
Jacob Dylan: para nada un Rolling Stone
El hijo menor de Bob, casualmente, nació el mismo año de Woodstock, 1969. Conversando con él, y escuchando su música, se vuelve evidente que el hombre tiene lo suyo, además de su propio padre. Muchas cosas los diferencian, sin embargo.
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Es difícil imaginar un lugar menos apropiado para reflexionar sobre el ya viejo rock and roll que esta oficina que domina Sunset Strip. Desde aquí se ve el verdor de Beverly Hills y lo único que hay sobre el escritorio es un par de binoculares.
Pero el rock and roll vuelve, para los canosos miembros de mi generación cuando, al mencionar una canción de Dylan, ahora debemos especificar si nos referimos a una obra de Bob, el apocalíptico autor de Woodstock, o a su hijo menor, Jacob, el ganador de un Grammy (como compositor) y cantante del grupo contemporáneo de rock The Wallflowers.
El hijo menor de Bob, casualmente, nació el mismo año de Woodstock, 1969. Y tiene un don casi familiar para originar melodías que pueden convertir imágenes simples en declaraciones provocativas, así como un buen oído para la cadencia musical de las palabras.
Durante la conversación, se hace evidente que Jacob Dylan, padre de tres hijos, tiene lo suyo, además de lo de su propio padre. Eso queda bien claro.
Con un saludable aspecto rozagante, a diferencia de la flacura típica de las estrellas de rock, Jacob llega a la entrevista enfundado en jeans azul noche perfectamente aprestados, que parecen aludir a una época en la que el denim todavía sugería solidaridad con los obreros o que, en la actualidad, señalan cierta formalidad cool. En todo caso, impiden cualquier identificación con los jeans andrajosos o floridos de las convulsionadas décadas a las que su padre dio voz. Jacob Dylan también es muy sobrio y conciso, aunque no carece de sentido del humor ni de agudeza. Ultimamente le ha ocurrido, dice, que ha tenido que recordarles a los entrevistadores que, además de llamarse Dylan, acaba de aparecer un nuevo disco de The Wallflowers, Breach.
El disco anterior, Bringing Down the Horse (1996), que vendió varios millones de copias, tenía hits como Sixth Avenue Heartaches y Three Marlenas, y sus marañas de imágenes y melodías vertiginosas le daban un aire maduro. Pero Breach parece, extrañamente, obra de un hombre más joven, a pesar de la voz ronca y baja de Jacob, que recuerda a la de su padre. Los arreglos son más sobrios, a veces casi inexistentes, con una sola línea de guitarra, bordeando en un estilo que Jacob define como "de la vieja escuela" (término que suele aplicarse a los artistas de fines de la década del 80). Y aunque las canciones no son abiertamente confesionales, algunas de ellas, como Hand me down o Baby Bird se prestan a una lectura personal. Tal vez porque sus imágenes de vulnerabilidad resultan juveniles -"aquella época antes de conocerte, muchacha, fue como un helado cayendo sobre los zapatos de mi mundo"-, pero en realidad el dolor de la individualidad no es patrimonio exclusivo de la adolescencia.
Dylan hijo admite que las letras no surgieron con facilidad. Bringing Down the Horse resultó suficientemente exitoso como para mantener a Dylan y a los otros Wallflowers -Rami Jaffee, teclados; Greg Richling, bajo; Michael Ward, guitarra, y Mario Calire, percusión- dos años y medio de gira. Pero en 1992 tuvieron una experiencia opuesta con su primer álbum, The Wallflowers, que se perdió de vista rápidamente.
De todos modos, dice Jacob Dylan, esos dos años y medio de actuaciones no le causaron "la mejor impresión. Cuando uno está escribiendo una canción, siente que sólo uno puede desenmarañar la cosa. Es muy divertido hacerlo. Pero cuando dos años después tengo que seguir cantando la canción, y ya me olvidé cómo hice para escribirla, la cosa se vuelve frustrante. Empiezo a preguntarme cosas como ¿por qué no me di cuenta de que el último verso es, en realidad, igual al segundo? Y siento que, si ya no entiendo de qué estoy hablando, no sé cómo podrían entenderlo los demás".
Su insatisfacción parece auténtica. Los compositores que admira forman un grupo diverso: nombra a Tom Waits, Dan Penn, Lefty Frizzell. "Me siento conectado a ellos -dice-. Pero me pregunto si alguien verá la influencia, porque las canciones que escribo resultan un poco impersonales."
De hecho su insatisfacción parece aún mayor. "En cierto sentido, es fabuloso enterarse de que un disco de uno acaba de vender otro millón de copias, ¿pero qué significa en realidad? Uno acaba por no saber lo que siente. ¿En Estados Unidos hay seis millones de personas verdaderamente inteligentes que compran discos?" En otras palabras: ¿es suficiente para el hijo de un músico radical ser una estrella masiva del mercado?
Si, uniendo el impulso del rock a un sentimiento de indignación moral, Dylan padre pudo fomentar una revolución, fue en parte porque la revolución era posible. En 1965, el año en que Bob Dylan alcanzó la mayor popularidad con Like a Rolling Stone, los adolescentes eran un país subdesarrollado que, supuestamente, sólo deseaban "un boleto para pasear". La nación que habita Jacob Dylan, por contraste, es una en la que la revolución es meramente una marca de moda, los adolescentes son una fuerza de mercado y los músicos con conciencia social terminan luchando del lado de los ejecutivos. Resulta difícil no pensar que parte de la culpa es mía, de mi generación y de mis contemporáneos por insistir en que la revelación era una necesidad diaria y por respaldar los estrechos atributos de la bohemia intelectual de la época.
Jacob Dylan, que proclama que nunca tuvo problemas en la adolescencia, porque "no tenía nada contra qué rebelarme", de todos modos no quiere aparecer como un desagradecido. Cuando estaba a punto de quejarse, se refrenó para afirmar: "En realidad, me gustó más ganar el Grammy que no haberlo ganado", y agrega con una sonrisa: "Escríbalo bien claro".
Cuando se le pregunta si puede identificar en qué momento se dio cuenta de la imagen que el mundo tenía de su padre, contesta con sentido del humor: "Sí, mientras publicitaba mi último disco. Hasta entonces no tenía ni idea. Seguramente en casa lo mantuvieron en secreto".
El tono es gracioso, sin resentimiento. Sin duda, creció en un ambiente, bien... burgués. Indica, con un gesto, más allá de la ventana.
Del otro lado, bajo la doble fila de palmeras, está el cuarto de Beverly Hills donde tocaba la guitarra, bajo el póster de los profetas británicos del punk, The Clash. ("Odiaba las lecciones de guitarra. En realidad, no sabía qué quería tocar").
Hacia el sur está la escuela privada a la que asistió ("Nada de qué jactarme. Ofrecían una educación verdaderamente buena, y mis padres pensaron que me ayudaría").
La música fue una constante en su vida. "Los instrumentos eran como muebles -recuerda-. Todo el mundo los usaba." Sin embargo, él es el único de los cuatro hermanos que convirtió la música en su carrera. "Obviamente -acota-, yo sabía que, independientemente del apellido, sería algo muy riesgoso."
En un gesto que revela que la educación superior es siempre productiva, aunque no exitosa, Jacob abandonó su casa en 1988, para asistir a la Parsons School of Design, en Nueva York.
Dice que fue "su último intento de encontrar algo que yo deseara hacer, aparte de la música", y el resultado fue esclarecedor.
"Ya el primer día me di cuenta de que la cosa no iba a funcionar -continúa-. Ni siquiera había llevado los útiles adecuados, y todos los demás sí." Mantuvo la ficción de las clases durante unos meses, gozando de su estada en Greenwich Village. Después se fue a casa y empezó a formar la banda que se convertiría en los Wallflowers.
Su hábito de autocrítica parece genuino y también diplomático, la armadura de un hombre que ha visto demasiado de la celebridad como para embelesarse con ella. Por haber sufrido el escrutinio del que son objeto los famosos, decidió, con Bringing Down the Horse, experimentar con algo nuevo, definitivamente distinto a todo lo vivido por él hasta ese momento. Fue tan sencillo como él lo explica: "Salir de gira para promoverlo, pero, al mismo tiempo, conservar cierto anonimato".
Su reserva, por supuesto, sólo le sirvió para atraer aún más la atención. Según dice, fue "acusado de ser distante y huraño".
Es difícil saber si las paredes de cristal de la celebridad -ganada o heredada- protegen más de lo que exponen, o viceversa. El mismo Jacob es ambivalente al respecto, cuando retoma, ahora en serio, la cuestión de cuándo fue que se dio cuenta de que su padre era famoso.
"Creo que siempre me di cuenta -dice-. Más que nada recuerdo cómo reaccionaban las personas cuando estaban con él. Casi todos los chicos piensan que sus padres son fantásticos, así que para mí era algo natural. Pero cuando fui más grande empezó a impresionarme ver a músicos que eran mis héroes entonces... literalmente temblando y transpirando cuando estaban con él... Claro, uno ya no puede seguir teniendo héroes después de eso."
Tenía 12 años entonces, y a esa edad ser frío y distante parece una virtud. A los 30, la virtud se convierte en una limitación. Con el último disco, Breach, Jacob ha tratado de despojarse un poco de su armadura protectora, dando lugar a las especulaciones en vez de rechazarlas. Pero otra gira puede llegar a ocasionarle un "apasionado disgusto" por esas canciones. Aunque agrega, algo aliviado, "eso es mejor que no sentir nada".





