
Gigi Rizzi, el último playboy
Esta semana, Italia despidió al hombre que, en los ‘60, hizo de la diversión un estilo, sedujo a Brigitte Bardot y se transformó en mito
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MILÁN.- En la primavera de 1994, cuando el director del Corriere della Sera me pidió que lo rastreara, Gigi Rizzi era la estrella desaparecida de un verano irrepetible, playboys, Saint Tropez, Brigitte Bardot, la Italia del boom, un mito que de tanto en tanto recuperábamos por una foto de archivo tomada en una playa, con los pies descalzos y una vincha de pirata.
Nuestra curiosidad era generacional, porque teníamos que hablar de los 60 años de Bardot y queríamos hacerlo con quien la había visto de cerca aunque fuese sólo durante un verano, con aquel italiano recién llegado que había izado la bandera tricolor en La Mandrague, marcando una época, como las protestas que en 1968 incendiaban las calles. ¿Qué era de él? ¿Dónde había terminado? ¿Qué curso había tomado su vida después de aquella increíble aventura que lo había llevado a la portada de Newsweek?
De aquella época, de aquel romance del que se vio obligado a hablar por el resto de su vida, Gigi Rizzi conservaba el recuerdo dulce y atónito de un niño.
Aquel año que pasaría a la historia por el Che Guevara y el Barnard College, él había herido el orgullo de los franceses, y desde entonces, su destino fue el de ser perseguido y recordado por aquella aventura tan fuera de lo común, de la que intentó escapar cambiando de vida y poniendo 2000 kilómetros de distancia entre él y el Viejo Mundo. "Estoy harto de contestar siempre la misma pregunta: ¿cómo fue aquella noche?", me dijo en Buenos Aires.
Pero detrás de la historia de amor Rizzi-Bardot está la historia de una generación que, junto con la alegría de vivir, había descubierto el gusto de la transgresión, y que eran latin lovers hasta el último giro del vals, antes de quedar sepultados bajo la ideología y el compromiso.
En la eufórica audacia de aquellos años, Gigi Rizzi ha vivido más que cualquier persona normal: puede decirse que cada uno de esos años valía por diez. Y todo eso lo marcó, pero nunca lo privó de su alegría de vivir.
Murió la otra noche, en el lugar donde todo había comenzado. Otra señal del destino. Festejaba sus 69 años con los viejos amigos de otro tiempo. Hablaba de los hijos y de los nietos, y aunque había perdido mucho en su partida con la vida, no se sentía un derrotado.
Giangiacomo Schiavi
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