
Genio y figura DEL PERITO MORENO
Este año, podemos festejar el final de las controversias de límites con Chile. Para hacerlo, lo mejor es evocar la figura de Francisco Moreno, un verdadero héroe argentino del siglo, símbolo de soberanía y honda amistad con el país vecino
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FOSIL. Eduardo y Josué, sus hermanos, lo apodaron Fósil porque no había en su mente y en su espíritu obsesión más profunda que las ciencias naturales. Se la pasa investigando huesos, se cuenta que se decía de él.
Aunque, claro, poco y nada le importaba eso. Ya bastante carga tenía con su segundo nombre: el día en que nació, un 31 de mayo de 1852, justo era San Pascasio y sus padres le hicieron honor al santo bautizando al hijo como Francisco Pascasio. Pero el tiempo lo convirtió en Pancho. Don Pancho Moreno. Así iba a ser hasta el final de sus días. Por fortuna, el tiempo siempre termina echando un soplo de justicia.
O casi siempre: la casa natal, que todavía se mantiene en pie en la esquina de Venezuela y Paseo Colón, en San Telmo, está casi en ruinas, descascarada, agrietada, sucia, descuidada y profanada de afiches que anuncian bailantas. Debajo, en un rincón, tapada de carteles pegoteados con engrudo, una placa de bronce aún se conserva firme. No se lee bien, pero dice algo así como En este solar nació Francisco... La resolución del último diferendo limítrofe con Chile, el de los hielos continentales, no sólo trajo cordura; también rescató del olvido la figura de uno de los hombres más íntegros -por conducta- y respetados -por capacidad- de nuestra historia.
El prolongado conflicto con Chile iba a tener en él a uno de sus más importantes protagonistas. Gran conocedor de algunos sectores de nuestro límite cordillerano, era el hombre indicado para el trabajo.
En su libro La Patagonia Blanca, Viaje a los hielos continentales -Ediciones El Elefante Blanco-, el periodista Germán Sopeña dice en una de las páginas del capítulo El litigio con Chile: "En mi sentimiento íntimo considero con tristeza que, a esta altura de los tiempos, todavía haya mentalidades tan mezquinas que quieran poner en discusión límites humanos sobre una región de prodigiosa belleza natural, derivada de procesos de millones de años, y donde lo que correspondería es dar gracias a la naturaleza -o a Dios, o a quien se prefiera, como arquitecto superior- y aprovecharlo visualmente sin absurdas reglamentaciones de fronteras ni señores uniformados preocupados por no dejar pasar a nadie.
"Esta actitud limitativa -por algo se habla de límites- marca mejor que nada lo pequeño de las actitudes humanas frente a la grandeza natural.
"Pero, lamentablemente, siempre hay que admitir que una cosa es la pretensión idealista individual, y otra muy distinta la realidad de la historia y la geografía entre los países (...) Creo que ése fue el camino elegido por el admirable Perito Francisco P. Moreno, cuyo amor a la patria se complementaba con el respeto y la amistad mutua con Chile -donde dejó grandes amigos y donde, por añadidura, murió su esposa, en un largo viaje de buena relación bilateral- y se fundaba, ante todo, en la seguridad que le daba explorar, conocer y determinar con precisión lo que quedaba a un lado u otro de la cordillera (...) "Cuando en 1913 Moreno debe acompañar al ex presidente norteamericano Theodore Roosevelt en su visita a Bariloche, la erudición de sus comentarios y el relato casi increíble de sus viajes de avanzada por la Patagonia llevan al ex presidente norteamericano a dirigirle una emocionada carta de agradecimiento pocos días después. Le dice Roosevelt en esa carta: Mi estimado doctor: No solamente siento profundo respeto y admiración por su persona, sino que usted me ha inspirado un hondo sentimiento de afecto personal. Usted ha realizado una obra que sólo un escasísimo número de hombres de cada generación es capaz de llevar a cabo.
"Un homenaje que ningún gobierno argentino le hizo en vida, ya que Moreno murió pobre y olvidado (...)."
Mete miedo el solo hecho de pensar en elaborar una encuesta o algo similar que permita determinar cuántos argentinos son capaces de hablar con cierta propiedad de Francisco Pascasio Moreno. Que hay un glaciar, allá en el Sur, que lleva su nombre, probablemente sea la definición más votada. Pero, ¿qué más? ¿Quién fue Moreno? ¿Perito en qué era Moreno? ¿Por qué, transcurrido un siglo, su nombre comienza a sonar en los oídos de las nuevas generaciones? Lejos de intentar faltar el respeto, lo más seguro es que se sepa más del pirata Drake que del Perito Moreno. Pancho Moreno es, todavía, una asignatura pendiente. Una más, de entre tantas otras.
Aventurero, patriota, visionario, pionero, explorador, héroe civil, poeta de la naturaleza; o, como lo definió La Nacion del lunes 24 de noviembre de 1919, en la crónica del sepelio, "geógrafo sin cartas, geólogo sin laboratorios, topógrafo sin instrumentos, con las manos limpias, pero con el corazón contento a pura juventud, Pancho Moreno galopó hacia el desierto, se entendió con las tribus bárbaras, recorrió miles de leguas en la soledad sombría, repechó montañas, cruzó ríos a nado y a saltos los torrentes, caldeó su sangre en el rescoldo de los volcanes y cuando repletó su alma con emociones inauditas, regresó al poblado trayendo la clave de la patria futura. Ahí está su gloria".
Pancho era hijo de Francisco Facundo Moreno, un caballero criollo de prosapia española, y de doña Juana Thwaites, hija de un oficial inglés, ex prisionero de las invasiones y finalmente radicado en el país.
Sus primeros años coincidieron con las transformaciones políticas más profundas de nuestra historia; con las todavía presentes características de la época hispánica; con los indios como dueños absolutos de todas las tierras al sur del río Salado.
Don Francisco Facundo soñaba un futuro diferente para Fósil, para Pancho. Y lo hace entrar en la compañía de seguros La Estrella, para compartir horas de trabajo con Eduardo y Josué. El intento fue un gran fracaso: el numerario de la compañía, agotado, le envía una carta al ilusionado padre que, entre otras cosas, dice: "Señor Moreno: de Josué y Eduardo sí voy a sacar algo. De Pancho, nada, pues se la pasa estudiando huesos".
Inquieto, observador, autodidacto, Pancho no resigna su verdadera vocación: coleccionar huesos y fósiles que va encontrando en Palermo, en el Tigre y en toda la ribera del Río de la Plata. Los colecciona y clasifica. En poco tiempo logra formar su propio museo.
La epidemia de fiebre amarilla que arrasa a Buenos Aires en 1871 le arrebata a su madre. Por esos días, el doctor Juan María Gutiérrez, rector de la Universidad de Buenos Aires, y Germán Burmeister, director del Museo de Ciencias Naturales, eran los que más influían en el joven Moreno. Nada lo iba a apartar del camino elegido. Moreno era consciente de que un museo se alimenta gracias a las expediciones. Y que lo que había acumulado de sus viajes en las cercanías de Buenos Aires no era suficiente.
En 1873, recibe algunos fósiles enviados desde Río Negro por el naturalista Jorge Fontana. Ese cargamento fue el disparador de su primer viaje a la Patagonia. Ya era, con sólo 21 años, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Exactas de Córdoba.
1873. Imagine la Patagonia en 1873. Fronteras difusas y tierras sin caminos ni huellas; sólo Carmen de Patagones -la población que fundó Antonio de Biedma, en 1779- como refugio solitario apuntando al Sur; inmensidad dominada por los indios y asolada por los malones. Y todavía faltaban seis años para la Campaña del Desierto del general Roca.
Hacia allá clava Moreno su mirada. Primero en tren hasta Las Flores (donde terminaba el ramal ferroviario), luego en diligencia hasta Azul y Bahía Blanca; un salvoconducto del ejército para que el cacique Manuel Namuncurá le franquee el paso y de allí a caballo hasta Carmen de Patagones.
Una excursión breve, pero definitoria.
Luego de esta primera expedición, Moreno se embarca, en 1874, en el bergantín Rosales, con el que llega hasta la desembocadura del río Santa Cruz.
En el libro Las ideas y la obra de Francisco Pascasio Moreno, de Alberto Riccardi, doctor en Ciencias Naturales, se lee: "En 1875 llega solo y a caballo a las tolderías del Señor de las Manzanas, el cacique Shaihueque, en el valle del Collón Cura, sobre las que deja flameando la enseña nacional. Y aunque no logra autorización para cruzar a Chile, llega hasta el Nahuel Huapi el 22 de enero de 1876, logrando lo que no pudo realizar la expedición de Villarino en 1782, y convirtiéndose así, a los 23 años, en el primer hombre blanco en alcanzar dicho lago desde el Atlántico". Al llegar al lago -escribe Moreno en su diario de viaje- hice reflejar por primera vez en sus ansiadas aguas los colores patrios y bebí con gozo de sus frescas aguas en las nacientes del Limay.
La vuelta se convierte en una desesperada carrera contra la muerte. Moreno, todavía con las imágenes imborrables del Nahuel Huapi en sus retinas, emprende un veloz regreso a Buenos Aires porque se había enterado que el indio preparaba un malón. Llega a Buenos Aires tres días antes, con tiempo suficiente para dar el alerta.... pero nadie le hace caso: "Son cosas de chico asustado", dicen que se dijo. Y el malón cayó, tal como lo había advertido ese chico asustado. Fue el ataque indio más tremendo del que se tenga memoria. Los muertos se contarían por centenares, y las cabezas de ganado perdidas, por miles.
Pancho empieza a preparar otra expedición.
"En 1876 -escribe Riccardi-, en viaje a Santa Cruz, Moreno efectúa observaciones a lo largo del curso del río Chubut (...) Por primera vez ejerce su derecho de explorador al bautizar el lago en el que desagua el río Senguer con el nombre de Musters, quien seis años antes había unido, en épica travesía por el interior de la Patagonia, Punta Arenas con Carmen de Patagones.
"Estas observaciones sobre la red hidrográfica del Chubut son el inicio de sus ideas sobre la correcta relación entre la divisoria de aguas y la línea de las altas cumbres cordilleranas, que luego utilizará en la controversia limítrofe con Chile."
Enero de 1877. El Sur, siempre el Sur. El diario de viaje indica 13 de febrero, y las hojas están repletas de datos, nombres, fechas y comentarios. Venía, esta vez, con seis acompañantes, remontando el río Santa Cruz para desembocar en su naciente, el lago Argentino.
Y escribe: "Trepo la oleada de arena y encuentro el grandioso lago que ostenta toda su grandeza hacia el Oeste".
Al día siguiente, alcanzan las nacientes del Santa Cruz. Y escribe: "¡He elevado la bandera del sol!" Lo navega. Lo navega hasta el 18 de febrero. Y escribe: "(...) Una enorme masa blanca que se hunde momentos después con estruendo y produce una gran ola que viene rodando hasta estrellarse contra nuestra embarcación".
Pancho jamás imaginó que ese estallido de belleza hecho hielo incrustado en sus ojos ardientes por tamaño esplendor algún día iba a llevar su nombre: el glaciar Perito Moreno. El hombre tenía cosas más importantes que hacer que pensar en él mismo. Tenía que seguir explorando, descubriendo, bautizando. Entonces, explora, descubre y bautiza el lago San Martín, el cerro Fitz Roy, el río Leona, el monte Frías, el cerro Mayo, el monte Avellaneda. Todavía no había cumplido los 25 años. Y todavía le faltaba lo peor...
En 1879 lo nombran jefe de una nueva expedición al Sur. Y el Nahuel Huapi es otra vez su destino. Llegaría el 18 de enero de 1880. Para su sorpresa, al encontrarse en Choele Choel con el general Conrado Villegas, se entera que nueve troperos que transportaban víveres a los campamentos militares fueron masacrados por los indios picunches.
En Tecka es informado que cuatro de los picunches que perseguía Villegas lograron escapar, llevando la novedad al cacique mapuche Valentín Shaihueque. Creyéndolo delator, el cacique manda apresarlo. Pancho no ignora los riesgos, pero continúa explorando, descubriendo, bautizando.
Como en viajes anteriores, explora, descubre y bautiza el cerro López y el lago Gutiérrez (en homenaje a su amigo e inspirador Juan María Gutiérrez).
Al tomar la senda de los Vuriloches para ir a Chile, es capturado por una partida mapuche. La situación no podía ser peor: en esos momentos, las tropas del coronel Ortega se enfrentan con Namuncurá. Los indios están en junta de guerra, y reúnen 800 hombres para la réplica.
Un hechicero mapuche exige la muerte de Moreno. Shaihueque se opone. Pancho escribiría más tarde: "Ninguno de los jefes caleufú ha teñido sus manos en sangre de cautivo indefenso. Si pelearon y cayeron, fue defendiendo su suelo. Shaihueque en 1880 fue un leal enemigo, y juzgo al indio puro con su criterio. Defendía su patria. Era dueño de su tierra por derecho divino".
En aquellos turbulentos días, y en medio de una feroz borrachera de los indios, Moreno y sus acompañantes se las arreglan para huir del lugar.
En una edición de 1980 de la Revista del Mar, el contraalmirante Laurio H. Destefani, lo recuerda así: "(...) Construyendo una balsa con palos de sauce, bajó por el Collón Curá al Limay. Sin carnes, exhaustos, siguen su fuga comiendo sólo ramas de junco.
"Posteriormente por tierra y luego de duras penurias llegan al fuerte en Neuquén. el 29 de febrero estaba en Patagones y de allí a Buenos Aires, en cuya estación Central recibió el 11 de mayo de 1880 una magnífica recepción.
"No obstante la hazaña realizada, ciertos sectores del gobierno criticaban el abandono de la expedición que debía haber realizado al Sur en el vapor-aviso Vigilante.
"Aceptada su renuncia, Moreno partió para Europa, porque era necesario alejarse de las críticas, aunque hombres como el presidente Julio A. Roca o el general Bartolomé Mitre lo apoyaban.
"Volvió a Buenos Aires y bregó por los indios que estaban prisioneros, entre ellos los caciques que lo habían apresado en Caleufú, incluso a Sheihueque, a quien consoló y trató de liberar."
En la isla Centinela, en las azules aguas del Nahuel Huapi, debajo de una gran cruz blanca, descansan los restos de Francisco Pascasio Moreno junto con los de su esposa, Ana María Varela, con la que se había casado en 1885.
Pancho Moreno murió en Buenos Aires el 22 de noviembre de 1919, seis meses antes de cumplir 68 años.
El gobierno de entonces no envió representación oficial a su sepelio. Por olvido.
El origen del parque
1888. Mientras Chile pretende imponer la tesis del divortiun aquarum, la Argentina sostiene la línea de las altas cumbres. El presidente Juárez Celman lo convoca a Moreno para actuar como perito. Tras declinar, la Cancillería insiste y esta vez acepta realizar expediciones a La Rioja, San Juan y la Patagonia.
En 1892, viaja a Chile y logra imponer su tesis de las altas cumbres. Se produce el llamado abrazo del Estrecho entre los presidentes Roca y Errázuriz, pero las cuestiones limítrofes no cesan. Moreno viaja a Londres, donde es distinguido por la Sociedad de Geografía de Francia y la Royal Geographic Society, de Londres. El 20 de noviembre de 1902, el rey de Inglaterra da sanción al laudo de límites. Pancho Moreno, el principal defensor de la posición argentina, había ganado para la Argentina 1800 leguas cuadradas de territorio, tras invertir en aquella empresa incontables horas de estudio e investigación.
Por sus servicios, el 11 de agosto de 1903 es recompensado por el Congreso con la cesión de veinte leguas de tierra en Neuquén. El 6 de noviembre de 1913, Moreno dona tres leguas de su propiedad con destino a un parque nacional: hoy, el Parque Nacional Nahuel Huapi. Ese día se instituyó el Día de los Parques Nacionales.






