
HUMO AZUL DE CIGARRILLOS
Dejé de fumar y hoy me siento como un paria que añora un reino de exquisita nada
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En los cafés de París, Roma, Madrid y Barcelona he visto gente fumando sin culpa alguna. Y, sobre todo, he visto japoneses fumando. No parece que los japoneses se hayan enterado de que existe una guerra final contra el cigarrillo. Se los ve fumar en las extrañas películas de Wakamatsu, en los documentales sobre Tokio y en las fiestas empresariales hiperalcohólicas. Adoran el humo. Los chinos también, y tampoco ellos parecen estar enterados de que existe contra el tabaco una cruzada sanitaria de perfil inquisitorial que ha emprendido Occidente, con los Estados Unidos a la cabeza.
Desde luego, en todo el territorio de los Estados Unidos está estrictamente prohibido fumar. Allí nadie fuma a menos que esté loco o se encuentre absolutamente aislado tomando aire en el desierto de Mojave sin testigos a la vista, aunque aun así el fumador se expone al riesgo de que alguna cámara oculta esté registrando su vergonzoso acto de terrorismo solitario contra la gran política preventiva del siglo.
Fumar no sólo es dañino para la salud, sino inmoral. Un amigo mío, directivo de una importante publicación en Washington, sale cada noche a fumar al balcón de su casa. Pero últimamente ha dejado de hacerlo porque el vecino del piso de arriba le advirtió que percibe el humo cada vez que mi amigo fuma, y esto lo transforma en una potencial víctima pasiva, en un no fumador hostilizado. Evidentemente, fumar implica costosos sacrificios y uno se expone a la humillación pública.
Desde ya, estoy escribiendo sobre el cigarrillo porque hoy hace medio año que dejé de fumar y todavía me siento como una especie de paria que añora un reino de exquisita nada, un reino imaginario y humoso que, aparentemente, se perdió a lo lejos. Días pasados estuve leyendo un artículo sobre Fernando Pessoa e Italo Svevo a propósito de los numerosos cigarrillos que tanto el poeta portugués como el novelista triestino fumaron hasta el día de sus respectivas muertes. Italo Svevo escribió una novela inolvidable llamada La conciencia de Zeno cuyo tema central es la pasión silenciosa y persistente por dejar de fumar sin poder hacerlo.
Cuando yo dejé de fumar (y todavía me pregunto si lo hice verdaderamente, aunque en seis meses no haya dado siquiera una pitada), lo resolví de un día para otro: un cambio en seco, como si dijéramos un destete sin piedad ni miramientos. Cuarenta años de humo quedaron atrás en veinticuatro horas. A lo largo de un mes fui una especie de fantasma de mí mismo, que erraba sin rumbo buscando lo que no había. No llegué a la depresión sencillamente porque la perspectiva me horrorizaba. Entonces caí en la cuenta de que fumar no es sólo y estrictamente aspirar y exhalar humo. No, es mucho más que eso. Fumar es una escenografía de gestos y actitudes que dan un tono acompañante al peligroso vacío existencial. Se elige una marca por motivos estéticos o emblemáticos. Recuerdo cuánto me gustaba la marquilla del paquete de diez cigarrillos Sportmen cuando yo tenía quince años. Luego seguí fumando, en parte, para recuperar esa primera vez que jamás volvió a ser la misma. Con el tiempo, el sabor del tabaco desaparece y es reemplazado por el ritual mecánico de la áspera adicción, cuyo único sabor, si hay alguno, está en la mente y en el pasado.
Muchos de nosotros aprendimos a gustar del cigarrillo en el cine de Hollywood de los años 40 y 50. Qué paradójica es la humanidad, qué irónica es la cultura... La América india inventó el tabaco y, aunque electrónica, es en definitiva la misma América la que lo erradica. Qué lejos estamos de los buenos y viejos tiempos en los que Humphrey Bogart le encendía el cigarrillo a Lauren Bacall. Y entonces la dulce masa rubia de su cabello se volcaba a un costado y nosotros nos quedábamos paralizados hasta que salíamos a la calle y sacábamos un cigarrillo y fumábamos pensando en Lauren y en el maldito Bogart. Fumar, entonces, era también el amor imposible por rubias inalcanzables. Como podemos fácilmente comprobar, un vicio siempre es mucho más que eso, tanto que en una debilidad caben la vida y la muerte y el mundo mismo. No fumar, es cierto, resulta más saludable e higiénico, pero no sé si más divertido.





