
Guardianes de la suerte
Desde siempre, el hombre ha tenido la costumbre de confiarle su suerte a objetos, a los que sin razón dotó de poderes mágicos. Un libro rescata las leyendas populares sobre amuletos y talismanes
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Los amuletos son objetos comunes y corrientes que están dotados de una supuesta cualidad sobrenatural para atraer la fortuna y proteger a las personas contra las desgracias. Se encuentran en todas las culturas del planeta y en todos los períodos de la historia, e incluso de la prehistoria, de modo que su larga presencia es un testimonio más de lo duro que ha sido (y que es) para el hombre sortear los sinsabores de la vida, esa fuerza exorbitante y caprichosa que un día nos guiña el ojo y otro nos empuja hacia el abismo sin un mínimo de pena. Pero la materia de que se compone el fetichismo es pura incoherencia. El tiempo y los resultados se han encargado de demostrar que no hay magia ni cosa semejante que pueda torcer nuestra suerte.
No obstante, en pleno siglo XXI, con el microchip y la oveja Dolly como ejemplos notables del avance vertiginoso del conocimiento científico, muchas de estas creencias populares han llegado intactas a nuestros días y siguen circulando, aunque con un interés más limitado, pese a que las angustias y los temores que acechan a la especie siguen siendo casi los mismos: las enfermedades, la bancarrota y el quedarse para vestir santos, no necesariamente en ese orden. Lo cierto es que cientos de personas en el mundo mantienen costumbres como la de colgar una herradura sobre la puerta de su casa, llevar la cinta roja atada en alguna parte del cuerpo o tener por llavero una pobre patita de conejo, que hasta el auge de la ecología y la preservación de los derechos de los animales, sólo en Estados Unidos se vendían al año diez millones.
Claro, ser supersticioso es lo menos grave que puede pasarnos. O, en todo caso, no habla de la catadura intelectual de aquel que se aferra a un objeto con la esperanza de salir airoso de alguna dificultad seria, de las tantas que nos persiguen en estos últimos tiempos. El mismo Pascal llevaba cosidas en el ruedo de su chaqueta una serie de inscripciones místicas para espantar los ataques de duda y desesperación que lo asaltaban cada vez que una idea se le metía en la cabeza. La primera dama británica Cherie Blair, que es una jueza y abogada con prestigio en su medio, fue fotografiada durante un acontecimiento, en 1998, luciendo en su cuello el escudo bioeléctrico, un pequeño círculo de cristal recubierto en plata con la inscripción de una configuración mágica, y que fue especialmente diseñado por un quiropráctico inglés para "desviar la radiación magnética emitida por las computadoras modernas”. También los deportistas, actores y actrices, soldados, marineros, aviadores –y todos aquéllos cuyas ocupaciones los ponen en contacto con el peligro social o físico–, suelen circular con algún tipo de protector que tiene un significado vital para ellos.
Sobre esta inofensiva práctica, la antropología ha dejado numerosos e interesantísimos estudios. Por eso, es otro el objetivo del libro Los guardianes del cuerpo, y cuyo autor no es antropólogo, sino un señor septuagenario que, además de ser un eximio pintor, es zoólogo egresado de la Universidad de Oxford y responsable de una tesis doctoral que en su momento disipó muchas neblinas del saber científico (al menos, nadie hasta él había investigado a fondo las costumbres sexuales del pez de diez espinas ni escrito un libro tan escandaloso sobre nuestro pariente el mono). Desmond Morris ha publicado una treintena de obras en las que consta su hondura académica, pero en esta oportunidad su intención no ha sido elaborar un tratado sobre algo tan trivial como el amuleto, sino documentar las leyendas más fantásticas y reunirlas al solo efecto de aportarle al tema otro poco de información. Morris ha viajado por todo el globo explorando la vida de los animales, y el contacto con tantas culturas diferentes le permitió reunir una colección personal de alrededor de 200 de estos chiches, que más allá del mito, sin duda, representan uno de los puntos más oscuros de la mente humana.
Por el poder del ajo. La palabra amuleto deriva del latín amuletum, aunque algunos lingüistas afirman que la verdadera raíz procede del árabe jamalet, o jamala, que significa llevar. El vocablo talismán nace del griego télesma, que quiere decir ceremonia de iniciación o misterio. La diferencia entre ambos es muy sutil: mientras a los primeros hay que llevarlos con uno para que cumplan su cometido, a los segundos –que son figuras o imágenes grabadas sobre materiales como el metal o la piedra, y que tienen correspondencia con los astros– se los puede ocultar en un placard, que aun a la distancia obrarán sobre la suerte de su dueño. Los dos fueron concebidos para cumplir idénticas funciones: conjurar los males, atraer la prosperidad, curar el mal de ojo y también las enfermedades.
Es vasto el repertorio de plantas, animales, piedras y otros símbolos –como dientes, puños, pulseras, cuernos, etcétera– que han servido a tan nobles ilusiones. La mayoría de esos elementos fue empleada al principio en su estado natural, hasta que el desarrollo de la tecnología permitió la reproducción a escala y, en consecuencia, una mayor difusión. En la Antigüedad, por ejemplo, la gente se guardaba en los zapatos un trébol de cuatro hojas para llamar a la fortuna, pero actualmente no es necesario tan incómodo recurso (incómodo para el trébol): en Estados Unidos se recubren cuatro millones de estas plantitas en cristal y plástico que luego son vendidas en forma de colgantes y prendedores de solapa. Y es tan apreciado este milenario amuleto que sólo en Florida existe una empresa (Clover Specialty Company) que desde 1939 se ocupa de suministrar auténticos tréboles de cuatro hojas, que hasta se pueden conseguir vía Internet. A los primeros cristianos se les debe el culto a esta herbácea de hojas pecioladas y tan difícil de encontrar en el jardín, cuya eficacia supera al trébol común, porque según ellos representaba la cruz, símbolo del equilibrio, la unidad y la totalidad. Mientras unos sostienen que sólo surte efecto colocándola entre las páginas de la Biblia, otros creen que si es una joven el que lo encuentra se casará con el primer hombre que aparezca en su camino.
El trébol irlandés o Trifolium repens minus (tal es el nombre botánico del ejemplar de tres hojas) posee similares propiedades benéficas, pero es especialmente reconocido en Irlanda, donde los fieles organizan una fiesta para agradecerle los favores obtenidos durante el año. Su abolengo data de 5000 años atrás, cuando fue hallada una estatuilla perteneciente a la civilización del valle del Indo con la imagen de un señor barbudo y cubierto por miles de estas plantas. También confiaron en él los celtas y los árabes preislámicos, pero sólo alcanzó la inmortalidad con San Patricio (patrono de Irlanda), cuando éste llegó para convertir el país al cristianismo y lo usó como elemento persuasivo argumentando que representaba a la Santísima Trinidad.
En cuanto a reputación y fama sanadora, vale destacar a la planta de ajo, que desde hace unos 2000 años es considerada un fabuloso antídoto contra el grueso de las desgracias terrenales. Por eso, su presencia ha sido una constante y no sólo en las cocinas de todas las civilizaciones. Los soldados romanos lo masticaron para darse coraje en las batallas, y en la Edad Media fue un bálsamo para curar las heridas de combate. Los marineros evitaban los naufragios colgando una ristra en la proa, y los campesinos creían que los protegía de las tormentas y el mal tiempo. En Alemania, los mineros bajaban a los túneles portando en los bolsillos una cabeza entera, convencidos de que prevendrían los derrumbes; y en España, los toreros esperaban que al toro se le desviara un cuerno con sólo olfatear el aroma de un diente escondido entre las ropas. Al recién nacido se le colocaba uno debajo de la almohada hasta la fecha del bautismo, cuando el agua bendita se hiciera cargo definitivamente de su destino. En el terreno de la salud, las madres vieron en él un remedio infalible para curar la viruela, el dolor de muelas, la fiebre, la histeria, la insolación, la rabia y la diarrea. Y decían que bastaba colgarse del cuello una decena de dientes ensartados en un cordón o colocarlo entre los calzones para espantar la hepatitis. Tantas bondades tienen estrecha relación con la naturaleza de esta planta bulbosa y parecida a la cebolla, que según las abuelas creció en la huella del pie del diablo, cuando éste dejó el paraíso para instalarse en el infierno. Una versión mucho más realista indica que la razón de su misterioso y extendido poderío reside en el aliento pestilente que deja en la boca de alguien que acaba de comer un diente de ajo.
En la actualidad, y como consecuencia de los obstáculos que nos plantea el mundo en que vivimos, varias de estas viejas creencias fueron recicladas o, mejor dicho, adaptadas a las circunstancias. Un ejemplo es el Kara, una pulserita o brazalete que se lleva en la muñeca derecha, y que sólo debe estar confeccionado con hierro o acero para asegurar su hechizo. Los convencidos juran que sirve para aliviar el reuma y otras afecciones óseas, pero, en realidad, es un símbolo utilizado por la milenaria religión sij, en la India, y fue consagrado por los devotos para mantener a raya los malos espíritus y cosas por el estilo.
A no reírse del pasado. El hombre sigue siendo un sujeto vulnerable y miedoso. No hace falta hurgar en el pasado para comprobarlo. Basta con revisar el rosario de barreras modernas con las que pretende asegurarse la vida en la Tierra: desde pólizas de seguro, fondos de retiro y plazos fijos hasta casas aisladas en los barrios cerrados. En ese contexto, el de la constante incertidumbre, no suenan muy alocados los fundamentos que alentaron el origen de los amuletos y talismanes. Aunque después las interpretaciones hayan ido demasiado lejos, y ahora nos provoquen risa, lo importante es que si un puñado de hombres depositó sus esperanzas en ellos, algo de bueno habrán hecho. Y en todo caso, este sencillo trabajo de recopilación no hace sino reivindicar el derecho que tenemos las personas de creer en todo aquello que lleve consuelo y tranquilidad al espíritu, especialmente ahora, que vivimos épocas tan atormentadas.






