo y no olvidemos acompañar su dolor cuando no ganan, porque perder duele, y de la mano de un adulto que no se enoja ni se desilusiona ni da lecciones de vida, se tolera mejor.
1Tiene 22, es campeona argentina de oratoria y sueña con representar al país: “Del otro lado del miedo”
2El plan que la rompe en Playa Grande: música y bienestar frente al mar
3Por qué los fabricantes de automóviles de lujo construyen ostentosos rascacielos
4El pediatra Montes de Oca explicó cómo hacer la maniobra de Heimlich en niños: el paso a paso






