
Huertas urbanas: tras el encierro, la ciudad se tiñe de verde
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Es un martes de pleno sol y Nils Lengyel –21 años, estudiante de dirección de negocios en la UCES– sube a la terraza de su edificio, en Olivos, para chequear que sus plantas no requieran agua. Allí, en una preciosa huerta hogareña crecen albahacas, rúculas, perejil, orégano, apio, radicheta, ciboulette. "Arranqué en la pandemia, en mayo. Todo empezó por mi vecina, Susana. Ella tenía una huerta y me dio curiosidad. Pedí permiso al edificio para usar la terraza y lo que empezó como un hobby, fue ganando espacio y exigiendo tiempo, pero es un tiempo que me da placer dárselo", afirma. Con un poco de maña en carpintería básica, consiguió unos pallets y cajones de verdulería que remodeló y barnizó. "Susana me dio unos plantines, luego me presentó a Marcelo Chocarro, que regala kits de semillas de estación y así esto empezó a crecer", cuenta. Sus palabras están lejos de ser una excepción: desde hace años las huertas urbanas son un fenómeno creciente que cruza el país y que, en medio del Covid-19, vivió un auge sin precedentes. Las hay pequeñas y personales, en balcones y en terrazas, en jardines, patios, escuelas, plazas e incluso veredas, resignificando el espacio público y la idea de lo que puede y debe ser una comunidad barrial. Y hay una enorme diversidad de protagonistas que recorren el fenómeno de las huertas urbanas. Organizaciones y cooperativas, emprendedores y agricultores, trabajadores sociales y profesionales, comedores e incluso restaurantes conforman una red de conocimiento y difusión para todos los gustos y bolsillos.
"Hice un acuerdo con una cooperativa, empecé a aprender, armé unos kits de semillas de estación y los repartí formando grupos en mi WhatsApp para que podamos consultarnos y crecer entre muchos. Hoy llego a cien familias", cuenta Chocarro, abogado, sommelier y periodista. "Hay muchísimas personas con huertas en sus casas, es algo que atraviesa a la sociedad: hay chicos de 20 años como Nils pero también está Horacio, de 94 años, que vive en Villa Adelina y es jubilado con la mínima. Él se armó un invernadero de hidroponia vertical usando sifones descartables. Con esto empiezan a aparecer historias espectaculares, como una docente que tiene una huerta en el jardín de adelante de la casa y nadie le toca nada. O una huerta muy grande en La Lucila, a la vera del tren Mitre, manejada por vecinos. Son espacios ganados, es una forma filosófica de ver la vida", afirma.
Espacios públicos, comunidad, voluntarismo, empoderamiento social, agroecología, redes y soberanía alimentaria son palabras claves que calan hondo en la mayoría de las huertas urbanas. Proyectos a veces más personales y lúdicos, otros más ambiciosos e inclusivos, pero siempre marcando el modo de relacionarnos con la tierra y los alimentos. "Es muy complejo autoabastecerse a través de una huerta urbana; las ciudades hoy no ofrecen los espacios necesarios para satisfacer la totalidad de alimentos, y a su vez tenemos ya una dieta arraigada que precisa de la provisión de muchas regiones. Pero incluso la huerta más chica, con apenas unas aromáticas y hojas verdes, nos permite ampliar nuestro entendimiento de cómo se producen los alimentos. Y una vez que sabemos eso, podemos tomar mejores decisiones no sólo como cultivadores sino también como consumidores. Para nosotros huertear es una acto de rebeldía a cómo está planteado el sistema de obtención de alimentos", explica Tomás Lusardi, de Proyecto Cultivarte, una organización que trabaja sobre temáticas de huertas y compostajes. "Acompañamos a personas, empresas e instituciones en un camino hacia un desarrollo sostenible de huertas y compostajes. Estamos hace cuatro años, pero en la pandemia todo creció de manera exponencial. Llevamos unas 500 huertas armadas. Y hacemos todo esto con integración social, trabajando con el servicio penitenciario federal y bonaerense, con convenios con los internos para que tengan un oficio y obtengan recursos propios; y usando materiales innovadores en sustentabilidad como la madera plástica que elaboran los chicos de 4e con la materia prima que recolecta Botella de amor".

Una de las últimas apuestas de Cultivarte fue realizada bajo el impulso de Rebelión, un bar de producción local y agroecológica en uno de los puntos más transitados del Palermo gastronómico. Allí, en plena esquina de Gurruchaga y Costa Rica, este lugar armó hace dos semanas preciosas huertas en el medio de la vereda, con aromáticas y flores comestibles, que pronto serán parte de los platos del lugar. A esto le suman acciones de intercambio de semillas y plantines, así como talleres de huerta y de compost que se dan cada viernes en la terraza del lugar con inscripción previa. Abierto por el mismo grupo de jóvenes que están detrás de la exitosa cervecería Temple, Rebelión tiene a Rodrigo Imas como ideólogo al frente. "Hace un par de años viajé a México y mi cabeza hizo un click, cambió mi modo de ver al mundo. Al volver, hablé con mis socios para hacer algo más chico que Temple, una mezcla de bar, centro cultural, espacio artístico, todo eso junto, en algún lugar tranquilo. Al final apareció esta esquina disponible, que es un punto súper importante de Palermo, por donde pasa un público muy heterogéneo. Estar acá es una responsabilidad y es una posibilidad. Este barrio es hermoso pero precisa que se le devuelva profundidad. La huerta, los talleres, la música y los cursos que damos es todo parte de esa búsqueda. Es algo que debe ir más allá de nosotros: ahora logramos que la Comuna nos permita armar unas huertas y compostaje en Plaza Armenia. Con Tomás de Cultivarte estamos terminando de armar el plan para que sea algo sostenible en el tiempo", dice Rodrigo. "Imagino que en un futuro haya más lugares como Rebelión, que ocupen ese lugar de encuentro que hoy tienen las cervecerías".
Sin pedir permiso
De a poco las huertas urbanas ganan peso y voz dentro de las decisiones políticas de los municipios que conforman la CABA y el GBA, pero en muchos otros casos se trata de los propios vecinos ocupando espacios vacíos. Así surgen huertas comunitarias en Caballito y en Floresta, en San Isidro o en Lanús. Muchas se desarmaron en la parte más álgida de la cuarentena, sin posibilidad de mantenerlas; otras tantas están naciendo hoy y se pueden ver bajo hashtags como #huertasvereda, #huertasurbanas y #huertaencasa, entre otros. En redes hay intercambio informal de semillas por particulares apasionados (como Enrique Bessone o la red de Interhuertas Urbanas) al que se suman instituciones de renombre como el INTA a través de su plan Prohuerta, y consejos y cursos invaluables como los que ofrece Carlos Alberto Briganti, "el reciclador urbano". "Desde Huertas en Red promovemos la agricultura urbana. Somos un grupo de emprendedores que reúne a personas como Luz de Lorenzini (que tiene un emprendimiento de permacultura y agricultura urbana en Chapadmalal), Martín Almiña (fundador de +Oxígeno), España Verrastro de la Universidad de San Martín y yo, entre otros. Empezamos dando muchísimos talleres en plazas, que este año pasaron a una modalidad virtual", cuenta Valeria Churba, quien además arma proyectos de agricultura urbana con kits diseñados para pequeños agricultores. "Para nosotros la huerta es mucho más que un espacio de producción de comida; es un lugar de inclusión social, de vínculos entre vecinos, de apropiación. En las escuelas, la huerta escolar es una bomba educativa", afirma. A modo de una cadena con distintos eslabones intercambiables, la búsqueda de una comida sana, la de reducir basura y la de tener una huerta son todos posibles comienzos de esta aventura. "Algunos arrancaron por el compost, que te reduce la basura a menos de la mitad. Luego ven la tierra que se va generando y deciden hacer la huerta. O por la pandemia comenzaron a mirar su dieta, compraron bolsones agroecológicos, de ahí pasaron a plantar unas aromáticas en el balcón y terminan en el compost. Esto es un ciclo: alimentación, compostaje, huerta. Entrás en una de esas patas y luego es difícil volver atrás", afirma. "Es importante empezar de a poco para evitar frustrarte. Hay muchos cursos on line, que con una o dos clases ya te dan otra mirada. Podés arrancar con una maceta, con un cajón de verdulería. Luego tenés tiempo de meterte a fondo. Y en ese fondo, siempre hay algo más grande, una filosofía y una forma de vivir. Cada uno ve hasta dónde quiere llegar".

La familia tipo: papá, mamá, una niña de seis, un niño de cuatro. Viven en Mataderos, en una casa con terraza. Gracias a Cultivarte, Alejandro Pérez Ávila, que trabaja como asesor en planes de ahorro y retiro con seguro de vida, aprendió sobre compostaje. "Cuando tenés hijos empezás a tomar conciencia de muchas cosas que antes no pensabas. Y la generación de basura es una de ellas. Gracias al compost pasamos de tirar una bolsa todos los días a hacerlo una vez por semana. Luego vimos cómo en esa tierra que se formaba por el compost crecía de pronto una planta de tomates o una calabaza, sin que hagamos casi nada. Con mi mujer decidimos sumar una huerta y llamamos a Tomás para que nos asesore. Es fantástico porque se prenden los chicos, cultivamos menta, tomillo, tomillo limón, perejil, romero, orégano, dos tipos de tomate, frutilla, berenjena, morrón, kale, albahaca, acelga común y morada. Pusimos dos plantitas con flores para atraer bichitos, así van ahí en lugar de atacar a las comestibles. Es un mundo entero que armás en unos recipientes que incluso entran en un balcón. Y de dónde además obtenés las hojas que van a la ensalada", afirma. Un ciclo en el que todos ganan.
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