
Intriga en Francia
El multifacético Miguel Brascó vuelve a la ficción con una historia de traiciones ambientada en la Revolución Francesa. Con su estilo y humor inconfundibles, el autor narra las peripecias del joven activista jacobino Lucien Derrourelle, perseguido por el líder del Directorio y recluido en una fortaleza del noroeste francés. A continuación, un extracto del capítulo 5
1 minuto de lectura'
"Apenas regresó a la habitación, a la que parecía incongruente llamar celda, Derrourelle vio, sobre el piso, al costado de la cama, dos grandes baúles de cuero verde que reconoció como propios. La amable fascinación residual del almuerzo fue disuelta por la realidad de ese equipaje que traía consigo memorias desparejas de la vida dejada atrás. Entre los cueros verdes flotaba la imagen de Simone, sus pechos firmes, bíblicos, morenos, con pezones rosados. Era una presencia tan viva que tuvo la sensación de poder tocarla con solo acercarse. ¿Cuánto tiempo llevaba sin verla, dos meses? Tres meses largos. […]
"¿Quién es esa mujer?", preguntó Kauski la vez que Simone entró al Café de Foy vestida de varón, con polainas de gamuza abotonadas sobre los pantalones negros, como los guerrillero de La Vandé, sin casaca y con la camisa abierta, dejando ver los pechos, al estilo de la imagen Mesidor inventada por Eglantine, el infortunado compositor guillotinado un mes antes.
"Es la hija antillana del mayor Dubois, el héroe de Jemmapes", había contestado Derrourelle. "Aspira a ser una furia de la Revolución, pero de buenos modales."
Kauski encontró excesivo que la hija de un mártir entrase vestida de soldado en esa especie de club político que era Foy. ¿A quién estaba provocando con ese gesto? Kauski se puso tenso, irritado.
"¿Friné o Safo?", fue su único comentario.
"Estoy provocando a los revolucionarios por fuera y puritanos por dentro –dijo ella, mordaz– que declaman la libertad pero no toleran que alguien la ejerza."
Kauski y Simone nunca se habían llevado bien.
La hija del mayor Dubois había entrado en la intimidad de Derrourelle sin amagos ni prolegómenos, con la misma desenvoltura con que irrumpió vestida de hombre en aquel café de los jacobinos. Vivían juntos y no vivían juntos, había entre ellos una ternura un poco abstracta.
"Entró en mi vida así: chac", rió él una noche, en comida de muchos invitados. Más tarde, cuando regresaban en un coche a la rue Richelieu, Simone pidió precisiones.
"¿En cuál de tus vidas entré?", preguntó. Siendo entonces cuando Derrourelle emitió el famoso veredicto.
"No soy yo sino tú quien entra y sale de mi vida como la aguja en los hilvanes, igual como entras y sales de tus distintas realidades, hasta que llega un momento en que todo se confunde, lo que ocurre de verdad y lo-que-debió-ocurrir-pero-no-pudo porque de golpe su protagonista hace mutis por el foro sin explicaciones."
Ella siempre negó que hubiese contraído matrimonio con el ciudadano Derrourelle.
"Se contrae un cólico, un absceso, el matrimonio no debería ser nunca equiparado con una enfermedad", dijo en Les Aveugles una vez que llegó vestida de mujer nomás. Para que no hubiese dudas, seguía compartiendo con una amiga una casita de techos torcidos en el faldeo del Sacré Coeur. […]
Los baúles, otra vez, vamos a ver. ¿Cómo podían haber llegado a la fortaleza varios días antes de su captura? Quienquiera los hubiese enviado, amigo o adversario, tenía información de que en pocos días sería recluido en Maubeuge. Pero ¿cómo supieron dónde buscarlo la noche del arresto? Durante la reacción Termidoriana y el colapso de Robespierre Derrourelle había actuado de manera muy cautelosa. Desapareció con Kauski sin dejar rastros. Entonces, ¿quién? Y entonces, ¿cómo?
El prisionero se dejó caer, abrumado, en una butaca.
"Sepp, Sepp", murmuró con rabia. El condestable le había negado ese nombre.
La revolución se estaba ahogando en un pantano maloliente de perversidades. "Una pista, por el amor de Dios", reclamó en voz alta, la cabeza entre las manos.





