Historia de sacerdotes y guerreros
Una enfermera de Palermo cree estar enamorada de dos hombres al mismo tiempo. Ellos no pueden ser más diferentes. Representan dos estilos masculinos antagónicos. Uno es tierno y responsable; el otro, audaz y pasional. ¿A cuál elegirá?
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La agonía de un viejo periodista sin familia, que Fernández acompañó durante tres largas noches de internación leyéndole sin esperanzas algunas páginas de Marcel Proust, derivó inesperadamente en un ligero chisme de pasillo, luego en la historia completa de un triángulo sentimental y por fin en un relato de corazones desatados. Fernández se enteró, tomando café con el personal nocturno del sanatorio, por qué cargaba tantas penas de amor la enfermera universitaria más linda de Palermo.
Se llamaba Marcela, era morocha y bien desarrollada, y trataba de congeniar su belleza con la eficacia y su ambición con la bondad. Solía ser, según sus propios compañeros, abnegada pero luchadora, y sensual pero fría. Militaba en un feminismo básico, y detestaba obviamente a los hombres prepotentes e insensibles. Por eso enamoró a un médico clínico y odió con ímpetu a un cirujano de planta.
El clínico resultó ser un hombre separado y responsable, médico de familia, idealista, humano, ético y emocional, dueño de palabras hondas y portador sano de notables signos de admiración: un sacerdote. En cambio, el cirujano resultó ser un hombre duro, valiente y egoísta, brillante desde la técnica y cerebral en la batalla, dueño de un humor ácido que espantaba y de un escepticismo práctico a prueba de misiles: un guerrero.
El sacerdote se llamaba Juárez y el guerrero, Katz. Marcela quiso al clínico con tanta devoción que a los dos años nadie entendía por qué razón no se había casado con él. Fue más o menos para esa fecha en la que la dirección incorporó al staff oficial al doctor Katz, que entró como un vendaval y tuvo guerra dialéctica permanente con la enfermera diplomada.
Juárez cortejaba con palabras, cuidado, altruismo y alta sensibilidad a Marcela, y ella sentía que el clínico era su mejor amigo y su compañero de ruta, un maestro sofisticado que le enseñaba el progresismo de la vida. Katz, en cambio, le parecía aborrecible porque era elemental. Uno curaba con la observación, el otro con el cuchillo, y para Marcela ese detalle instrumental constituía una metáfora acabada de sus diferencias.
Se fraguaba, sin embargo, algo oculto e intangible en la rutina amorosa de la enfermera y el clínico. Cierta clase de amor sólo sobrevive en las incertidumbres. Cuando se sobreentiende que no hay amenazas posibles, el amor languidece de un modo silencioso y maligno. Es como si el amor fuera un avión a pedal: si el ciclista deja de pedalear el avión cae. Esas parejas se adormecen en las llanuras y renacen en los abismos.
Un poco adormecida, pero todavía sin conciencia de estarlo, Marcela viajó a Mar del Plata con la cúpula del equipo médico del sanatorio para participar de unas jornadas de capacitación. Juárez no pudo dejar su consultorio privado, pero Katz aprovechó el viaje para hacer sus enfáticos discursos sobre los límites de la vida, contar chistes de humor negro en las sobremesas y jugar de a ratos al tenis. Les tocó, para desgracia de Marcela, asientos juntos en el avión y luego en el salón de convenciones. Y no pudo evitar que el cirujano la menospreciara con sutil humor, la abordara a cada rato y le sonsacara datos sobre su vida personal. Ofendida en su ego, batalló con Katz unas horas sin lograr sacárselo de encima, y llegó a la primera noche un poco turbada. No sabía qué estaba ocurriendo y entonces, con la mente en blanco, habló una hora desde su habitación con Juárez, que le contaba anécdotas y proyectos. Al día siguiente, mientras se hacían dificilísimos juegos de management entre las mesas, Katz vino en su ayuda, y ella sintió por primera vez algo parecido a la simpatía. Desvelada y extraña, en la segunda noche Marcela bajó al bar y pidió una copa, y el guerrero se le sentó en el taburete de al lado, y estuvieron bebiendo y hablando dos horas en una rara intimidad nocturna. Un poco mareada, Marcela se metió en el baño y se miró al espejo. Esto no puede estar pasando, se dijo. Pero estaba pasando, y chocaron los planetas.
La enfermera regresó a Buenos Aires creyendo que todo había sido un lamentable error y un mal sueño, y se dio ánimo pensando que no tendría consecuencias. Pero las cosas comenzaron a ser distintas entre ella y el sacerdote. Y el guerrero la encadenó a su cama y al mes Marcela se dio cuenta de que tenía un novio formal y un amante institucionalizado, y se horrorizó ante la idea. Yo no soy así, esto no puede estar pasando, se repetía. Pero estaba pasando, y duró seis meses. La enfermera era incapaz de cortar la relación con el guerrero, pero se sentía desfallecer ante la sola posibilidad de perder al sacerdote, que parecía ser el hombre de su vida. ¿Los quería a los dos? Sí, pero de un modo tan distinto. Tenía que admitir, a fuerza de sinceridad, que el guerrero le despertaba algo atávico, algo anterior a la ideología, la civilización y lo políticamente correcto. Era algo vinculado a esa dimensión cavernícola y animal que deriva del duelo y el cortejo entre el macho y la hembra. El sacerdote, en la vereda de enfrente, representaba todo por lo que ella había luchado, todo en lo que creía y también todo en lo que buscaba convertirse con desesperación. No había perdido tampoco la pasión por el sacerdote, aunque el conocimiento profundo del guerrero le reveló a alguien sensible e intuitivo escondido dentro del envase de un hombre de acero inoxidable. Por increíble que parezca, Katz estaba ahora completamente enamorado de ella, y las dudas de la enfermera lo debilitaban, lo convertían en un tipo en paños menores azotado por los vientos del polo. El cirujano sabía de la existencia de Juárez, pero el clínico nadaba en la ignorancia, aunque percibía que Marcela estaba lejos sin entender del todo a qué se debía esa nueva modorra.
Un obstetra, íntimo de Juárez, escuchó primero el rumor en Enfermería y luego pescó de casualidad un gesto secreto e inequívoco de Marcela hacia Katz en la sala de operaciones. Un amigo es un amigo: puso al tanto al clínico de la situación mientras lo emborrachaba. Al principio, Juárez no quiso creer la verdad. Transido por el dolor, comenzó a espiar a Marcela y, como quien busca encuentra, finalmente encontró algunos indicios de infidelidad. Y al final la confrontó desde la cruel honestidad de los inocentes. Ella no pudo negarle los hechos. El pegó un portazo, se subió a su camioneta y manejó quince horas por rutas perdidas. Estuvo tres días desaparecido, y cuando regresó le dijo a Marcela que se equivocaba, que Katz no podía hacerla feliz y que él daría batalla hasta el final.
Los dos hombres dieron batalla. Cada uno con sus armas, e impostando mutuamente las armas del enemigo. El guerrero fue pasional pero se volvió locuaz y comprensivo; el sacerdote fue entrañable pero se volvió audaz y lujurioso. Marcela vivía aterrorizada por la guerra declarada, por las mutaciones de sus hombres y por la propia confusión en la que se iba hundiendo. A veces pensaba que quería a uno pero que estaba enamorada de otro. Y otras veces pensaba exactamente lo contrario. Imaginó en ocasiones tomar una decisión arbitraria y drástica, pero percibía que el corazón no funcionaba con ordenanzas, que no podía equivocarse porque le iba la vida y que quedaría atrapada para siempre en esa encrucijada tenaz.
Los contendientes se evitaban en el sanatorio, pero una tarde coincidieron en la playa de estacionamiento. El sacerdote lanzó un dardo verbal y el guerrero le devolvió una trompada. Se estuvieron pegando un rato, sin pericia y sin oficio, enmarañados y a los raspones, hasta que lograron separarlos. Los dos jadeaban, derrotados y contenidos, y el encargado de la playa, que era un filósofo tanguero, arrastró en voz alta: Hay mujeres demasiado importantes para un solo hombre.
El incidente fue narrado una y mil veces en el sanatorio, y la frase del encargado se convirtió en leyenda. Una noche, en vísperas de que el viejo periodista a quien Fernández cuidaba finalmente muriera, el encargado le aceptó un paquete de cigarrillos negros y le reveló el desenlace: Al final ella se quedó con los dos. Es decir, se quedó sin ninguno.
Fernández no quiso conocer los detalles.
Fernández / La cocina de un libro
“Para tapar el dolor me levantaba a las cuatro de la mañana a trabajar y volvía a casa a la medianoche, me abrazaba a la almohada y me quedaba dormido llorando. Eso duró un año exacto, con sus días y sus noches.” El frío abogado penalista, que había sido abandonado de buenas a primeras por su mujer, hablaba con los ojos secos y yo tomaba nota como si quisiera hundirme en la libreta, o como si le estuviera tomando declaraciones a Jack Nicholson.
Escuché ese tipo de confesiones íntimas y tomé esa clase de notas durante dos años, leí los miles de cartas que me enviaban los lectores de Corazones desatados, hablé con amigos y amigos de amigos, y también con enemigos, consulté textos de psicología sobre la adicción al amor y, sobre todo, busqué y rebusqué en mis experiencias y en mis recuerdos. Luego metí todo en una licuadora y con esa sustancia literaria comencé a inventar de cero tramas y personajes, y a tratar de darles vida y verosimilitud. Lo hice con la consigna de no narrar historias exóticas y de pasar por alto los clisés de la novela rosa y el amor televisado. Esos procedimientos son más fáciles que la increíble y retorcida forma de la realidad.
La cosa empezó inocentemente en LNR con “relatos de verano” que simulaban ser columnas. Pero el éxito fue tan grande, los lectores fueron tantos, y tan militantes y calificados, que la Editorial Sudamericana me convenció de escribir un libro.
Muchas veces los editores me pidieron libros determinados, pero pocas veces logré cumplir con sus estrategias: sólo pude escribir los libros que me salieron de las tripas. En literatura, el amor es el género más peligroso. Está banalizado y cualquiera puede, como decía Borges, rebajarse al sentimentalismo o irse rápidamente a la banquina del kitsch. Cuando el amor habla de la condición humana, de los egos y las obsesiones, la dependencia psicológica, la traición, la debilidad, el destino de los hombres y los fulgores políticamente incorrectos de lo prohibido, se vuelve el mejor tema del mundo. Podría nombrar a grandes escritores de todos los tiempos que han abordado este asunto. Cito sólo a uno, que fue particularmente inspirador para esta obra: Francis Scott Fitzgerald.
Corazones desatados (el libro) no es una recopilación de los relatos que fuimos publicando en LNR. Contiene varios textos inéditos, un cuento largo y controversial llamado La teoría de los mamíferos y una novela corta que no podría publicarse, por extensión y buen gusto, en un diario nacional: El amor es muy puto.
La protagonista de esa nouvelle, una ex gordita que vive todo tipo de infortunios, descubre esa frase en un libro usado: “El amor es muy puto, leyó una y otra vez, tratando de asimilar cada palabra y de comprenderla cabalmente. Claro, se dijo, muy puto. No le gustaban las malas palabras, pero tenía que admitir que no existía sinónimo en el castellano moderno para esa expresión soez. Podía decirse que el amor era resbaladizo, egoísta, maldito, cambiante, caprichoso y hasta perverso. Pero aun así nada definía tanto el hondo carácter del amor como la palabra puto, que no aludía a la prostitución ni a la homosexualidad, sino al filo inestable de un sentimiento que no aceptaba reglas, chantajes ni definiciones”.
Ese título inconveniente resume todas las peripecias de Fernández. El libro no trata meramente sobre el amor. Sino sobre su incertidumbre. Sobre esa cruel paradoja según la cual el amor nunca es gratis: la mayoría de las veces viene acompañado de sufrimientos o derivados más perniciosos.
Investigar esos recovecos del alma, descender a esas verdades asordinadas y dolientes, cambió de alguna manera mi vida. Es por eso que, a pesar de haber escrito Mamá y Fernández, en los que el asunto de fondo era bastante autobiográfico y donde incluso se confesaban intimidades sobre mis padres y sobre mi propia existencia, los relatos de Corazones desatados constituyen acaso mi obra más personal. Es extraño que estos textos “profesionalizados”, que fueron escritos para la serie semanal de una revista, se hayan convertido así en un verdadero hito dentro de mi carrera de escritor. Dice mi editora que con Corazones desatados se confirma que dejé la novela de aventuras para sumergirme en la literatura de interiores. Tiene razón. Aunque debo decir que no estuve solo en ese viaje. Me acompañó Liniers, que ilustró cada cuento. Es decir, reescribió en imágenes el libro entero. Verán que su versión gráfica sobre el amor es también un relato personal sobre las contorsiones de ese tan humano sentimiento inasible.
Corazones desatados
Jorge Fernández Díaz
Editorial Sudamericana
A los cuentos aparecidos inicialmente en LNR se suman nueve relatos y una nouvelle, El amor es muy puto. Ya está en las librerías.






