Gente común

Ser filmado o fotografiado tiene además algo perturbador, parecido al dejo de incredulidad que produce escuchar la propia voz grabada en una cinta
Cecilia Absatz
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17 de marzo de 2013  

Una de las grandes transformaciones que trajo a nuestras vidas la tecnología en general y los celulares en particular, además de las comunicaciones, fue la configuración de una estética nueva, diferente. Lejos de los arquetipos tradicionales, las rubias de Hollywood y los galanes intensos, los avisos de las telefónicas comenzaron a mostrar muchachos con anteojos y melenas indomables, chicas de pelo corto, alguien con panza, ropa sencilla, en general una reivindicación de la gente común. Esto sin duda representa un cambio de paradigma, con una sugestiva connotación política: la gente común entra en escena y tiene un celular; con un teléfono y una cámara en la mano, todo el mundo es a la vez reportero y protagonista.

La cámara en sí misma es un fuerte estimulante de efecto inmediato: despierta miradas voluptuosas en algunas mujeres, enardece la ira en los disturbios y hace llorar más fuerte a las víctimas. Para la gente común y no pocos profesionales, ser filmado o fotografiado tiene además algo perturbador, parecido al dejo de incredulidad que produce escuchar la propia voz grabada en una cinta, o el nudo en el estómago que genera recibir un aplauso por algún motivo.

El celular trae consigo la cámara, y las redes sociales, el territorio personal donde cada uno es centro y diseña libremente su propia participación en el mundo. Con la aparición de este universo inesperado y en un orden perfectamente horizontal, la gente publica, edita, opina y muestra lo que quiere. Todo queda en sus manos. Es un mundo extraordinario e infinito, que para muchos resulta de hecho más tentador que la vida misma. Para Proust, eso era la literatura. Dice en El tiempo recobrado: "La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida, es la literatura." Hoy eso mismo es la cámara del celular, que no necesita del genio de Proust para descubrir y dilucidar lo que para muchos es la verdadera vida. En los últimos Juegos Olímpicos, por ejemplo, la delegación argentina participaba del desfile de apertura en ese estadio fulgurante de felicidad, y muchos de sus integrantes, tal vez la mitad, grababan la escena con sus celulares: antes que respirar el momento preferían construir un recuerdo.

En la vida cotidiana, el hecho de registrar un acto parece darle una consistencia que en la realidad sería dudosa. La fuerza de la palabra escrita le da entidad a los asuntos más nimios, como ir al supermercado o levantarse de cierto humor. Y el poder afrodisíaco de una cámara puede incrementar el placer y la diversión en las escenas privadas. Por supuesto que ese tipo de grabación se borra de inmediato cuando se trata de gente de familia. Pero aunque lograra borrarse –la cibernética es muy misteriosa–, siempre queda la sombra de la idea de un público. Si hay una cámara, hay un público. Y el público sólo mira a los protagonistas.

Es difícil detectar los datos de una época sin esperar a las décadas siguientes. Pero hay algunas cosas que están claras. Uno: hoy el héroe no es el más lindo, sino el que maneja mejor la computadora. Y dos: la mística de la fama es casi tan potente como la del dinero. Las niñas sueñan con ser estrellas de la televisión; los niños, también, pero en el fútbol. Fama y dinero por igual.

Lo revolucionario de esta ecuación es que ahora todo el mundo tiene acceso. Cualquiera puede cantar una canción, subirla a YouTube y convertirse en Justin Bieber. Y también puede mantenerse alerta e informado. Indignarse en España o sublevarse en El Cairo. Quien lleva una cámara en la mano tiene su forma de poder. ß

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