
Irene Villa: la vida después de ETA
Cuando tenía apenas 12 años perdió las piernas en un atentado que la organización terrorista cometió contra su madre, una funcionaria del Ministerio del Interior. Ahora transmite su mensaje a las víctimas del terrorismo para que entiendan que en cualquier lugar del planeta “siempre hay una luz, aunque a veces no la podamos ver”. La Revista estuvo con ella en España para recoger su testimonio de esperanza
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MADRID.– Irene Villa habla de la muerte con una sonrisa dibujada en los labios. Nada en ese gesto es anómalo o morboso: al contrario, la jovialidad con que esta joven se refiere a esa línea que casi siempre lo quiebra todo antes de tiempo es, en el fondo, su particular manera de celebrar la vida. Su caso resulta extraordinario por lo que ha vivido pero, sobre todo, por el espíritu que la anima. Hay que admitirlo: no son demasiadas las personas que han estado tan cerca de la muerte como lo estuvo Irene, pero menos todavía, las personas que han sabido volver de ese trance para después contarlo todo con la entereza con que lo hace esta madrileña de semblante risueño.
Para entender su historia basta con un solo antecedente: en 1991, cuando contaba con apenas doce años, Irene Villa fue víctima de un atentado perpetrado en Madrid por la banda terrorista ETA. Según lo cuenta ella misma, a causa de la bomba que estalló debajo del coche en el que viajaban ella y su madre, una funcionaria empleada en la tramitación de pasaportes, Irene llegó al hospital hecha "un guiñapo, llena de rotos". Cuando su suerte parecía estar decidida, la fortuna la puso en manos de un médico pertrechado con algo más que sabiduría profesional. "El doctor Pedro Portellano me ha dicho más de una vez que se planteó dejarme morir... Entonces, si él no hubiera tenido una voz interior –él dice que fue Dios, alguien que le dijo: «Sálvala...»–, si no fuera por eso yo no estaría aquí", recuerda ahora sin ninguna aprensión la protagonista de un suceso que, como pocos de los atentados en los que la banda ETA ha segado ya más de mil vidas, conmocionó a España.
A partir de ese hecho dramático y del "milagro" que, no obstante, la dejó sin piernas, el resto de la biografía de Irene Villa es un relato que, sin obviar nunca la sombra de la fatalidad, ha ido hilando episodios de signo positivo. Para empezar, una formidable ansia de superación. Y después, bajo el signo de la esperanza, unas tremendas ganas de apurar hasta la última gota las oportunidades que le ha ido regalando la vida. Episodios todos signados por un mismo imperativo que Irene resume con llaneza: "Todos estamos en la obligación de intentar ser felices, porque sólo siendo felices podremos hacer felices a los demás y vivir en un mundo en paz...", comenta esta chica a quien sus 26 años le han dado tiempo para cursar tres carreras universitarias, practicar todos los deportes imaginables y pelear por los derechos de las víctimas del terrorismo y los discapacitados.
Pero además de servirle como combustible para alimentar una vida de la que se muestra, con razón, orgullosamente satisfecha, ese espíritu de superación le ha servido a Irene Villa para componer, con el recuerdo de los atentados de Atocha que el pasado año azotaron Madrid, un libro que es una reflexión sobre las sinrazones del terrorismo; y, también, un testimonio sobre algunas de las virtudes que ayudan a hacer pequeños los obstáculos. Todo un canto al optimismo, cabría decir, titulado Saber que se puede.
–¿Dónde te enteraste de los atentados del 11-M?
–Aquí, en mi casa... Fue el día más traumático de mi vida. Estaba durmiendo cuando vino mi madre llorando… Enseguida pusimos la tele, y yo no me lo podía creer. "Ojalá que esto sea un sueño...", me decía. De repente, me pareció el fin del mundo, el caos, el terror...
–Sin embargo, enseguida te dirigiste a un hospital para ayudar...
–No me podía quedar ahí, porque si me quedo ahí creo que me hundo... Al día siguiente me dije: "No puedo estar aquí, llorando y paralizada... Me voy a estar con los familiares, a ejercer mi profesión de psicóloga...".
–A partir de entonces has mantenido un papel muy activo en la lucha por la defensa de las víctimas. Algo que supuso un vuelco en tu vida, porque durante años estuviste apartada. ¿Qué te movió a asumir ese papel?
–Iba a decir que fue el 11-M; pero en realidad fue antes. Un atentado, seguramente... Yo tenía una vida alejada, completamente normal, y de repente los atentados empezaron a despertarme a la realidad tan horrible que vivimos en España desde hace tantos años... Y, entonces, quise salir a ser la voz de las víctimas: porque vi que las víctimas siempre estaban en un segundo plano.
–¿Fue sencillo tomar la decisión? Porque lo fácil habría sido no querer saber nada...
–Pues no... La verdad es que lo que me pasó lo tengo muy superado. Quizá me ayudó pensar, como he hecho, que había nacido así. Sin piernas... O pensar que lo mío fue algo que tenía que pasar y punto.
–¿Cuál fue el camino que te permitió salir adelante?
–Los pensamientos, sobre todo. Pensar que había nacido así, que acababa de empezar a vivir y que tenía una vida por delante, y que no la iba a desperdiciar... Que tenía muchas cosas que hacer, y mucho que conocer, mucho que viajar, mucho que aprender... Esa fue la motivación: tener la ilusión es lo que te anima a estar vivo y a seguir luchando. Porque cuando las cosas no tienen vuelta atrás, no tiene sentido que te pares a llorar y a lamentarte…
–Unas semanas después de tu atentado, escribiste una carta abierta a los españoles en la que decías: "No me queda más remedio que ser optimista". Es curioso, porque la resignación parece más propia de los pesimistas que de los optimistas...
–Esa es la suerte que tuve, ser optimista; porque los optimistas siempre somos gente más feliz que los pesimistas… Disfrutamos más de las cosas, valoramos más lo que tenemos y siempre aprendemos de las experiencias.
– ¿Ese optimismo, no tiene un límite? ¿No te da miedo llevarte un bofetón?
–Y me los he llevado... Pero yo, sobre todo, creo en mí. Soy optimista pero no tonta. Ni tampoco estoy ciega. Desde luego, no pienso que todo el mundo es maravilloso... Por eso el optimismo lo baso en mí, en lo que puedo hacer... Porque sé que muchas veces es mejor no confiar demasiado en los demás.
–En la Argentina, también hubo actos terroristas. ¿Cómo se puede ayudar a la gente que ha pasado por lo que pasaste tú?
–Yo ayudo con mi experiencia y con mi actitud de mirar hacia adelante y de no buscar el porqué. Porque el terrorismo no sigue ninguna lógica. No hay que preguntarse "¿Por qué a mí?", que es una cosa que te hace regocijarte en tu dolor y sufrir, y quedarte anclado en tu sufrimiento…
–¿Nunca has sentido la tentación de pedir cuentas a Dios?
–No, porque eso tampoco me iba a ayudar. Además, nunca he tenido esa comunicación que mucha gente dice que tiene con Dios. Ojalá la tuviera. Aunque tampoco creo que le pidiera cuentas. Al revés: le daría las gracias por haberme dado la vida que tengo. Porque yo me siento muy feliz.
–A menudo te refieres a las víctimas indirectas del terrorismo. A aquellas personas que han vivido muy de cerca los atentados, pero que por no ser víctimas directas pasan inadvertidas o no reciben el apoyo suficiente.
–En mi libro, hay un capítulo que es un homenaje a mi hermana. Se lo merecía: por todo lo que ha sufrido y ha hecho por mí. Pero es también un homenaje a todas las víctimas indirectas del terrorismo. A personas que han sufrido muchísimo y que permanecen en la sombra. Y que no han tenido el apoyo por no haber sufrido secuelas físicas.
–¿Se llega a perdonar?
–El sentimiento principal es el del perdón; porque de otra forma no se puede vivir. Vivir con rabia, con rencor, maldiciendo, no te permite ser feliz. Creo que hay que perdonar siempre. Incluso en la vida cotidiana, donde siempre hay alguien que te va a hacer daño, alguien que te va a hacer una jugada... Si estás siempre pendiente de esta gente, al final vives con odio y con rabia, y eres infeliz.
–Una vez le preguntaste a un ministro del Interior de España por qué mataban los terroristas de ETA. ¿Por qué crees tú que lo hacen?
–La verdad es que me lo he preguntado muchas veces.
–¿Y…?
–Y, al final, me he dado cuenta de que es porque tienen eso arraigado desde pequeños. Es una mentalidad, una ideología muy radical que, en el caso de ETA, piensa que España mata, que España hiere. Ellos creen eso desde que son pequeños, porque desde entonces han vivido con ese odio, con esa rabia. Y cuando tienen catorce o quince años, en la etapa de las hormonas revolucionadas, pues van a por todo lo español.
–Hablemos de la discapacidad, que es otro de tus caballos de batalla. Hay una expresión que utilizas a menudo, la de "incapacidad percibida".
–Yo pienso que todo está en tu mente; y que si uno se cree minusválido, al final acaba siéndolo. Y si todo el mundo te hace sentir así, al final eres un pobrecito. Yo creo que todo depende de lo que uno se proponga, y de hasta dónde quiera llegar. Si tú te pones límites, ya no vas a llegar a ningún sitio. Pero si crees que no hay límites, al final esos límites desaparecen. Y en la discapacidad es igual...
–¿Qué es la capacidad de superación?
–Es saber que se puede. Porque cuando no sabes que se puede, ni lo intentas. Y si no lo intentas, las cosas no vienen solas ni aparecen por arte de magia. Yo lo he comprobado en carne propia: hasta que no supe que se podía esquiar no dije de hacerlo.
–Hay otra idea en la que siempre insistes: la necesidad de no sentirse nunca víctima.
–Es muy importante. Si una persona va de víctima, pues igual, todo el mundo la verá pequeña. Y es muy triste eso de dar pena.
–Has dicho: "Ser optimista es un sinónimo de vivir mejor".
–Es que es eso. Ya que tenemos que vivir, mejor si vemos el mundo alegre y bonito… Seguro que vamos a ser más felices que si lo vemos gris y triste.
–"Si hay algo por lo que merece la pena luchar es la libertad", dijiste.
–La libertad es fundamental. Creo que no podría vivir si no fuera libre. La libertad, en un primer momento, consiste en que no te maten, pero luego es importante leer, viajar, aprender, estudiar, conocer... Todo eso es lo que te va dando libertad de espíritu y un crecimiento que es maravilloso. Las personas cerradas de mente no son libres.
–¿Cuál es el sueño de Irene Villa?
–Que haya paz. Además de que todo el mundo que tenga un problema, lo supere.
–¿El optimismo es una lección que se termina de aprender alguna vez?
–No sé. Lo que sí creo es que el optimismo hay que tenerlo presente siempre.
–¿No es una lección que se olvida y que con el tiempo hay que reaprenderla?
–Es verdad que hay muchos filósofos que de jóvenes eran muy optimistas y que luego, con el tiempo, se van volviendo pesimistas. A mí, espero que no me pase. Perdí una vez el optimismo, el 11-M, pero después lo recuperé gracias a la respuesta en contra del terrorismo que dio el mundo entero. Aunque, ahora que lo pienso, el optimismo también se puede perder, porque lo perdí, yo lo perdí...
Para saber más
www.avt.org
Un testimonio del terror en la Argentina
E l 18 de julio de 1994, como todas las mañanas, el vicepresidente de la AMIA se encontraba en su despacho. Eran exactamente las 9.53 cuando vio cómo todo lo que lo rodeaba quedaba reducido a humo y oscuridad. Casi a ciegas, intentó salir de entre los escombros. Minutos después, Héctor Rosenblat alcanzaba la calle Pasteur. Miró hacia el lugar donde apenas una hora antes se erguía la AMIA. Al ver los restos del edificio, lloró las lágrimas que no lloraría después, cuando supo que un atentado terrorista había hecho volar por los aires su espacio de trabajo, segado la vida de 86 personas y herido a más de 300. Porque para Héctor sobrevivir fue cuestión de enjugar lágrimas rápidamente y ponerse en acción con mayor celeridad aún. “Al llegar a la calle, me encontré con mi hijo y mi señora. Estábamos vivos. Eso me debe haber dado fuerza. Me había quedado de este lado y había mucho que hacer. Entonces, el Todopoderoso me iluminó. En la AMIA funcionaba un servicio de sepelios. Pero todo el personal de esta área había fallecido en el atentado. Decidí que esa oficina debía seguir funcionando. Al otro día, la abrimos en otra sede. Durante 17 días trabajé allí, atendiendo a los familiares de los fallecidos. Me ocupé, y eso me permitió reponerme.” Hasta hoy, Rosenblat nunca había hablado con la prensa.
–¿Es posible no dejarse ganar ni por el miedo ni por el odio?
–Es una cuestión de sentido común. Yo tengo la esperanza de que se va a recomponer la Justicia en este país. Soy muy crítico, pero eso no me impide ser optimista. Cuando terminó mi mandato en la AMIA, seguí trabajando como dirigente de la comunidad. Y durante los últimos dos años y dos meses concurrí cada día al juicio oral. Por un lado, buscaba todo lo que quieren los argentinos, sean judíos o no: conocer la verdad. Por el otro, quería saber quién me quiso quitar la vida.
–¿Cuánto cambió su mundo íntimo?
Mi mundo íntimo siguió bien. Existe un hecho que explica la fuerza con que mi familia encara la vida. Hace 32 años perdimos, por una enfermedad, una hija que iba a cumplir nueve años. Eso nos hizo valorar muchísimo el hecho de tener un hijo. Tuvimos mucha suerte educando un hijo único. A los 69 años, con cuatro décadas de actividad comunitaria en mi haber, disfruto viendo crecer a mis tres nietas.
–¿Pensó qué hacer si ellas alguna vez le preguntan sobre lo sucedido?
–En realidad, no. Creo que mi hijo sabría encontrar la respuesta. Yo puedo recordar lo que dije el día del atentado, apenas salí de entre los escombros: “Pudieron destrozar el edificio, pero el alma y el espíritu siguen intactos”.
Resiliencia
Por Silvia Alper
Un atentado supone un quiebre sobre lo que pensábamos del mundo. Después del hecho, es normal que se piense que la vida ya no vale la pena y que todo es una cuestión de suerte. Que reaparezcan imágenes, pensamientos invasivos, pesadillas; sentir rabia, culpa por no haber podido evitar lo que pasó, por estar vivo y porque otros hayan muerto. La indefensión, diversos síntomas físicos, el “embotamiento emocional” (no poder llorar, ni hablar de lo sucedido) son habituales. Hay un proceso de duelo, doloroso, que para su recuperación necesita de la reelaboración de la experiencia traumática de quien sufrió un atentado y su ulterior aceptación. La persona nunca más será la misma. Sabe que su sistema de creencias se ha modificado. Esta situación no sólo atraviesa a las víctimas directas, sino también a sus allegados y a toda la sociedad. Cuando este proceso no avanza en el sentido de la aceptación, pueden desarrollarse alteraciones emocionales. Pero muchos seres humanos no sólo logran superar estas situaciones, sino que también salen de ellas enriquecidos. Diversos estudios confirman que el ser humano posee la habilidad de resurgir de la adversidad, adaptarse y recuperarse y acceder a una vida significativa. A esta capacidad se la llama “resiliencia”. Algunos de sus pilares son la introspección, la habilidad para establecer lazos de intimidad con los otros, la posibilidad de ponerse a prueba en situaciones que demanden más exigencias que las habituales y salir exitoso; cierta dosis de humor y creatividad, una autoestima consistente y, por sobre todo, un sistema de valores que implique extender el deseo personal de bienestar a toda la humanidad.
La autora es psicóloga del Centro de Orientación y Acompañamiento en Duelo ( www.coadargentina.com.ar ).
ETA
- La organización terrorista fue fundada en julio de 1959.
- Su primera acción violenta (un intento fallido de descarrilar un tren ocupado por voluntarios franquistas) se produjo en 1961.
- Desde entonces, cerca de 1000 personas han muerto en sus atentados.
- El caso de Irene Villa conmocionó particularmente a la sociedad española, por ser una de las primeras víctimas menores de edad.





