Guardate tus frases inspiracionales, tengo ganas de enojarme
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Motivada un poco por varias corrientes, disciplinas, terapias alternativas, y toda suerte de nuevas herramientas orientadas hacia el crecimiento espiritual; pero fundamentalmente por haberme cansado de ciertos rótulos que se hacen extensivos a toda nuestra personalidad, aun cuando sean esporádicos (los estados, no los rótulos), veo necesario aclarar aquellas cuestiones referidas a nosotras y nuestros enojos, irritabilidad, intensidad desmedida, o en criollo, ponernos chinchudas, de paso, emociones que nada tiene que ver con el rencor.
Cabe aclarar que quien esto escribe se ha psicoanalizado por años, es amante del yoga, se ha leído sus Registros Akáshicos, prefiere la respiración al clonazepam e intenta lograr graduarse en meditaciones y mindfulness.
Pero muchas de estas técnicas, por cierto muy útiles si se las toma con seriedad, sólo se muestran como el vértice de un iceberg a través de una sobredosis de frases desparramadas, desde Estados de WhatsApp, hasta cualquier otra red social, convencidos de que, por el sólo hecho de publicarlas, compartirlas o leerlas, ya se ha logrado alcanzar el estado de Buda; ignorando, que para que ciertas frases logren su objetivo, hay un viaje previo imposible de sortear a la hora de aplicarlas.
Uno podrá leer infinidad de mensajitos, videos con música empalagosa, pajaritos y atardeceres, extractos de conferencias, o testimonios que intentan transmitir conceptos que nos hagan mejores seres humanos. Ahora bien, si no se ha trabajado y se continúa trabajando en nuestras cabezas y corazones; sólo servirán para que, muy entusiasmados y creyendo que descubrimos la pólvora, reenviemos, compartamos o demos un Me Gusta o un Like, según el grupo etáreo que nos incluya. Pero no más que eso. Y lo compruebo casi a diario.
Así, entre miles de otros, nos están aturdiendo con consejos sobre el desgaste que produce enojarse, que no hay que enojarse, que el enojo hace mal y que, por ejemplo "el damnificado más grande del enojo, es uno mismo"; y finalmente que hay que ser Simple y Feliz. ¿En serio me lo dicen? ¡Bingo!, pero cuando el enojo nos alcanza, es una estupidez no hacerle frente; a él y a quien lo generó. Porque si uno tiene cierta cintura a la hora de ser empático y comprensivo con las acciones de los demás; entonces cuando la irritación se instala, es que las opciones previas al tsunami, se agotaron.
Y hasta donde yo he podido comprobar entiendo que los enojos, como cualquier otra emoción, no deben ser reprimidos, sino más bien, todo lo contrario. Oponer resistencia a una emoción, no logra más que afianzarla, aumentarla y hasta desdibujarla corriendo el foco de esa emoción a cualquier ser vivo o no vivo (y los he visto descargarse con objetos inanimados). Ejemplos sobran. Son los casos que uno ve con insultos en el tránsito, maltrato a un vendedor, a una telefonista de un call center, a la cajera de un súper, o a cualquiera que se cruce por el camino el Día de Furia de aquel que no supo dejar su enojo dónde y con quién debía. El chabón discutió con su mujer y al pobre flaco del peaje, que porque alguien, menos él seguro, decidió un nuevo aumento, le tira un rosario de maldiciones. Lo mismo si una mujer se enojó con sus hijos y en lugar de transformarse sanamente en un Rottweiler hambriento con ellos, llega a su laburo lanzando blasfemias a toda su oficina; desde el ascensorista hasta el mejor compañero del año. O a la inversa, tuvo un desencuentro laboral y se descarga con los niños, en donde los párvulos, rezan para que su madre corra la misma suerte que la mamá de Luis Miguel.
Por supuesto que no estoy celebrando el enojo, sólo estoy diciendo que no es bueno reprimirlo. Y resulta obvio aclarar que es mejor enojarse lo menos posible. El punto que abordo es, cuando ya se instaló. Y lo más importante es tener conciencia que uno no se anda enojando porque sí, porque le pintó, porque tiene ganas de romperle las pelotas a la humanidad y, esto, insisto, sucede cuando no podemos direccionar el enojo, por temor a que se nos rotule de locas, a quien lo provocó. Hablando en términos cotidianos y domésticos, claro, si yo me enojo porque creo que Vicuña le fue infiel a Pampita....y… estoy frita; no tengo dónde ponerlo. Bueno…ahora que lo pienso, hasta ahí nomás, porque allí está, al servicio de todo el anonimato, la cobardía y la "sabiduría", para opinar de la vida de cualquiera, el Código de Ética, Valores y Principios, devenido en Redes Sociales.
Me pasa con algunos ejemplares del sexo masculino, con mis hijos, amigas, etc. que cuando tienen actitudes que, luego de provocarlas, se avivan de que estuvieron mal, pero ya lograron que me enoje, te tiran frases tipo: "mecha corta" o "Bueno, dale Vieja, ya está". ¿Ya está? ¿Si yo estaba lo más tranquilita y vos despertaste a la bestia? ¿Cómo que ya está? O la típica: "¿Vas a quedarte mucho rato enojada?" Y depende, lindo, si esa es tu manera de reparar lo que dijiste, seguramente sí. Porque, además, sepan que quienes nos enojamos con total libertad somos un despojo de ternura, que, con un beso o un abrazo ya nos tienen en su palma de nuevo. Al menos yo, soy así de fácil. Ahora si tu manera de desenojarme es apagar el fuego con nafta; entonces no me hagas enojar o bancá el vuelto.
Así que sirva este pequeño consejito y más allá de seguir disfrutando El Chavo del 8, no podré darle la razón cuando casi en un dulce acorde diga: "Bueno pero no te enojes". Chavito lindo, entonces no me hagas enojar.
Florencia Moreno
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