
HUELLAS LEJANAS
Fue, sin duda, el acontecimiento más importante del siglo: por primera vez, el ser humano salió de su casa natal y puso el pie en la Luna. Quienes vivieron ese día, no olvidarán jamás la expectativa de aquel momento. En las páginas que siguen, recordamos la gran hazaña
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Astronauta 1: -Pero... ¿Qué es aquello?
Astronauta 2: -¿Tienen una explicación?
Houston: -No se preocupen... concéntrense en el programa.
Astronauta: -Pero... ¡Dios mío, es increíble! ¡Esto es fantástico, no lo hubiera podido imaginar!
Houston: -Lo sabemos... vayan por la otra parte.
Astronauta: -¿Pero qué diablos es esto? ¡Es increíble! Dios mío, ¿qué es? ¿Me lo dicen, o qué?
Houston: -Cambie la frecuencia. Utilice Tango, Tango.
Astronauta: -¡Entonces... es una forma de vida!
Houston: -¡Cambie la frecuencia! ¡Use Bravo Tango... Bravo Tango... y elija Jezabel... Jezabel!
Astronauta: -¡Sí, pero todo esto es increíble!
Houston: -¡Pase a Bravo Tango... Bravo Tango!
El 16 de julio de 1969, el sol caía como plomo derretido sobre la base de lanzamiento de la Florida. Neil Armstrong, Michael Collins y Edwin Aldrin se habían levantado muy temprano ese día, a eso de las 4. Después de un breve chequeo médico, desayunaron e inmediatamente fueron ayudados a introducirse en sus complejos trajes espaciales.
No era ése, claro, un día más. Ni para ellos ni para el resto del mundo que seguía los pormenores con nerviosa atención. La expectativa creada -más allá de las dificultades técnicas- dio lugar a innumerables cuestiones, incluso de carácter moral y diplomático, habida cuenta de que hasta se llegó a plantear la duda de si la misión Apolo XI, con el acto simbólico de desplegar en la Luna la bandera de Estados Unidos, debía interpretarse como una conquista territorial.
Cuatro días, seis horas, cuarenta y cinco minutos y cincuenta y siete segundos. Ese fue el tiempo que se tomó la ciencia para entrar en la historia.
La Luna, esa enorme pelota blanca de 4600 millones de años, mostró parte de su secreto, treinta años atrás, cuando los astronautas de la Apolo XI, tras cubrir 384.403 kilómetros, acariciaron su suelo como de talco, primero con las frías patas de un módulo lunar que parecía copiado de una historieta de aventuras y, poco después, con el tembloroso pisotón de Neil Armstrong. Aquella andanza espacial, esa primera huella, fue la coronación de un desafío que empezó a tomar forma cuando los rusos enviaron al espacio a Yuri Gagarin, y los norteamericanos hicieron lo propio con Alan Shepard apenas veintitrés días después. "Fue como el primer paso de un bebe, que camina hacia cosas mucho más grandes y mejores", dijo el astronauta en esa oportunidad.
Claro que no se trató sólo de desarrollar la capacidad técnica y humana, sino, antes bien, de alcanzar a cualquier costo la supremacía en la carrera espacial.
Analizado como el acontecimiento no bélico más importante del siglo, el alunizaje fue consecuencia directa de la llamada Guerra Fría de los años 50. La supremacía militar norteamericana estaba asegurada con la construcción de la primera bomba atómica, durante la Segunda Guerra Mundial. La ex Unión Soviética lograría tenerla en 1949. La paridad de fuerza impulsó el desarrollo de los misiles intercontinentales. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética comenzaron a fabricar cohetes que pudieran salir de la atmósfera terrestre e ir de un lugar a otro del planeta en cuestión de minutos.
Proclamado por la comunidad científica como año geofísico internacional, 1955 fue determinante para los vuelos espaciales.
Así, los soviéticos tomaron la delantera y en 1957 lanzaron su primer satélite artificial, el Sputnik I, mientras Estados Unidos lamentaba el fracaso de su proyecto Vanguard. Cuatro años más tarde, Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en salir al espacio.
Abandonado definitivamente el Proyecto Vanguard, sobresale la figura de Werner von Braun -llamado luego el padre de la cohetería estadounidense-, que dirige la construcción del cohete Júpiter. El 31 de enero de 1958, el Júpiter puso en órbita al Explorer I, el primer satélite artificial norteamericano.
Entusiasmados por el éxito, se creó la National Aeronautics and Space Administration (NASA). En 1959, el ingeniero alemán-americano Von Braun se abocó a su segundo gran proyecto, el Saturno. Una vez terminado, la carrera hacia la Luna era una cuestión de tiempo.
En diciembre de 1972, con la misión Apolo XVII, se terminarían los viajes a la Luna. Desde entonces, no han vuelto a intentarse otros, quedando para la historia el registro de doce astronautas norteamericanos como los únicos en pisar suelo lunar.
"Houston, aquí base de la Tranquilidad, el águila ha alunizado." La hazaña estaba lograda. Pero momentos antes, iba a producirse el diálogo que se transcribe al comienzo entre los astronautas y los controladores de Houston. Diálogo que cruza el límite entre la realidad y la ficción, que hoy circula como pan caliente por los recovecos de Internet y que, si existió, nunca hasta el momento fue debidamente explicado.
Neil Armstrong hoy es un experto espeleólogo que dedica gran parte de su tiempo a escudriñar los misterios que guardan las cavernas más profundas de la Tierra.
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