
Gracias, Perkins
Están al servicio huésped, a quien le brindan dedicación completa. Una noche en el exclusivo universo de los mayordomos
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La cama sin hacer, igual que el desayuno. El volcán de ropa arrugada que espera y la plancha que avisa que ella sí está lista, con su publicitado beneficioso: "vaporizador incorporado". ¡Fshhhhh!, resopla, y el vaho sólo provoca ganas de huir para tomarse unas vacaciones. Para que otro haga todo por mí.
Osvaldo Torres Cruz nos recibe en el lobby del hotel Alvear y asegura que mi sueño puede ser realidad: hoy y mañana tendré mayordomo, uno de los once que él comanda.
Es tarde y olvido hacer el check-in. No hay problema. De ahora en adelante, un número mágico solucionaría todo: 8. Aprieto el 8, y mi butler (mayordomo) vendrá en mi auxilio.
Hará casi todo por mí, como la reserva, a las 21.30, en el restaurant del hotel. Mi camisa está un tanto arrugada. Mi reacción automática es prender la ducha, generar vapor y que Dios me ayude. Pero está la clave, el 8, y el mayordomo llega en mi auxilio. Atildado de pies a cabeza en su jacket largo, corbatón negro y gris, impecable corte de pelo y 1,75 metros, Juan Manuel Oteiza toca a mi puerta.
–Buenas noches, enseguida le resolveremos el problema.
La camisa vuelve con un minucioso planchado que jamás podré igualar. El mayordomo, de 28 años, sabe de mis gustos y hobbies. ¿Cómo? Al hacer la reserva comienza para ellos un trabajo de investigación del huésped. Se valen de Internet, agencias de viajes y operadores turísticos para conformar el perfil de quien arribará. Si les falta algún detalle, lo consiguen con gran profesionalidad: charlando al momento de la recepción, leyendo los movimientos del visitante durante la estadía, analizando cada elección, desde qué cenó hasta si corrió de lugar algún arreglo floral de la habitación.
Siempre listo
Durante la degustación de langostinos, ranas y granizado de romero en La Bourgogne, Juan Manuel se encarga de la apertura de la cama. Fanática del chocolate, tengo postre a pedir de boca en la habitación. Punto para él, que escuchó entre líneas mi debilidad por el dulce.
¿Qué más se le puede pedir?, pienso y sospecho que es imposible una mayor atención. Sin embargo, descubro que, a comparación de otros huéspedes, ¡no había pedido nada! La lista de deseos satisfechos por los butlers sorprende. Bordaron iniciales en las batas y cebaron mate para extranjeros que querían conocer la ceremonia. Han dado lugar al delirio de grandeza de algún visitante que pide que su suite esté señalizada con una placa dorada donde brille su nombre. Una de ellos (¡porque hay butlers mujeres!) le ofició de partenaire a un fanático del tango en un salón del hotel; otro consiguió que el guitarrista que horas atrás había deslumbrado a una pareja de ingleses los visitara en su habitación, con cd autografiado en mano. ¿Compras? También. Valijas de urgencia y… pestañas postizas para una famosa actriz de Hollywood. La misma que solicitó que el butler se hiciera cargo de recordarle el horario en que debía colocarse sus gotas oculares. La misma para la que confeccionaron fundas especiales, ya que su peluquero "le recomendó que para que el pelo no se le desarme de noche tiene que dormir con almohadas 100% seda", cuenta Osvaldo.
Como buen entendedor y excelente mayordomo, jamás revelará el nombre de la diva. Son cómplices del huésped. Y eso está perfecto.
Ellos dicen no tener límites. Que hasta la cosa más ridícula se intenta. Prueba de ello fue la habitación fantasma que confeccionaron para un obsesivo de la limpieza, al estilo de Jack Nicholson en Mejor imposible. El combo de la manía incluyó cuatro limpiezas diarias, cubrir cuanto mueble y sillón existiera en la suite con sábanas king size y alfombra de pelo largo para… el piso de mármol del baño.
Amanecer
El reloj marca las 9 AM y el desayuno no se hace esperar ni un minuto. Repostería vienesa y pastelería danesa, té en hebras, jugo de naranja, cesta de panes cereales, yogur y tostadas francesas. Lista para el health club: al fin y al cabo, un poco de ejercicio no viene mal. Sobre todo si al regreso tengo el baño preparado con pétalos de rosas y una copa de jugo fresco para saciar la sed que da el entrenamiento. ¿Acaso me leen el pensamiento? A esta altura, ya siento que tienen cierto poder paranormal, aunque ellos lo llaman ¨adelantarse a las necesidades, ser proactivos¨.
Cuando mi estadía está llegando a su fin, pulso el número del conjuro, y Francisco Vanoni y Silvia Fernández se acercan a la habitación. Con sus guantes blancos y papel manteca comienzan a guardar mis pertenencias en la valija. Claro que no demoran ni por asomo lo que tardaron en empacar los bártulos del príncipe Carlos de Inglaterra, Joan Collins, Paloma Picasso, Catherine Deneuve y Sofia Loren, entre otros.
Caminamos juntos hasta el lobby y Francisco se ofrece a hacer el check-out. Nos desea un pronto regreso y un muy buen viaje.
Treinta minutos más tarde, mi nariz asoma a la realidad en mi departamento de Nuñez. La cama sin hacer y el volcán de ropa arrugada me ponen de cara al mundo. Marco el 8. Quizás algo de magia llegó hasta aquí conmigo, pero nadie responde: Cenicienta se acabó. Hay que dar batalla a los quehaceres cotidianos después de una jornada de lujo. Lo hago con una parsimoniosa sonrisa. Al fin y al cabo, ¿quién me quita lo bailado?
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